Miércoles 17 de Julio de 2024

OPINION: Día del Niño


  • Domingo 19 de Agosto de 2018
Imagen del articulo
El espacio de reflexión compartida surgido después de las terribles guerras mundiales del Siglo XX, generó una serie de declaraciones que se constituyeron, por lo menos, en la posibilidad de poner en palabras la decisión de acabar con  los terribles males que ha traído a la humanidad  el imperio de la injusticia y la desigualdad. De algún modo se  busca cambiar esos viejos flagelos de la humanidad. No  ha sido ni es tarea fácil revertir esa situación. A pesar de los deseos de los buenos corazones el mundo sigue en gran medida siendo cruel e injusto sobre todo con los más débiles, como es el caso de los niños, sin embargo, como un clamor que no cesa, como un objetivo irrenunciable están escritos los derechos humanos a los que aspiramos. Por eso transcribimos en nuestro espacio semanal, un fragmento de lo expresado en 1990 acerca de lo resuelto en la histórica convención. Convención de los Derechos del Niño de 1989 No hay causa que merezca más alta prioridad que la protección y el desarrollo del niño, de quien dependen la supervivencia, la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización humana. Plan de acción de la Cumbre Mundial a favor de la Infancia. ¿Qué es la Convención sobre los Derechos del Niño? Todos los derechos de los niños están recogidos en un tratado internacional que obliga a los gobiernos a cumplirlos: la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN). Es el tratado más ratificado de la historia y los 195 Estados que la han ratificado tienen que rendir cuentas sobre su cumplimiento al Comité de los Derechos del Niño. Los 54 artículos que componen la Convención recogen los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de todos los niños. Su aplicación es obligación de los gobiernos, pero también define las obligaciones y responsabilidades de otros agentes como los padres, profesores, profesionales de la salud, investigadores y los propios niños y niñas. El Comité de los Derechos del Niño está formado por 18 expertos en derechos de la infancia procedentes de países y ordenamientos jurídicos diferentes. La Convención sobre los Derechos del Niño tiene tres protocolos que la complementan. El protocolo relativo a la venta de niños y la prostitución infantil. El protocolo relativo a la participación de los niños en conflictos armados. El protocolo relativo a un procedimiento de comunicaciones para presentar denuncias ante el Comité de los Derechos del Niño. La historia de la Convención sobre los Derechos del Niño En 1959, Naciones Unidas aprobó una Declaración de los Derechos del Niño que incluía 10 principios. Pero no era suficiente para proteger los derechos de la infancia porque, legalmente, esta Declaración no tenía carácter obligatorio. Por eso en 1978, el Gobierno de Polonia presentó a las Naciones Unidas la versión provisional de una Convención sobre los Derechos del Niño. Tras 10 años de negociaciones con gobiernos de todo el mundo, líderes religiosos, ONG y otras instituciones, se logró aprobar el texto final de la Convención sobre los Derechos del Niño el 20 de noviembre de 1989, cuyo cumplimiento sería obligatorio para todos los países que la ratificasen. La Convención sobre los Derechos del Niño se convirtió en ley en 1990, después de ser firmada y aceptada por 20 países, entre ellos España. Hoy, la Convención ya ha sido aceptada por todos los países del mundo excepto Estados Unidos. El 20 noviembre se celebra en todo el mundo el Día Universal del Niño, que cada año recuerda la aprobación de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 20 de noviembre de 1989. El domingo 19 de agosto celebramos otra vez El Día del Niño en Argentina. Seguramente se realizarán  distintas actividades y en cada hogar en la medida de lo posible tratarán de agasajar  a “los niños del grupo familiar”. Dicho así, todo parece muy loable y fortalece nuestras convicciones acerca de que un mundo mejor es posible. Pero he aquí, que la realidad tiene una cara oculta como la luna, que muchos, muchísimos, se ocupan de ignorar. ¿Para qué hablar de cosas tristes? ¡Qué mala onda…! Frases hechas que refuerzan los mecanismos negadores de nuestra psiquis. Una sensación de dolor e impotencia nos inunda sin embargo, cuando echamos una