Opinión

Una profesión, un oficio, una vocación

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En el mes de septiembre hay una sucesión de fechas que, tal vez por eso del azar, tienen mucho que ver entre sí, pienso en el Día del Maestro, el Día del Profesor, el Día del Estudiante, el Día de la Primavera, el Día de la Paz entre otras, que nos invitan a reflexionar y a repensar muchas cosas.

No se trata de rendir homenajes, levantar monumentos o instituir premios muchas veces sospechosos, en mi humilde opinión, porque suelen esconder, secretas culpas, tardíos arrepentimientos, deudas no siempre claras y muchas, muchas preguntas. Empiezo por señalar que la proximidad de la primavera nos vuelve un tanto esperanzados, y no sólo por el cambio de estación, sino por el muy probable cambio de rumbo político, que nos oxigena y nos anuncia el fin de un tristísimo período de nuestra reciente historia. La Democracia parece cumplir finalmente con su función de hacer visible la voluntad popular más allá de toda manipulación. Tal vez estemos aprendiendo que el ejercicio democrático no se agota en el periódico sufragio y que  debemos ejercer una suerte de vigilancia sobre nuestros mandatarios a quienes nunca se debería otorgar una carta blanca.

Todo este párrafo pretende funcionar como introducción a un tema que hoy y siempre nos desvela a muchos, pero no siempre de la misma manera, estoy pensando en la educación y sobre todo en el lugar que se le otorga y al protagonismo que se les reconoce a los docentes, indispensables actores en la preservación, trasmisión y transformación de la Cultura de toda sociedad. Téngase en cuenta que no se trata sólo de “conservar lo dado” sino de operar sobre lo que resulta indispensable en una sociedad viva, que cambia y necesita cambiar, esto es transformarse y qué papel cumplen la educación, la escuela, los maestras y maestros en esta cuestión.

Si nos remontamos a los orígenes de nuestro país como nación independiente, vemos que  ya en los comienzos, allá por 1810, hubo mentes esclarecidas, como la de Manuel Belgrano que entendieron que había que apostar a la educación (promovida desde el Estado) para difundir e instaurar los principios democráticos y republicanos que inspiraban aquellos acontecimientos revolucionarios. Se buscaba implementar una educación acorde con los nuevos tiempos, cosa que muchas veces no salía del terreno de los buenos propósitos. Los recursos para hacerlo, prácticamente no existían y las prioridades eran otras. Sin embargo, pienso que algunas semillas fructificaron y hubo quienes como Alberdi y Sarmiento asistieron a esas humildes “escuelitas de la Patria” como se las llamaba.

Ellos tuvieron después un papel protagónico en esta materia, sobre todo, Sarmiento quien se inicia como improvisado maestro en una precaria escuela rural en San Francisco del Monte en lo que hoy es el territorio de la provincia de San Luis junto a  su tío sacerdote José de Oro.

Casualmente en mi provincia natal, Chubut, conocí muchos maestros que eran oriundos de San Luis y que se habían radicado en las lejanas tierras patagónicas, con las que se identificarían finalmente. San Luis y otras provincias del noroeste parecían haberse convertido en una suerte de semillero de maestros, eso llevó a comparar a estos maestros con verdaderos apóstoles de la civilización, esto unido a una concepción que convertía a los maestros en seres distintos, que podían tolerar las injusticias laborales y el olvido de los gobiernos que supuestamente tenían temas más importantes de qué ocuparse.

Esto sucedía, no siempre de la misma manera, porque estos trabajadores de la cultura, tuvieron en los pueblos que los acogían un respeto, un prestigio y un afecto que los compensaba de ese descuido gubernamental.

Llevó mucho tiempo y aún no se ha logrado el reconocimiento de la tarea docente como un trabajo que requiere una remuneración justa, y el tener en cuenta las opiniones fundadas en la experiencia de estos particulares trabajadores que palpan diariamente la más dura realidad..

