Enrique Santos Discépolo de cuyo nacimiento se cumplieron el 27 de marzo 117 años, ocupa en el universo de autores de letras de tango un lugar excepcional. Tiene con todos ellos la afinidad que los hace partícipe de un mismo campo estético: el del tango, pero se diferencia por haber generado un mundo poético difícil de definir si no es con la expresión (tautológica) de “discepoliano”.

Cuando decimos discepoliano estamos refiriéndonos a un estilo donde no sólo está presente una visible amargura, un tono áspero y desesperado, una mirada crítica y sin concesiones de la realidad, sino que estamos hablando también de dolor, de rabia, de compasión, de humanidad lacerada y reclamante. Varios son los motivos que deben haber contribuido a desarrollar en este autor esa cosmovisión: una infancia marcada por la prematura muerte de los padres, la soledad, el desamor de aquellos días, sin embargo todo eso no es suficiente para explicar esa particular sensibilidad de Discepolín como le decían sus amigos.

Siempre en estas cosas hay  factores imponderables que deben haber aguzado su sensibilidad. Sensibilidad que hizo de él a la postre un artista que incursionó en distintas áreas. Discépolo comenzó siendo actor de teatro, incursionó luego en la escritura de textos teatrales; el cine le debe un valioso aporte como actor, guionista y director, pero donde su talento se habría de desplegar con mayor libertad y fortuna fue en la creación de la canción popular (especialmente el tango), digo en el campo de la canción, porque en muchos de los temas fue el autor de la letra y de la música pero vale aclarar que son sin duda las letras las que le aseguraron una fama perdurable. Es de presumir que sus tangos estarán para siempre en la memoria de la gente. Y su particular mirada ha necesitado de una palabra específica para ser nombrada. No hay otra posibilidad que hablar de un estilo discepoliano.

Hoy queremos recordar a este notable artista para ello repasamos algunos de los títulos más conocidos de sus tangos: de 1926 es el famoso “Que vachaché”, después  vinieron “Yira… Yira…”, “Que sapa señor”, “Cambalache”, todos dentro de este estilo ásperamente crítico, pero no debemos olvidar títulos como “Sueño de juventud” (vals), “Chorra”, “Justo el 31”, “Soy un arlequín”, “Quien más, quien menos”, “Confesión”, “Canción desesperada”, “Uno”, y el inolvidable “Cafetín de Buenos Aires” donde su talento se despliega ya en la evocación romántica, ya en el humor, o en el tono elegíaco o la reflexión filosófica.

Enrique Santos Discépolo se fue de la vida un 23 de diciembre de 1951, de él dice  Sergio A. Pujol, autor de una biografía muy completa de este creador, que “su compromiso con el peronismo (…) lo distanció  de varios de sus viejos amigos. Dos años después de su muerte, cuando las trincheras políticas ya no lo necesitaban pero varios de sus tangos seguían golpeando en la conciencia colectiva, Discépolo fue recordado por el escritor Nicolás Olivari en una nota memorable. Allí Olivari aseguraba que el autor de “Yira…yira…” había sido el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia”. En cierto modo, aquella era una definición discepoliana.

 

Yira… yira

 

Cuando la suerte que es grela,

fayando y fayando,

te largue parao;

cuando estés bien en la vía,

sin rumbo desesperao;

cuando no tengas ni fe,

ni yerba de ayer

secándose al sol.

Cuando rajés los tamangos

buscando ese mango

que te haga morfar…

la indiferencia del mundo

-que es sordo y es mudo-

¡recién sentirás!

 

Verás que todo es mentira,

verás que nada es amor,

que al mundo nada le importa

¡Yira!… ¡Yira!…

aunque te quiebre la vida,

aunque te muerda el dolor,

no esperés nunca una ayuda,

ni una mano, ni un favor.

 

Cuando estén secas las pilas

de todos los timbres

que vos apretás,

buscando un pecho fraterno

para morir abrazao…

cuando te dejen tirao

después de cinchar,

lo mismo que a mí;

cuando manyés que a tu lado

se prueban la ropa

que vas a dejar…

te acordarás de este otario

que un día cansado,

¡se puso a ladrar!

 

Enrique Santos Discépolo

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