Lunes 17 de Enero de 2022
Entrevista

Delma Domenech: “Se puede ser muy buena maestra siendo compañera de los alumnos”

Fue docente y directivo en varias escuelas del distrito. Abrazó la docencia como su pasión y profesión. También ocupó la función pública. Hoy con 93 años se permite aconsejar a las nuevas generaciones. “Traten a los chicos con respeto y cariño. Sin gritar, sin rezongar, siendo y creando un respeto recíproco”, subraya.


  • Domingo 09 de Enero de 2022
delma domenech

Un nuevo año llegó y con él una celebración particular. El día 2 de enero, después de brindar en familia por los sueños y deseos para este 2022, Delma Yolanda Domenech celebró su cumpleaños número 93.

Dueña de una memoria privilegiada, jubilada -obviamente- de la profesión que abrazó de muy joven e instalada en la casa en la cual siempre vivió, y en la cual también vivieron sus padres, nos abre las puertas de su hogar para conversar sobre su vocación: la docencia.

- ¿Cuándo, en qué momento, descubrió su vocación?

- Yo lo supe de toda la vida. Recuerdo que de chica en la escuela respetaba mucho a los maestros, y ellos nos respetaban mucho a nosotros. Tuve la dicha de tener maestras hermosas y directoras enormes, como María Mura. De maestra tuve en tercer grado, con quien ahora me hablo y nos tuteamos, a la señora de Marzano de Ferrá; ella era una maestra divina y la recuerdo con profundo cariño.

- ¿En qué escuela fue su maestra?

- Yo cursé toda la primaria en la Escuela N° 1. El secundario para mí fue un trayecto muy largo. Acá se estaba por formar una escuela secundaria y vinieron a verlo a mi padre (Arturo Domenech) para que me mandara a mí así contaban con el alumnado. Y eso no prosperó; y en septiembre de ese año nos quedamos sin escuela y sin poder rendir. Entonces lo teníamos que dar libre. Y nos fuimos con la señora Norma Solana a Buenos Aires y nos anotamos en el Liceo N° 1. Nos preparamos mucho, lo rendimos y lo aprobamos; pero mi carrera para ser maestra fue muy difícil porque en Pilar no había secundario y mi padre no me dejaba viajar (era de esa mentalidad, acota).

- Eran otras épocas…

- Es verdad, eran otras épocas. Y como mi padre no me dejaba viajar, mis padrinos me llevaron con ellos al Tigre. Allí viví un año y fui al colegio a San Isidro, al Martin y Omar. Viviendo con mis padrinos terminé segundo año pero, al finalizar ese ciclo, le dije a mi padre: yo quiero estar en casa, no en casa ajena -aunque eran un amor conmigo-. Entonces volví a casa y al Liceo N° 1 donde hice tercer año; pero en esa escuela no se estudiaba para maestra, era nacional. Entonces, sabiendo que quería ser docente y conversando con varias personas queridas, logré un lugar en el Normal N° 6 de Buenos Aires en el cual hice cuarto y quinto año.

“Mi carrera para ser maestra fue muy difícil porque en Pilar no había secundario”

- Usted era muy chica y viajaba mucho para estudiar.

- Eso era algo común en aquel momento. Los que querían seguir el secundario -debido a que acá no había- debían viajar. Y nosotros íbamos en tren hasta Capital.

- ¿Y su padre, Arturo, la dejaba ir sola hasta allá?

- A esa altura yo ya era más grande y me puse firme porque sabía lo que quería ser.

- Cuando finalizó su formación comenzó a trabajar, ¿fue en escuelas públicas o privadas?

- En escuelas públicas. Comencé en la Escuela N° 1 con una suplencia, creo que era de la señora de Ferrá cuando estaba por nacer su hija mayor. Siempre trabajé en escuelas públicas, en privadas sólo el Verbo.

- Conocimos a quienes fueron sus maestros de las aulas. Ahora, ¿quiénes fueron sus maestros en la vida, esos que la llevaron a ser quién es?

- Creo que mis grandes maestros fueron mis padres por su humildad; ellos se dieron por enteros. Fueron excelentes mis padres. Y mi padre, aunque le costó dejarme viajar porque en aquel momento se vivía así, fue un gran compañero mío, un muy buen hombre. Mis padres fueron los maestros de mi vida.

- Habló sobre sus docentes y directoras, recordó a sus padres como sus maestros de la vida, ¿cómo fue usted como docente?

- No puedo decir el recuerdo que los alumnos tienen de mí, porque depende de cada estudiante. Yo creo que, por el amor que le tenía a la carrera, hice lo mejor que podía en cada clase, para cada estudiante.

- ¿Qué consejo les daría a quienes deciden dedicar su vida a la docencia?

- En primer lugar les diría que traten a los chicos con respeto y cariño. Ahora hay otra forma de enseñanza, muy distinta a la de mi época; pero sí pienso que se puede ser muy buena maestra siendo compañera de los alumnos; sin gritar, sin rezongar, siendo y creando un respeto recíproco, de la maestra hacia el alumno y del estudiante hacia la maestra, así se va viviendo la enseñanza.

