Crisis, el niño y la educación

Crisis, el niño y la educación

La búsqueda de una mejor sociedad se hace en base a una construcción. Sarmiento, decía: “la escuela instruye, el hogar educa”.

Por Guillermo Pellegrini, Licenciado en Ciencia Política

El 20 de noviembre de 1989 la Asamblea de las Naciones Unidas aprobó la llamada “Convención de los Derechos del Niño”, incorporada a nuestro ordenamiento jurídico el 22 de noviembre de 1994. Qué quiere decir: “que los niños son titulares de Derechos Fundamentales”.

Por lo tanto, “todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas, la consideración primordial será atender, el interés superior del niño”.

El cuidado que se les proporciona a los mismos es insuficiente frente al creciente desamparo en que los colocan las condiciones actuales de vida, amenazándolos desde el momento mismo de su concepción, a través de la práctica del aborto y que continúan luego de su nacimiento con el desamparo, pues los padres no pueden o no cubren sus necesidades. Son explotados o sometidos a agresiones de toda clase.

En lo que hace a la educación, ya más en términos generales, también los vapulean a través de excesiva información; que reciben a través de las redes, los medios de comunicación, sin ningún tipo de filtro. Tampoco esos padres, abuelos o quienes estén a cargo tienen la capacidad de comprensión, menos de asimilar y transmitir.

El aluvión consumista les impide, a estos niños, encontrarse consigo mismos masificándolos. Son el principal mercado de los juguetes, de la ropa, de la droga y de la pornografía. También son víctimas de los conflictos por los que atraviesan sus padres (pérdida del trabajo, subsistencia, peleas, divorcios).

Ejemplo: en un aula de 30 chicos entre 5 y 12 años se observan los siguientes fenómenos: 15 chicos no comparten cuentos o historias orales en familia; 4 chicos no suelen festejar su cumpleaños; 6 chicos comparten cama o colchón para dormir. (Observatorio de la Cuestión Social – Universidad Católica).

Ayer compartían el aula de la escuela con alegría y entusiasmo los hijos de industriales, comerciantes, hacendados con los hijos del cartero, el empleado, el peón. Todos con su guardapolvo blanco eran iguales. Es la famosa Ley 1420. Las malas políticas llevaron a una exclusión y un canal menos de ascenso social. Surge una diferenciación entre educación pública y privada. Nos trajo más marginalidad y más exclusión.

Lo único que puede y debe hacerse es volver a dotar a la escuela pública de excelencia. No es suficiente el programa de computación para todos, hay que formar a los maestros, el educando tiene más estímulos en la sociedad que en la escuela. Hoy la escuela es memorística y enciclopedista, la información está al alcance de todos en Internet; la escuela debe formar, enseñar a pensar, a razonar y fortalecer las actitudes técnicas, matemáticas y científicas.

Un error fue cerrar las escuelas técnicas. Cuando crezca la economía el país no encontrará técnicos, no hay motivación, no existe la “cultura de la chimenea” la fase industrial, la forja, la modificación y transformación de la molécula en algo, ejemplo del arrabio para llegar al hierro, no se ve esa cultura industrial, no entusiasma.

Somos una sociedad con dificultades de aprendizaje, con muchos entornos  complicados, para enseñar con vocación y entrega, hay una educación rezagada. Sin hablar de los ausentismos, inasistencias, indisciplinas y falta de herramientas tanto para el maestro como para el alumno, que arrastramos de épocas anteriores.

Con respecto al mundo digital que tanto entusiasma y persuade, – y no le vamos a quitar méritos – debemos también tener cuidado, toda tecnología y todo legado de la ciencia tiene su lado oscuro. Estar digitalizado no es la excepción, continuará el vandalismo digital, la piratería de software y el robo de datos. La pandemia desnudó la situación, la sociedad no estaba preparada para esto, ni los niños,  menos los educadores, largas horas frente a una computadora que muchas veces no existe o se comparte, ha traído aparejado la deserción de las aulas digitales, sobre todo en los adolescentes que son los más difíciles de manejar.

Los bits no son comestibles, por lo tanto no pueden paliar el hambre en forma directa. Las computadoras no tienen moral, no son capaces de resolver temas complejos como el derecho a la vida o a la muerte.

Esto no quiere decir que la computación y la cibernética aplicada no es una herramienta óptima, eficiente y eficaz, pero debemos trabajar antes o en forma paralela y simultánea en la formación del niño, ayudándolo desde pequeño para que pueda defenderse en un mundo complejo, injusto, globalizado y con pandemia.

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