Opinión: El país atravesado por el absurdo

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Por Patricio Cristino, periodista

Las últimas horas fueron sin lugar a dudas las más absurdas y dolorosas que he vivido. Tengo 42 años y voy por mi tercer crisis. Nacido en los primeros días del ‘76 apenas empecé a decir ‘ajo’ que los militares eran gobierno y se vivía la dictadura más sangrienta de Latinoamérica. Desaparición de personas, robo de bebés y una guerra contra los ingleses. Demasiado para mis primeros años de vida.

Sin embargo la niñez y mi primer año de escuela fue cuando comenzaba la democracia. Se respiró otro aire. Sentimos la libertad que quizás no era plena pero la diferencia era abismal. Ir a la plaza a jugar al fútbol, andar en bicicleta por la vereda pero la esperanza reflejada en los rostros de mis viejos duró cinco años. Al traste todo. Hiperinflación mediante quedamos en la calle. Cuando digo en la calle es en la calle. Nos prestaron un cuarto de 3 por 3 para dormir los cinco. Meses muy duros, aprendimos a querernos entre los hermanos. Juramos lealtad a la vieja que peleaba contra todo. Que lloraba a escondidas y que enseñaba a compartir lo que teníamos. Porque en mi casa tuvimos (antes de la hiperinflación) un pequeño almacén y mi vieja todas las tardes les servía un vaso de leche y unas galletitas a los pibes del barrio que tenían un poquito menos que nosotros. Compartir, primera enseñanza.

Cuestión que de esa fulera salimos gracias a un plan del Fonavi porque nuestro país también tiene estas cosas y la justicia social llega. Ahí tiramos de nuevo hasta el 2001. Y otra vez todo al tacho. Me tocó por primera vez ser despedido. Había doble indemnización y la mar en coche, pero sabés qué duro es que te llame el director de RRHH y te diga que te vas. Días de tristeza. Como somos de dar lo mejor que podemos, en medio de la precariedad y sin laburo, no dejábamos de estudiar en la universidad, ya que el segundo mandato de la vieja además de compartir era “lo único que les voy a dejar es el estudio”.

¿Hay actos más revolucionarios que estudiar y compartir? Creo que no.

La formación profesional me llevó a Pilar, construimos una radio entre amigos y personas que confiaron en nosotros y me encontré en las calles militando la Ley de Medios, aquella que mi profesor universitario Gabriel Mariotto nos había enseñado tanto.

Está claro desde donde veo y siento el mundo. Desde el lugar de los sin nombre, los rotos, los naides, los excluídos, los descartables. Soy uno de esos.

¿Y por qué les digo que siento que vivimos atravesados por el absurdo? Porque hay cosas que no puedo creer. Cómo puede ser capaz que en un gobierno al que apoyo y me siento honrado de haber formado parte haya tipos que no sólo no explican cómo tienen la plata que tienen sino que realizan actos que avergüenzan. Desde Fariña y su rodete en autos lujosos que se casa con Jelinek y un tipo que anda con una ametralladora y bolsos de guita llevándolos a un convento y un chofer que tiene cuadernos que anota que lleva guita de un lado ‘pal’ otro. Paren un poco.

Me duele la panza de saber que hay de los nuestros que se llevaron guita. Porque cuando tenés 100 pesos y te afanan te sentís para el tuje pero si el que te afana es tu tío te sentís dos veces peor. Por eso duele. Por eso es necesario aclarar esto. Si son operaciones si son ladrones si son lo que son que vaya en cana ya.

Porque se están muriendo nuestras esperanzas, porque vino un gobierno que no sólo es absurdo, que tienen la plata afuera y ellos no la traen y dicen que hay que invertir en la Argentina, y el ministro declara que tiene un baldío pero en realidad es una mansión y no paga impuestos.

Hoy explotó una escuela y se están peleando de quien es la culpa. Miserables.

Hoy tengo un plato de comida caliente, una ducha y una frazada pero sé que muchos la están pasando para muy mal. Están ahí como estuvimos nosotros hace 30 años. En la calle y sin nada. O se están fundiendo los almacenes o las pymes y sé muy bien que este gobierno no los va a ayudar.

Es nuestro deber como peronistas estar atentos a los ladrones y comprometidos con nuestras convicciones.

Perdón si esperaban más o menos de mí. Es lo que siento.

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