- ¿En el ámbito educativo usted también llevó adelante cargos jerárquicos?

- Después de estar como docente a cargo de mis grados estuve como vicedirectora de la Escuela 14 de Villa Rosa, teniendo como directora a Matilde Haiek, excelente profesional y persona, de quien aprendí muchísimo. Después estuve como directora de la Escuela 18 en Villa Morra. Y de ahí pasé como directora a la 1.

- ¿Usted concursó como inspectora?

 - No, no concursé. Yo estaba muy contenta en la Escuela 1, pero en la zona que dependían las inspectoras que era San Miguel se había dado un lugar -no recuerdo si por enfermedad o estudio- y debía ser cubierto por una directora y entonces las inspectoras que me conocían me dijeron y estuve como inspectora interina hasta que regresó a su cargo a quien yo reemplazaba. Volví a la 1, reuní toda la documentación y dije: hasta acá llegamos, me jubilo.

“Mis padres fueron los maestros de mi vida”

- Cuando se jubiló, ¿extrañó las aulas, las escuelas?

- Sí, extrañé mucho porque adoraba las escuelas; pero a su vez yo ya estaba grande y necesitaba también descansar un poco. Y llegaron los nietos, a quienes les dediqué mucho tiempo y disfruté con locura. El cambio de vida fue grande, me dediqué por completo al hogar, pero siempre recordando a los maestros, a los alumnos, a las aulas.

- Usted no se quedó sólo en las aulas, desempeñó otros roles.

- Sí, a veces sin quererlo, pero sucedió. Por ejemplo, fui directora de Cultura de Pilar. Recuerdo que fue el señor Beto Ponce de León a pedirme que aceptara ese cargo; yo no quería debido a que estaba dejando la actividad y buscaba descansar pero a Beto no se le podía decir que no. Estuve en el cargo un tiempo breve pero fue muy gratificante.

- Usted nos habló de los recuerdos gratos que llegan a su memoria de los tiempos en las aulas, con sus alumnos. ¿Se sigue viendo con algunos de ellos?

- Sí, nos reunimos con algunos. Son momentos que llenan el alma. Fue algo muy hermoso lo que me pasó: son cinco alumnos que yo he tenido en Derqui cuando me inicié. Ellos me contactaron por teléfono después de muchísimo tiempo y nos reunimos, y me hacen llegar flores para el día del maestro y tomamos el té o almorzamos. Mis alumnos, con aquellos que me reúno, tienen cerca de los 80, y disfrutamos mucho cada encuentro.

“Estar en el Verbo era estar en casa, tranquila y feliz”

“Cuando comencé a trabajar en el Verbo yo me desempeñaba como vicedirectora en Villa Rosa y acomodé los horarios para poder trabajar en los dos lados. Acepté la propuesta del Verbo Divino con todo cariño y respeto; y ellos me recibieron de igual manera. Guardo el mejor de los recuerdos de mi vida en el Instituto Verbo Divino. Ahora me pasa por la cabeza el nombre del Padre Atilio, que era el rector, y no quiero no destacarlo. Yo daba en primer y segundo año clases de Lengua y la relación con los chicos era de mucho respeto y cariño, hasta me han enviado cartitas muy amorosas. A veces salgo a hacer alguna compra por el centro de Pilar y se acercan, se presentan (muchos ya son padres, abuelos, de familia) y conversamos un ratito. Un día estaba yo en el súper y escucho una voz que me dice… señora, señora Delma, y al voltearme descubro que era uno de mis alumnos y me contó que él le ayudaba en castellano a una de sus hijas acordándose del conocimiento visto en las clases”, cuenta Delma a Resumen.

“Por el amor que le tenía a la carrera, hice lo mejor que podía en cada clase”

Muchos de sus alumnos recuerdan que usted en sus clases no levantaba nunca el volumen de su voz, ¿es esto verdad?

Eso es verdad. Sucede que una vez escuché que el docente no tenía que levantar el tono de su voz porque la misma tenía que reservarse para todos los años de vida que uno enseña. Y eso hice. A su vez no es necesario gritar para dar una clase, hay que darla con suavidad, con cariño y los alumnos mismos de a poco comienzan a bajar el volumen de su voz.

¿Siempre mantuvo o llevó a la práctica ese consejo que escuchó?

La verdad es que nunca grité, no fue necesario. Siempre existía en las clases un respeto mutuo que no ameritaba levantar la voz. Estar en el Verbo era estar en casa, tranquila y feliz.

Y así se la observa a Delma hoy a sus 93, tranquila y feliz. Atenta al más mínimo detalle, se permite traer al finalizar la entrevista una bandeja de plata con dos copas y una gaseosa para continuar -muy cómodas- conversando en el en interior de su hogar.

 

Clarisa Bartolacci

 

  • Camino a la Montonera
  • La familia de Delma Domenech estaba vinculada por lazos sanguíneos con los López de Osornio, línea directa de la madre de Juan Manuel de Rosas. Y según recuerdan puertas adentro del hogar era la propia Manuelita Rosas quien, camino a la Montonera (Cenáculo), hacía detener la carreta en la casa de sus familiares para saludar, descansar y ponerse al día con las noticias.

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