Miércoles 17 de Julio de 2024

EDITORIAL: La corrupción de ayer, de hoy y de siempre


  • Domingo 02 de Julio de 2017
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Esta semana algunos memoriosos no pudimos dejar pasar por alto un hecho de nuestra historia que podríamos decir, marcó el inicio de la corrupción en nuestro país, casi podríamos decir que hubo un antes y un después de ese hecho. Hace exactamente 51 años, había en la República un presidente que si por algo se caracterizó, fue por su honestidad y transparencia, además de su carácter fuerte, algo terco y su andar cansino. El 28 de junio de 1966, un grupo de “forajidos” tal como él mismo los catalogó, se apoderaron del Ejecutivo Nacional destituyendo a un presidente elegido democráticamente, imponiendo la “ley y el orden” a su gusto y “piachere”. El pecado más grande que cometió Illia, en aquel entonces, fue cortar el avance sobre la República de las empresas extranjeras sobre la propiedad de nuestros hidrocarburos, anulando los contratos petroleros que habían firmado con el anterior gobierno. Más tarde, una segunda decisión hizo prácticamente imposible su continuidad en el poder, el impedimento a los laboratorios extranjeros de entrar al país, sancionando la conocida Ley de Medicamentos. La honestidad y rectitud de aquel presidente marcó con su destitución, tal vez, el inicio de la corrupción en nuestro país y su crecimiento constante cada vez que comienza o se inicia un nuevo período. No sólo actuaba él y su gabinete con total transparencia, sino que también bajaba línea a sus colaboradores en provincia y municipios, tal el caso de Anselmo Marini en Buenos Aires y de Andrés “Yayo” López en Pilar. Quienes vivimos aquellas épocas, no podemos olvidar las anécdotas de esos funcionarios que surgían de la vecindad misma de nuestro pueblo y que demostraban con sus actos todos los días, su honestidad. Vale recordar la anécdota de la frecuente visita del Dr. Marini a nuestro distrito, que le dio letra al por entonces dirigente radical José Haiek para comenzar sus discursos resaltando aquello de “yo no tengo la culpa de que el Dr. Marini se haya encariñado con el pueblo de Pilar…” o la de las roturas de los trajes del intendente López merced a la manija rota de la ventanilla de la Ford F100 modelo más que antiguo, que lo transportaba de lugar en lugar en su función oficial, manejada por uno de sus colaboradores inmediatos en Obras Públicas como era el recordado vecino Félix Tropiano. Contrarrestando los tiempos modernos y contemporáneos, en aquellos años las obras se hacían por licitación más que pública, consensuada con los vecinos, como aquellas cien cuadras de pavimento que se hicieron en Pilar merced a un acuerdo entre el Municipio, los frentistas y la Cooperativa Pavimentadora que había promovido el mismo López con un grupo de vecinos y colaboradores; o la construcción de la que actualmente funciona con seis o siete veces más cantidad de habitantes planta depuradora de la calle Champagnat, o aquel interesante proyecto de construir un balneario en el cruce del Río Luján con la Ruta 8, que la Revolución de Onganía dejó trunca, mereciendo la crítica injusta de muchos pilarenses. Los años fueron pasando y los actos de gobierno y de transparencia de aquellos funcionarios, desde la cabeza hacia abajo, se fueron desvirtuando imponiéndose la corrupción sobre “la ley y el orden” que los usurpadores de entonces pretendieron vendernos. Pasaron los años, pero ya era tarde, cuando el propio Coronel Perlinger, ejecutor por entonces de las órdenes de desalojar la Casa de Gobierno, enfrentando a aquel cordobés pausado, honesto y transparente, en una carta que hizo pública y que  tituló “Perdón Dr. Illia…” refiriéndose al error que había cometido en nombre de las Fuerzas Armadas, de destituir nada menos que al jefe de Estado, por ende Comandante en Jefe de las mismas. Hoy esas mismas fuerzas que más adelante, en otra intromisión en el poder, hicieron desaparecer gente, matar a cientos de soldados en una guerra más que inútil, hoy se transformaron en girones que ni siquiera son capaces de encauzar y garantizar la seguridad de los argentinos. Quienes tendrían que pedirle perdón a Arturo Illia hoy, son aquellos que apostaron a su destitución para hacer negocios espurios con el poder extranjero sin importarles lo que pasaría en el país y, seguramente, lo que seguirá pasando. Augusto Zamarripa

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