De los pobres, la solanina, y otras cuestiones

Hace más o menos un mes, me sorprendió una noticia, ilustrada con una fotografía en la que se veía un grupo de gente humilde que se lanzaban sobre un montículo de papas, tratando de llevarse cada uno todas las que podían. Esas papas habían sido descartadas porque no estaban en condiciones de ser consumidas. Sí, eran hortalizas casi podridas que ninguna persona en condiciones normales hubiera querido llevarse a la boca, hablamos de condiciones normales y en este caso, las condiciones parece no eran normales, porque había hambre, el odioso y oprobioso hambre.

Este hecho que se nos aparece como algo extraño, parece remitirnos a situaciones cada vez más frecuentes en esta Argentina de 2018 y nos lleva a hacernos algunas reflexiones. La primera de ellas es que quienes volcaron la carga de papas en malas condiciones, lo hicieron pensando que estaban haciendo una buena acción, que era una suerte de gesto caritativo, entre ellos estaba un diputado nacional del partido hoy gobernante.

En segundo lugar que esto supone una particular mirada, ideológica, por cierto  acerca de qué es la pobreza y de  cómo son los pobres. “Gente como uno”, diría un personaje de Landrú, sí pero no tanto. Porque, la pobreza, esa suerte de maldición divina, o fatalidad, existió y va a seguir existiendo siempre. Por lo que vamos a tener que  aceptarla y morigerarla con acciones caritativas, después de todo los pobres, muchas veces resultan útiles para las tareas más desagradables, son algo así como ciertas bacterias ,molestas pero necesarias. Todo esto avalado por ciertas ideas, creencias, valoraciones, que filtran toda mirada sobre la realidad: por ejemplo que los pobres son duros, resistentes, poco delicados, aguantadores. Hay frases que se escuchan al pasar como: “estos chicos, no se enferman nunca, están acostumbrados, en cambio los míos, son tan delicados…, tan frágiles, vio…” ¡Qué suerte que tienen los pobres! ¡Qué buena salud! “A esta gente no vale  la pena darles comodidades, no las valoran…”. “Alguna vez quemaron  el parquet, de las casas que les regaló Perón. O destruyeron las ‘notebooks’ que les dio Cristina… y todo eso con nuestra plata, porque yo pago ‘mis impuestos’.

Estos dichos y muchos otros, como que los  pobres no llegan a la universidad, todas estas opiniones fruto de una profunda mala fe, no siempre consciente sirven entre otras cosas para profundizar y justificar una “grieta” que no es nueva, entre los ricos y los pobres, y en el medio qué: una multitud que se debate entre el miedo a caer en el abismo de la pobreza y el deseo de instalarse, en el mundo  de la abundancia y la seguridad. Acompaña todo esto la idea de que si se quiere, se puede y que sólo depende de su esfuerzo individual. Trabajando se llega, dicen convencidos. Desarmar este discurso mentiroso y vil, no es fácil. Nos van a llenar de ejemplos de sonrientes emprendedores, mientras dejan atrás una multitud de pobres malolientes y agresivos. Esto que digo se basa en un comentario que escuché, estos días. Alguien desilusionado con un Pilar de mentirijillas, se ufanaba de volver a la Capital  y dejar atrás esta ciudad “llena de pobres malolientes y agresivos” textuales palabras. Para pensar ¿No?

Pero volviendo al hecho que sirvió de disparador a estos comentarios les referiré hechos y datos bastante añejos. En la década del 50 existía en nuestro país un Instituto de la Nutrición, fundado por un médico notable y bella persona como fue el Dr. Pedro  Escudero. En ese Instituto estudió y se formó un importante número de dietistas/nutricionistas, muchas de ellas gracias a generosas becas que se otorgaban a jóvenes de las provincias argentinas y de los países latinoamericanos. Este pequeño ejército, llevó adelante una verdadera cruzada, para enseñar a comer a los argentinos, y aunque el resultado tal vez no sea tan visible hicieron muchísimo, especialmente en el ámbito hospitalario y en la divulgación de los principios de una alimentación adecuada. El tema es muy amplio y me gustaría desarrollarlo mejor en otra oportunidad.

A propósito quiero contarles una anécdota. Habiendo ido a ver a mi hermana Lola Beatriz Robin, al Hospital Rawson, donde trabajaba en el servicio de Alimentación, presencié una escena que el episodio de las “papas podridas” revivió y resignificó en mi memoria. Mi hermana, una mujer menuda pero corajuda, rechazó una carga de papas porque no estaban en condiciones. En ese momento me explicó que las papas que habían traído estaban brotadas y con todo el aspecto de estar infectadas de “SOLANINA”, la dicha solanina parece producir una toxina que puede matar o dañar seriamente a la salud de los que las comen. No ingerir alimentos en mal estado no es un capricho, sino una medida primordial para la salud. El gesto sencillo pero firme, la responsabilidad de quien ejerce una función pública es primordial y su incumplimiento tiene efectos negativos en la realidad, llámese accidentes, enfermedad, muerte.

La pobreza no es sólo un dato estadístico, es una realidad que nos incumbe a todos, también al hombre  o la mujer que para huir de ella se tapa los ojos y cierra sus oídos  para sumarse al canto de sirena de quienes sólo piensan en hacer buenos negocios a cualquier precio.

Los ejemplos suelen ser eficaces a la hora de ilustrar las cosas buenas y malas que nos atraviesan, por eso me tomé el derecho de mencionar a “Lolita”, incansable batalladora por la salud de sus prójimos.

 

Elsa Robin

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