No es cierto que todo esté perdido…

No es cierto que todo esté perdido…

Cuando Fito Páez escribió esta canción era muy joven. La vida lo había castigado de diferentes maneras pero él era un ser luminoso que apostaba a lo mejor de todos nosotros, la capacidad de amar. Hoy su propuesta es más necesaria que nunca, amenazados por un enemigo invisible, ¿un virus…? Asustados, casi sin certezas, nos hacemos muchas preguntas.

Desde que se pusieron de “moda” las encuestas para evaluar el humor social y usarlo como dato para ganarse el favor de la “gente” una buena parte de los “políticos”  presta especial atención a uno de los indicadores: el tema de la seguridad o de la inseguridad según desde dónde se  lo considere.

En general la preocupación por “la inseguridad” prevalecía en los sectores que tienen  algo que perder, poco o mucho, y el peligro adquiría entonces la figura del ladrón, generalmente de poca monta, o de un Estado que buscaba restablecer algún grado de racionalidad en la distribución de la riqueza, porque convengamos que el individuo despegado de su condición social, suele ser tan voraz, tan asocial y peligroso para la humanidad como muchas catástrofes naturales o no.

Hace algunas semanas, volqué mis inquietudes en un artículo al que llamé “Cuando vivimos la pandemia”. Creía yo ingenuamente que esta pandemia se iría tan pronto como había venido y lo haría  derrotada por la ciencia, a la que hemos aprendido a valorar por sus fabulosos logros. Sin embargo, creo que no teníamos en cuenta, en su justa medida otros factores que son también muy importantes, como la ética, la solidaridad y la responsabilidad social para tener algún resultado positivo en esto de enfrentar la adversidad.

La enfermedad y la muerte ha sido desde siempre el fantasma que nos persigue a nosotros engreídos mortales que fantaseamos con derrotarlo. No está mal que lo intentemos, pero el problema es cómo.

Cuando nos encontramos con estas situaciones incontrolables, se activan en nuestro psiquismo todos los mecanismos de defensa, habidos y por haber, a saber: desplazamiento, negación, construcción de chivos expiatorios varios, racionalizaciones, no confundir con racionalidad, por favor. Todos estos subterfugios nos permiten seguir viviendo al margen de una realidad que demanda otra respuesta.

En los últimos siglos se afianzó una idea que tiene su lado positivo pero que exacerbada puede ser letal para la sociedad. Me refiero al individualismo. Tendencia que se ha propagado como una virtual epidemia sobre la humanidad. Voy a recordar una expresión (no se asusten por el lenguaje) que acuñó hace digamos unos 80 años, el querido Leopoldo Marechal (aparece en su novela Adán Buenos Aires) ¿Qué es mejor  un al mismo ayoico o un yoísmo al pedo?

Pero he aquí que más allá de esa encrucijada casi metafísica hay sin duda una alternativa más interesante, me parece, que es la de apostar a la solidaridad.

Mientras tanto, cuando nos debatimos ante falsos dilemas, algunos seres humanos  nos rescatan de la ignominia y la tontería, se juegan por el prójimo en diferentes frentes, me refiero a los trabajadores de la salud, a los científicos, a los buenos comunicadores, a los vecinos solidarios, a infinidad de modestos trabajadores, a los buenos políticos, que los hay y muchos más de lo que pensamos.

Lo que no resulta admisible y debe ser expuesto y señalado es la proliferación de  Maestros Ciruelas, alucinados sabihondos, a veces patéticos ignorantes frente a los que no sabemos si reír o llorar.

Entendemos que esta pandemia podrá ser derrotada o controlada en algún momento, no muy lejano. Ojalá  ese momento nos encuentre siendo mejores personas, más prudentes, menos odiadores y podamos así disfrutar del hecho de estar vivos y de vivir en este mundo maravilloso al que tendríamos que cuidar, respetar y amar más, pero mucho más.

Algunos datos fortalecen mi optimismo, desde mi lugar de persona vulnerable y especialmente necesitada del cuidado y del afecto de los demás celebro a mis vecinos, a muchos de los cuales ni siquiera conocía y que me han dado una mano fraterna en estas circunstancias en más de una ocasión.

Cada mañana, cada tardecita de estos días difíciles, me digo y me repito que además de la necesaria paciencia es absolutamente imprescindible apostar y aportar a un mundo mejor.

Elsa Robin

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