Por Claudia Guerrero

Subsecretaria de Tránsito y Transporte municipal

Estas líneas carecen de pretensión de informe técnico. Intentan ser solamente una reflexión y ¿por qué no?, un grito.

¿Perder 15 minutos en la vida o perder la vida en 15 segundos? Puestos en esta opción, la elección es clara, contundente. Un sinsentido.

Un sinsentido que deja de serlo gracias a la autopercepción de la inmortalidad. Esa, que las estadísticas sobre siniestralidad vial se empeñan en demostrarnos que inmortal solo era Gilgamesh en la páginas de la D’artagnan.

Las noticias titulan: “TREN ARROLLÓ A…..”. Desde mi perspectiva, es hora de empezar a nombrar distinta la noticia: el SUJETO no es el tren. El responsable NO es el tren. El tren va por su vía. No se desvía. No toma atajos. Tiene prioridad de paso: las barreras sólo se cierran para que la formación continúe su viaje hasta la próxima estación, jamás para dar paso al resto de los que comparten la vialidad. Es hora de redefinir el significante para reconstruir el significado: el sujeto NO es el tren.

La Cruz de San Andrés; el “Pare, Mire, y Escuche”; el Laberinto Peatonal -que nos fuerza a mirar a un lado y al otro- nos alertan que NO HAY modo de ganarle a una mole de 500 a 700 toneladas y que la elección equivocada tiene consecuencias: crea, produce “VERDUGOS INOCENTES” así definidos por el gremio de los conductores: “Nosotros arrollamos un promedio de 30 personas hasta que nos jubilamos“.

Ningún trabajador debería tener la “certeza”  de que parte de su trabajo sea el terminar con las vidas de las personas por causas que les son ajenas. Víctima y victimario, parecen aquí un silogismo digno de un relato de Borges.

Creo que es hora de cambiar la mirada y reconocer quién es quién en este juego macabro.

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