“Si vivís en un barrio cerrado, vivís en un tupper”

“Si vivís en un barrio cerrado, vivís en un tupper”

 

Por Marcelo H. Echevarría

Abogado (UBA)- Especialista en Derecho Penal (UB)

En una reunión realizada en la localidad de Pilar escuché este comentario que dio origen al título de esta opinión, la cual provenía de una persona histórica de la localidad.

Hoy, al analizar esta afirmación desde el punto de vista social y humanista, discrepo totalmente con la misma, toda vez que el mote que da cuenta que el que vive en un barrio cerrado vive “encerrado” constituye, a mi entender, una falsa premisa que trataré de explicar en estas líneas.

La gente que opta por vivir en barrios cerrados, country o condominios en su mayoría trata de asignarle un valor agregado a su calidad de vida consistente, en primer lugar, en procurarse una mayor seguridad (algunos discrepan afirmando que esto es ficticio porque igual se cometen hechos delictivos dentro de los emprendimientos, mientras que otros, contrariamente, afirman que viven con la denominada “sensación de libertad”); en segundo lugar, en caso de tener hijos, el objetivo de vivir bajo este sistema sería procurar una educación basada principalmente en el deporte y la vida al aire libre y, en tercer lugar, lograr en lo posible una vida distendida del grupo familiar, apartada de la gran ciudad, aunque ello conlleve a resignar comodidades de vivir cerca de todo.

Muchas de esas personas viajan a diario a sus trabajos (prueba de ello la autopista de entre tres a ocho carriles como lo es la Panamericana que se transita a paso de hombre en horas pico, sea a la ida y/o a la vuelta de Capital), además, el que viaja en transporte público padeciendo la consecuente falta de servicios de transporte de pasajeros (me refiero al caso puntual de la localidad de Pilar en donde existe una única línea de colectivos que hace su recorrido por la autovía viajando la gente apelmazada).

Cualquier actividad, compra, salidas, colegios, requiere en la mayoría de los casos salir de ese “encierro” y trasladarse a su lugar de destino.

Ahora bien, aquellas familias que viven en medio de la Ciudad en una torre de departamentos, donde para entrar se abre un gran portón y que posee servicio de vigilancia permanente ¿no viviría bajo el mismo concepto de “encierro”?

Aquellas personas que viven en los remotos pueblos de nuestra Patagonia Argentina, donde hay muchas menos casas que en cualquier barrio cerrado del Gran Buenos Aires y nada alrededor de kilómetros de distancia ¿Viven “encerrados”?

Y ni que hablar para el que tuvo la posibilidad de conocer Galicia, Asturias en España, los pueblos del sur de Francia o los de la Toscana en Italia, entre otros, donde existen poblaciones de no más de cincuenta o cien casas muchas de ellas habitadas por gente de avanzada edad o muy jóvenes, quienes se autoabastecen sin salir del mismo, toda vez que el próximo pueblo se encuentra a distancias superiores a 50 kilómetros. Ellos ¿también vivirían “encerrados”?

Entonces, la respuesta es que cada uno elige su “hábitat” o “sistema de vida”, lo cual no debería ser cuestionable socialmente, como tampoco debería ser estigmatizante para quien opta por dicha elección.

Mi madre vive en un barrio de la Capital Federal en una casa entre rejas. Rejas para salir a la calle, rejas para ir al patio, rejas para ir a la terraza. ¿Vive “encerrada”? Sí, como presa. Pero es un tema de “protección” como la de muchas casas que deben así realizarlo, lo cual no impide que a la hora de salir lo haga con total normalidad conectándose con la sociedad, al igual que el habitante de un pueblo de la Patagonia argentina apartadísimo de la ciudad más cercana, de idéntica manera al de una familia que reside en una edificación en torre cerrada herméticamente por portones o la de un country.

Por último, esa persona a la que hice referencia al comienzo de la nota y que en su momento fue el autor de la frase del título de esta opinión (no sé si es “NyC” o “NoNyC” pero sí que es “pilarense”) terriblemente crítico de los residentes en barrios cerrados, ni se imaginan lo que despotricaba contra los habitantes que viven según él “encerrados” en Pilar, y contra los emprendimientos realizados en la localidad, lo cual así lo exteriorizaba públicamente de manera recurrente, monotemática y hasta algunas veces insolente, cierto día lo veo de lejos dentro de un barrio cerrado donde, casualmente, fui de visita.

A la semana me junto con él en una de esas reuniones que mantenía asiduamente y donde siempre estaba presente y le comento haberlo visto. Su respuesta… “Si, me mudé hace pocos días, pero te aclaro, no por mí, sino por mi mujer”.

Como dicen los jugadores de generala. Chau. ¡Tachame la doble!

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