Por Guillermo Pellegrini, Maestro Normal y Licenciado en Ciencia Política

 

El entorno en que vivimos en la actualidad es mediocre, vacío de principios y valores. Transmite que solo sirven el dinero, el éxito de coyuntura, lo material y trivial. El famoso encanto de la soberbia consiste en pretender alcanzar la calidad de vida de una forma rápida y sencilla, a cualquier precio, sin pasar por el proceso natural de trabajo y desarrollo que la hace posible.

Es un símbolo sin substancia, es el esquema “conviértase en millonario en una semana”, que promete “riqueza sin trabajo”. Podrían incluso tener éxito, como algunos, pero después no saben para que tanto dinero, son incapaces de disfrutarlo, son simples acopiadores de riquezas. El dinero por el dinero en sí mismo.

La soberbia en la personalidad y su exaltación es ilusoria, engañosa. Tratando de alcanzar resultados de calidad con sus técnicas y arreglos que son transitorios, improvisados. Algunos además de ser mediocres, se conforman con envidiar, no se puede debatir con ellos, no permiten que la realidad exceda lo que ya saben; no tienen razonamiento posible, no aceptan ni toleran el éxito ajeno, repiten, no tienen vuelo propio. Por ahí convenga más hablar de lo contrario a la soberbia y la mediocridad, por contraste está la humildad y la caridad, virtud que guía la solidaridad. En esta época la conjura de los necios y mediocres puede facilitar la reaparición del gen de la violencia, los viejos demonios y las nuevas ideologías que manipulan las religiones y los sectores vulnerables mentalmente de la sociedad.

“Sin querer ser muy exquisito, voy a enumerar cinco tipos de personas que basan su existencia en la mediocridad. Tengamos mucho cuidados con ellos pues son altamente tóxicos y habitualmente están bien posicionados” (Rubén Alzola). Los que buscan culpables, los autoritarios, los intimidantes, los que se quejan y los envidiosos. O sea una conjura de necios, no es fácil compatibilizar con este tipo de mediocres, que están en muchos lados. Decía Henry Ford: “La mediocridad es el peor enemigo de la prosperidad”.

Falta más educación, formación, responsabilidad personal y social, se debe trabajar más en inculcar los principios para tener más firmes los valores morales. Pero que pasa, desde el vamos la realidad socio-económica condiciona inexorablemente las posibilidades de estudio y ascenso social. El 75% del mundo sufre hambre. Por lo tanto los cerebros del 75% de la humanidad quedan irremediablemente dañados para acceder al conocimiento. La primera responsabilidad que nos compete a todos, pero especialmente a los dirigentes  de cualquier organización y representantes de la comunidad, es la de eliminar “la pobreza” que implica la desigualdad de posibilidades. Destinando los recursos necesarios para que la educación sea lo primero en la sociedad.

En cuanto a exigir que cada uno, en su rol, lugar y función que desempeñe, un albañil o un directivo por ejemplo, tenga responsabilidad para cumplir con su trabajo según sus condiciones naturales y adquiridas. Seguramente todo andaría mejor, es mas no debería ser sino una exigencia de cada uno consigo mismo, no son muchos los que lo hacen. Algunos han heredado estos principios  y están convencidos de que son verdaderos, es más intentan transmitirlos a sus allegados, hijos y nietos. Muchos han logrado un estudio profesional convencidos de que esto les serviría para escalar posiciones, sobre todo, para ganar prestigio y dinero. La soberbia del éxito no les permite hacer una devolución a la sociedad que fue la que le pagó sus estudios. No hay ética de retorno, reciprocidad y responsabilidad universitaria. Sálvese quien pueda.

Tarea difícil recuperar la educación, los principios y valores, si los que nos rodean proclaman a viva voz diariamente que la “felicidad” consiste en el dinero, en ser el centro de atención y pasarla bien “trabajando” lo menos posible. Es un desafío el salir de esta encrucijada, una sociedad con educación, principios y valores necesita imprescindiblemente de una clase dirigente que la guíe y lidere, con un sentido profundo de su historia, de su realidad actual y de una visión de futuro hacia un cambio establecido por consenso con una gestión de ejemplo, responsabilidad y con claros objetivos en la búsqueda de resultados hacia la solidaridad, la comprensión y el bien común.

 

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