¡Que se haga justicia!

 

La ciudadanía ha encontrado en el espacio público, calles y plazas un lugar donde manifestar sus reclamos. Pareciera ser que las instituciones pensadas desde la  República resultan insuficientes para quienes han visto repetidamente como sus demandas resultan minimizadas, opacadas y muchas veces desnaturalizadas en los espacios institucionales previstos.

El protagonismo del “pueblo”, vamos a llamarlo así (usando ese colectivo, tal vez el más genuino para hablar de la sociedad), se torna muy visible en esas circunstancias. Claro está que esos actores no carecen de ambigüedades y contradicciones, a veces peligrosas. Pues aparece asociado a este fenómeno el papel de algunos medios, quienes hacen jugar sus recursos para favorecer a determinados sectores.

Hablando de los medios y su papel trascendente resulta importante en estas ocasiones, entiendo, expresar nuestras opiniones, no porque seamos “dueños de la verdad” sino porque es el único modo apropiado para intervenir en esta suerte de debate que genera hechos, ideas, proyectos que nos incumben más allá de lo que suponemos.

 “Semos malos”

Este es el título que Salarrue, escritor salvadoreño del siglo pasado, dio a uno de sus cuentos, en el cual un asesino, después de matar a dos personas para robarles, estimulado por el alcohol o vaya a saber por qué llora arrepentido de su crimen. Curioso título que pone sobre el tapete esta pregunta fundante de nuestra condición humana, esa de si somos buenos o malos.  Infinidad de ejemplos nos llevan a pensar que la maldad, aunque no queramos admitirla tiene un lugar importante en nuestros corazones. Sin embargo, cabe preguntarse qué circunstancias sacan de nosotros lo peor.

Al respecto no todos los pensadores han estado de acuerdo: desde Rousseau que los concebía como originariamente buenos o Hobbes que resumía su pensamiento en aquello de que “el hombre es el lobo para el hombre” y hasta ahora pareciera que no encontramos respuesta y no podemos salir de la perplejidad que nos embarga cuando estos hechos ocurren.

La banalidad del mal

Algo me parece destacable en esta cuestión, cuando reflexionamos no podemos  darnos el lujo como sociedad de caer en la banalización frente a este tema. La indignación comprensible nos lleva a caer en los consabidos lugares comunes, trampa letal para un pensamiento inteligente. Quién no se conmueve ante estos hechos aberrantes. Pero la trampa, muy artera, es caer en un pensamiento primitivo y si se quiere perverso. Ese que pide a gritos que el o los culpables ‘se pudran en la cárcel’.

Esto que se suele llamar “Punitivismo” nunca solucionó nada. En boca de las víctimas es la respuesta más comprensible, pero cuando sale de la boca de funcionarios, de legisladores o de personas con relevancia pública resulta muy peligroso y sobre todo  estéril. Nunca sirvió para nada, y ¡Ojo! Que no lo contrapongo con el ejercicio, si, peligrosísimo de la “IMPUNIDAD”.

Creo que habría que precisar esta cuestión, no se trata del concepto abstracto de Justicia sino con el concepto de ley, el de Estado de Derecho, tan maltratado, tan burlado por quienes ejercen el poder y sus privilegios. ¿Cuánto hay que ajustar en esta materia? Sin duda mucho, estos últimos años, salió a la luz un universo de personajes, generalmente, nada ejemplares que presumen de “mano dura”, que levantan la voz cuando les conviene acerca de las injusticias,  y se instalan detrás de las murallas de sus privilegios.

Quisiera aclarar algunos puntos. Pocas veces me ha conmovido tanto la situación de  estos padres que perdieron de manera tan absurda a un hijo amado y criado amorosamente. Las palabras de la madre y del padre me han conmovido a mí como a muchos hasta las lágrimas. Eso no implica que no me indigne ver el oportunismo de quienes aprovechan este hecho aberrante para insistir en algo que entiendo que hasta ahora no ha dado ningún resultado: el discurso estéril del odio y el punitivismo.

Al respecto me preocupa, pero mucho, escuchar a quienes se regodean imaginando lo que les va pasar a los victimarios cuando lleguen a la cárcel, porque allí “si, dicen, van a padecer en carne propia lo que hicieron”, como quien suelta a un ser inerme en una jaula de leones. Me pregunto, no han aprendido nada. Quiénes  son, para qué sirven las cárceles, cómo fueron pensadas. A los presos condenados a una condición subhumana, se les asigna el papel de verdugos. ¡Cuánto cinismo! Por si nunca lo supimos o lo olvidamos escribo aparte el artículo 18 de la Constitución Nacional.

En cuanto a quienes aparecen como los presuntos autores de este odioso crimen sólo espero que sean juzgados como corresponde, que no prevalezca ningún privilegio y ¡QUE SE HAGA JUSTICIA!

Elsa Robin



Artículo 18 de la Constitución Nacional

“Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o sacado de los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa. Nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo; ni arrestado sino en virtud de orden escrita de autoridad competente. Es inviolable la defensa en juicio de la persona y de los derechos. El domicilio es inviolable, como también la correspondencia epistolar y los papeles privados; y una ley determinará en qué casos y con qué justificativos podrá procederse a su allanamiento y ocupación. Quedan abolidos para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie de tormento y los azotes. Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice”.

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