Estamos parafraseando al gran poeta español Blas de Otero, quien tuvo el propósito de reinventar la fuerza y la esperanza de  su pueblo después de los ominosos años que siguieron a la llamada Guerra Civil Española. Aquella apocalíptica contienda que dejó heridas nunca del todo restañadas no impidió que la vieja Hispania fuera poco a poco resucitando. Esto que digo hoy de España podemos decirlo de muchos otros pueblos que atraviesan el flagelo de las guerras. Aún en los tiempos más difíciles hay tiempo para la esperanza, a la que hay siempre que apostar porque los seres humanos estamos amasados con esa extraña mezcla de luz y de sombra, de pena y alegría.

No corresponde exagerar tal vez, cuando repasamos los continuos sinsabores que atraviesa un pueblo digno de otro destino, pero, lo cierto es que hoy gran parte de los habitantes de esta querida patria Argentina están viviendo tiempos difíciles. Entiendo que los que accedieron al poder en elecciones legítimas están  destruyendo peligrosamente la confianza en el sistema democrático, y eso sí que enciende señales de alerta. Ahora bien esto se debe tal vez a que equivocadamente creímos que bastaba con emitir el voto cada dos o cuatro años para cumplir con nuestros deberes ciudadanos. Pero ahora vemos, con absoluta certeza que eso no es suficiente, que hay que estimular la creatividad para hacernos oír, para lograr que nos escuchen, para participar.

Lo que resulta preocupante es la mentira sistemática, el cinismo que parece haberse instalado en quienes gobiernan. El principio fundamental de que “el que otorga el poder es el pueblo” parece haberse olvidado. Nosotros como simple ciudadanos debemos reivindicarlo permanentemente.

No hace falta, creo, repetir los innumerables desatinos a los que hemos estado y seguimos estando sometidos: apelando a la síntesis, podemos recordar, desempleo, pobreza e indigencia, endeudamiento interminable, destrucción de un Estado responsable en gran medida de la educación, la cultura y la salud. Destrucción del aparato productivo y nos quedamos cortos, y para culminar cabe señalar como burla oprobiosa el escandaloso aumento de tarifas impagables que se nos han anunciado.  Hace falta algo más acaso, para concitar nuestro enojo.

No obstante, nosotros  sabemos que  en Argentina hay un capital humano de excelencia, hay ganas, hay proyectos y más proyectos. Por qué hemos de aceptar que pretendan engañarnos, con discursos insustanciales plenos de mala fe e ignorancia. Hemos perdido muchos bienes, nos quedan sin embargo y eso lo sabemos, no sólo las palabras, sino también las acciones, los gestos, pequeños muchas veces, solidarios siempre, con los que una inmensa mayoría acude en socorro de los más lastimados y sobre todo el sentimiento de dignidad, el saber que nuestros derechos no pueden ser recortados por las penosas órdenes del FMI. Hay un viejo dicho que dice que quien calla otorga. Por eso es bueno que no se malinterprete nuestro silencio cuando la congoja nos embarga. No queremos, no debemos callar nuestros reclamos.

Sin embargo, tampoco renunciaremos a nuestro optimismo, ni a la necesaria esperanza para sentir que podemos ser protagonistas de un país distinto. Somos miles, millones los que levantaremos la copa para brindar por días mejores, que nos abrazaremos solidariamente para que nadie padezca la pobreza, el desamparo, y la falta de futuro a los que pretenden condenarnos unos pocos.

Hay un poema, una de esas odas sencillas del gran Neruda que me ayudará a decirte lector, lectora, amigo, amiga, cuán bueno y reconfortante puede ser eso de estrenar un nuevo año que deseamos que sea efectivamente un año nuevo.

 

Elsa Robin

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