Por Guillermo Pellegrini

Maestro Normal, Lic. en Ciencia Política

Pericles decía en Grecia (495-429 a. de C.) que el único fin de la polis (ciudad-estado) era asegurar al ciudadano la libertad, la justicia y el completo desarrollo de su personalidad. Todo poder público emana del pueblo y se instala para beneficio de este. La democracia es una doctrina política según la cual la soberanía pertenece a todos los ciudadanos y enuncia la vieja frase: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Los ciudadanos organizan el poder en el gobierno y eligen con distintos sistemas sus gobernantes. La autoridad máxima la ejercen los representantes del pueblo elegidos por sufragio universal. Y esos representantes tienen la obligación de trabajar para el pueblo que los eligió y les paga para eso. Defender sus intereses y legislar las leyes que protegen al ciudadano y le garantizan un pleno desarrollo como decía Pericles hace 2500 años.

Supone la participación plena de la población en el nombramiento de sus representantes, más allá que este tenga un régimen monárquico o republicano. Para iluminar el tema decimos que un régimen democrático es aquel que realmente asegura a las personas sus garantías individuales, un mínimo de seguridad económica, la separación de las funciones legislativas, ejecutivas y judiciales, así como el pluralismo ideológico.

Todo esto como teoría suena bien, pero han pasado muchos años y la complejidad actual necesita mayores exigencias y la instrumentación de nuevas estrategias. Las últimas guerras, las torres gemelas y demás atentados y violaciones nos obligan a tener una mirada más aguda de la realidad actual.

La violencia y las armas no son la solución, la razón, la ilusión y la Fe podría salvarnos; con las buenas intenciones no alcanza.

Goethe (1749-1832) filósofo alemán decía que la diferencia entre los distintos periodos de la historia es la que existe entre la confianza y la desconfianza. Cuando hay confianza las épocas son luminosas, estimulantes y fructíferas, mientras que cuando domina la desconfianza desaparece lo anterior y la gente tiene temor a entregarse, falta la esperanza y la ilusión.

Comencemos a trabajar, apliquemos entonces la “libertad” de la cual gozamos, pero no la “libertad de” sino la “libertad para”.  Eso quiere decir, para pensar, trabajar, estudiar, ayudar y amar.

Descartamos la libertad de hacer lo que uno quiere y pasamos a hacer lo que uno debe. No olvidemos que el hombre es la medida de todas las cosas. Dejemos la desesperación, intentemos  hacer lo que es correcto y humano para poder vivir mejor, es una oportunidad.

Por supuesto que en todo esto es necesaria la educación y la formación del niño desde pequeño. Actualizar la educación a los desafíos del mundo actual.

Hay que generar contenido para crear buenas ilusiones en la gente, que tengan un mensaje real, no la acepción conocida de engaño o de ser iluso, ya que una sola vida “sin ilusiones” es un desperdicio, démosle valor a la vida.

La propia ilusión en poder concretar algo ya es un premio. Cuando tenemos ilusiones estamos motivados, pero no siempre que estamos motivados tenemos ilusiones. La  motivación es ahora, me levanto y voy…, la ilusión es el mañana, la ilusión te motoriza, son las ganas de vivir y construir tu futuro.

Caso contrario aparece la frustración, el fracaso, la indolencia, la depresión y el vacío, se esteriliza y paraliza toda una sociedad. Genera tristeza y rencor y desde ahí no se avanza. Es más te usan los otros, te ven frágil.

Hay que fomentar las ilusiones para generar un calor que entibie las calles solitarias y frías de los inviernos. Soñá con una ilusión imposible, por ahí lo logras. (Ref: Aristóteles).

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