Yo diría que aún hoy se sigue repitiendo un latiguillo peligroso: “que la remuneración que reciben es sobradamente buena para lo que hacen” y como se produjo y se favoreció un fenómeno muy particular, el hecho de que la mayoría de los docentes fueran mujeres, con lo que se justificaba como en el caso de las “madres de familia” que trabajaran duro “por amor”, por sentido del deber y vaya usted a saber por qué otro motivo, sin quejarse, resignadamente. Sin embargo, esa docilidad sobreentendida, esperada y estimulada porque “los chicos no tienen que pagar por que usted no tenga para vivir dignamente” tempranamente fue quebrada por algunas protestas que acabaron con la separación de la o del revoltoso. Precisamente En San Luis en 1881, aconteció la primera huelga docente llevada a cabo por las maestras de la Escuela Graduada y Superior, protesta encabezada por la Directora, Sra. Enriqueta Lallemant, y un dato curioso, Mary Graham, docente traída por Sarmiento de Estados Unidos, hizo un serio reclamo cuando el Estado le llegó a adeudar seis meses seguidos, pero todos sabemos, los que somos o hemos sido docentes, como se naturalizaba una demora de muchos meses cuando se accedía a un nuevo cargo o como el maestro o maestra se pasaban la vida en estado de suplencia o interinato, porque jamás se abrían los concursos, eso lo sabemos, porque “son males que conocen todos…”.

El tiempo pasa y una sordera crónica de las autoridades parece no tener fin. En estos días en que todo parece indicar que se termina un ciclo y empieza otro, los conflictos docentes se agudizan. En Chubut, una provincia, en la que esto no debería suceder, un conflicto que parece no tener fin culmina con una tragedia: docentes muertos o malheridos, indiferencia de las autoridades, en fin, lo de siempre. Cuando asumió Néstor Kirchner, su primera medida fue ir a “apagar” el incendio en las escuelas entrerrianas. He ahí  una grieta, una fractura en el sistema, de la que mucho no se habla, qué importa si hay un pueblo sufriente, si hay un futuro imposible, la cuestión es no irritar al Sacro Imperio Mercado mientras sus socios locales se llenan los bolsillos impúdicamente.

Sobre estas cuestiones hay mucho, muchísimo, que hablar, hay mucho que poner sobre el tapete, para que nos despabilemos. Nadie puede ser agente de dignidad y derechos, si no se reconoce a sí mismo como sujeto de derecho y descubre y cura las heridas que ha padecido su propia dignidad.

Nuevos tiempos, nuevos desafíos

Quien lea estas reflexiones probablemente acuerde conmigo que cada vez que aparece o se agrava una problemática se afirma enfáticamente que la solución pasa por la “Educación”. Esto por supuesto, involucra no solo a las instituciones de la educación formal, la que tiene, sin embargo, un papel crucial. Se nos cruza la imagen del educador como la de una especie de superhéroe, siempre listo para la acción, al tiempo que tenemos que pensar a la escuela en sus condiciones materiales, y a la currícula escolar con una versatilidad y flexibilidad casi imposibles. Estos desafíos que la sociedad no puede eludir exigen una enorme creatividad y a los docentes la incorporación de saberes y estrategias en los que no se había pensado antes. Surge de todo esto la necesidad de una actualización constante de saberes, de estrategias y sobre todo de tiempo para poder pensar. Pero la realidad es muy distinta pues el ejercicio de la docencia adolece de un peligroso mal: aislamiento, soledad, muchas veces escasez de recursos, lo que genera impotencia y frustración. Se hace lo que se puede piensan casi todos. Pero esto no es gratuito, se paga con la salud, y con el mínimo bienestar que eso supone.

Estamos un tanto pesimistas, tal vez, pero cómo pedirle al docente actualización en tecnología digital, si a veces, lo que gana sólo le alcanza para sobrevivir. Le pedimos que resigne espacios y tiempo para su tarea específica (la de enseñar) para que niños y jóvenes puedan tener su plato de comida cuando al mismo tiempo le demandamos eficiencia en su tarea como enseñante. La escuela no es un recinto cerrado (ni tiene porque serlo), el fracaso de una apropiada educación sexual, se ve en la multiplicación de embarazadas casi niñas, en los muchos casos de violencia de género, en la drogadicción, en el desempleo de los padres y también de los hijos. En fin la lista de temas graves y urgentes es interminable. El maestro si no claudica, lucha con sus limitados recursos hasta donde puede.

El maestro que no es un superhéroe y por lo general sí, una excelente persona, merece ser asistido, acompañado desde el sistema educativo que debería contar con los recursos correspondientes para ello. Cuando decimos esto, parece que se estuviera pretendiendo una utopía. Pero no es así. Sólo que no nos resignamos a dilapidar ese maravilloso capital humano del cual depende en gran medida nuestro futuro como sociedad.

Elsa Robin

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