mirada, aún la más superficial, al mundo que nos rodea. La pobreza crece y no hay quién se atreva a desmentirlo, y dentro de ese universo la mayoría son niños. Niños cuyo futuro peligra seriamente. Toda carencia en esta etapa de la vida no determina pero sí pone en serio riesgo su desarrollo personal. Siento vergüenza ajena y propia cuando constato la cruel indiferencia con que se tratan las cuestiones de la niñez en una sociedad enajenada por el valor del dólar, hipnotizada frente a los valores que suben y bajan en los paraísos financieros. Y mientras tanto ¿Qué? Se bajan, por ejemplo, las asignaciones familiares en la Patagonia. Me pregunto ¿sabrá alguno de estos “señores” lo que es ser pobre en un mundo ya de por sí hostil? ¿Alguna vez vio los dedos deformados por los sabañones de los chicos, los mocos eternamente colgantes de sus narices, las orejitas lastimadas por el frío? Alguien puede decir que esto que digo es hacer política con un tema tan sensible, y sí, y entiendo que es lo que corresponde, porque si la política no sirve para mejorar las condiciones de los seres concretos, de carne y hueso que somos, no sirve para nada. Ya en algún momento se aplicaron medidas desafortunadas a los discapacitados, y aunque se hizo el gesto de revisar las medidas, en los hechos hubo un sensible retroceso en esta materia. Ni qué hablar de la distribución de notebooks, para achicar la brecha digital. Está claro, la concepción que rige es una suerte de darwinismo social (con perdón de Darwin) donde lo que rige es la supervivencia del más apto. Sé que lo que digo es muy amargo, sin embargo no pierdo las esperanzas de que como pueblo recuperemos nuestra verdadera sensibilidad social y el sentido profundamente humanista de buena parte de nuestra tradición política. Los que ahora recorren el maravilloso tiempo de la niñez no pueden esperar a un futuro ilusorio. Hay perentoriedades. El hambre no tiene paciencia, las carencias dejan huellas  indelebles. ¡Ojalá! reciban  los chicos, los nuestros, los tuyos, todos, el anhelado juguete, la deliciosa golosina, hoy, pero eso no basta, de ninguna manera basta. Los que gobiernan deben saber que ocuparse de la creciente pobreza que genera su pésima administración no es opcional. Es una obligación absoluta. El poder, el acceso al poder, no supone sólo  satisfacciones, sino, y sobre todo responsabilidades de las que habrá que dar cuenta   llegue el momento. A modo de presente para nuestros pequeños lectores les acercamos un cuento de Gustavo Roldán, el autor de bellísimos cuentos para niños y para quien lo sepa disfrutar. Elsa Robin   Cuento de siete colores La lluvia se fue apagando como sin ganas. Todavía caían las últimas gotas cuando el sol volvió a adueñarse del cielo, y entonces fue que se oyó el grito de la cotorrita verde. -¡El arco iris! ¡Allá, el arco iris! -¿Dónde? ¿Dónde? –gritaron todos los bichos. -¡Allá! ¡Allá arriba, tras de los árboles! Y ahí nomás comenzaron a trepar el árbol donde estaba la cotorrita verde. Voló la paloma. Voló el tordo. Trepó el coatí. Trepó el monito. Trepó la pulga prendida a la cola del monito. Treparon todos. ¿Todos? Bueno, todos, no. Abajo, a los gritos, quedaron el quirquincho y el sapo sin saber qué hacer. -¡Eh, no nos dejen solos!- gritaban mirando para arriba. Pero ahí arriba, en el árbol más alto del monte, era un solo griterío. Patas, picos y alas señalaban con entusiasmo hacia el más brillante y lleno de colores de todos los arco iris. Después de un rato bajaron. Reían, contentos, con una risa de siete colores. -¡Don sapo, don quirquincho! ¡Lo que se perdieron!- dijo el coatí. -¡Cómo no subieron al árbol!- dijo la paloma. ¡Era el más lindo del mundo! -¡Tenían que haber trepado!- dijo el monito. El sapo y el quirquincho se miraron con una sonrisa canchera. -¡Arco iris a nosotros! ¡Vamos! ¿Acaso no saben quién inventó el arco iris? -No, don sapo, no sabemos- dijo la paloma. -¿Quién fue? ¡Quién va a ser sino este sapo! Y acá está el amigo quirquincho que no me va a dejar mentir ¿Cómo fue, don sapo? -¿Fue muy difícil? ¿Hace mucho tiempo de eso? Todos preguntaban al mismo tiempo, curiosos a más no poder. -¿Cómo se le ocurrió, don sapo?  -Y... de aburrido nomás. Estaba una siesta mirando pasar las nubes. Es lindo mirar las nubes, van y vienen, siempre iguales y siempre distintas. -¿Y entonces, don sapo? -Entonces me dije: “está lindo este cielo, pero me parece que le anda haciendo falta alguna cosa”. Y me puse a pensar. -¿Pensó largo, don sapo? Largo m’hijo, largo como salto de sapo. Y ahí nomás me puse a caminar, que no era cosa de andar perdiendo tiempo. -¿Hasta dónde caminó, don sapo? No les digo hasta dónde porque no me van a creer, y ustedes saben que a este sapo no le gusta andar mintiendo. Y caminó y caminó, eh, ¿don sapo?- dijo  la pulga. Y caminé y caminé -¿De día y de noche, eh, don sapo? -De día y de noche.-Con lluvia y con frío, ¿eh, don sapo? -Con lluvia y con frío.  –Sin comer y sin dormir, ¿eh, don sapo? -Bueno, bueno, este sapo será caminador pero no tonto. Pero usted, amiga pulga, ¿cómo sabía todo eso? -Y...usted sabe que las pulgas también conocemos mundo. No se olvide que yo soy la pulga que anduvo en un circo y conoció un elefante. -Claro que sé todo eso, y hasta de algunos rumores que cuentan de un roce entre usted y el elefante. -¡Ay, no me haga acordar de eso! ¡Fue una pasión juvenil que no tenía futuro! ¡No me haga acordar de eso, don sapo! ¡Que cuente, que cuente, que cuente!- gritaron todos los bichos, entusiasmados con la historia de la pulga. –No y no. Además ahora estamos escuchando la historia de don sapo. Siga nomás, don sapo, usted iba caminando y caminando. -Y bueno, caminando y caminando fue que me encontré con don Quirquincho, y ya que íbamos para el mismo lado decidimos seguir juntos. ¿Se acuerda, don quirquincho? -Mire si no me voy acordar. Apenas caminamos un ratito fue que nos encontramos con esa enorme cantidad de víboras. - ¡La flauta! ¿Muchas víboras? –dijo el monito medio asustado. -¿Muchas? No, m’hijo, muchas no. Muchísimas. -¡Y usted las peleó a todas! -dijo el coatí. -Eso pensé, pero don quirquincho me paró a tiempo. “Estamos muy apurados -me dijo-, no vale la pena perder tiempo, déjelas don sapo”. ¡Qué salvada se pegaron las víbo -¿Y qué hizo, don sapo? El que hizo fue don quirquincho. Se puso a cavar y cavar, y pasamos por un hermoso túnel debajo de las víboras -Y siguieron y siguieron, ¿eh, don sapo?-Y seguimos y seguimos. No les voy a contar todas las aventuras que tuvimos, pero al final llegamos. -¿Llegaron? ¿Adónde llegaron? -A la punta del río, donde vivían un montón de sapos amigos. Les conté mi plan y ahí nomás pusimos manos a la obra. -¿Qué hicieron, don sapo? -¿Trabajaron mucho? – ¿Fue muy difícil? -¿Cuál fue el plan, don sapo? -Ya va, ya va... Las cosas no fueron difíciles, pero primero tuve que inventar el pincel, una cosa que antes no existía. -¿Y para qué inventó el pincel, don sapo? Eso no tiene nada que ver con su historia. -Esperen un poquito. Una vez que inventé el pincel ya no hubo problemas. -¿Y después, don sapo? -Después preparé siete ollas con siete colores de pinturas. -¿Qué lindo, don sapo, siete colores! ¿Y qué hizo? -Elegí siete sapos, que saltaban más alto, y comenzamos a ensayar. Los puse en fila, uno al lado del otro, cada uno con un pincel de cada color en la mano, y los hice pegar un gran salto. -¡Qué emoción! ¡Siento que me emociono toda, don sapo! -dijo la pulga. -Emoción fue la que sentimos entonces. Si los hubieran visto a los siete sapitos, con el entusiasmo que saltaban. Ensayaban y saltaban cada vez más alto. Hasta que pegaron un salto grandísimo, y ahí fue que se formó el arco iris. -¡Qué cosa más linda, don sapo, yo también estoy emocionada! –dijo la cotorrita verde. -¡Hizo una cosa muy hermosa! -dijo la paloma. -Y si miran bien, -dijo el sapo- van a ver, muy chiquititos, a un sapo en la punta de cada color del arco iris. Claro que para eso hay que tener muy buena vista. -¡Otra vez! ¡Otra vez el arco iris! –gritó el monito desde el árbol. Todos volaron y treparon rapidísimo. -¡Allá, allá! -gritó el coatí- ¡Y se ven los siete sapitos con los pinceles! Y mientras el árbol era un solo griterío de entusiasmo, el sapo y el quirquincho se fueron caminando. Como sin darle importancia, el sapo dijo: -Ja, si sabrá de arco iris este sapo!
Gustavo Roldán: Escritor argentino, se ha especializado en literatura infantil o como el mismo dice es chaqueño, un buen carpintero y un excelente contador de cuentos. Obras: Entre otras El monte era una fiesta, Sapo en Buenos  Aires, Todos los juegos  el juego, El último dragón.

Dejar un comentario

Los campos marcados son requeridos *