Por Gustavo Giacomo, economista

El diseño y la implementación de las políticas sociales deben estar orientados también por un conocimiento que comprenda cómo las personas piensan, se comportan y actúan en la realidad. Traigamos a cuenta una situación que puede suceder en algún despacho de gobierno: el decisor político reúne a sus asesores para plantear la implementación de una política pública específica como, por ejemplo, el aumento de una tasa para la realización de una obra de infraestructura o una campaña de alimentación saludable.

Esta decisión estará marcada por el impacto (bueno, malo, nulo o alto) que tenga en la sociedad. Es por eso que, además de las capacidades técnicas y las intuiciones de las áreas de gobierno pertinentes, el diseño y la implementación de las políticas deben estar orientadas también por un conocimiento que comprenda cómo las personas piensan, se comportan y actúan en la realidad. Las ciencias del comportamiento proponen los conceptos de “empujoncitos” (nudges) y de “arquitectura de alternativas” (choice architecture) para promover decisiones que favorecen cierto tipo de conductas. Estos “empujoncitos” consisten en pequeños trucos que ayudan a nuestro cerebro a tomar mejores decisiones. Se trata de microintervenciones en el diseño y la implementación de las políticas públicas que consideran cómo actúan las personas.

Por ejemplo, el modo en que están dispuestos los alimentos en las góndolas de un supermercado o en el mostrador de un bar puede hacer que elijamos opciones más saludables por encontrarlas de modo más accesibles; el tamaño de los envases de alimentos puede influir en que comamos mayor o menor cantidad, independientemente del hambre que tengamos; el modo en que está diseñado un formulario influye en que lo completemos en forma adecuada. Actúan como un GPS, que nos orienta en el camino, pero no nos obliga a tomarlo.

Es fundamental conocer el contexto en el que viven las personas a la hora de pensar políticas. Aquello que pudo haber funcionado en un tiempo y lugar, puede no ser efectivo en otros. Por eso, las políticas no deben pensarse para un ideal de población o según cómo se considera que se debiera actuar, sino que deben ser diseñadas para las personas reales, en sus contextos particulares. Se debe prestar especial atención al entorno sociocultural antes de imitar o escalar intervenciones, por muy eficaces que hayan resultado en otros lugares. Para ello, el monitoreo y la evaluación de las políticas es esencial y retroalimenta, a su vez, el trabajo de los científicos.

Las neurociencias y las ciencias del comportamiento pueden ayudar a diseñar mejores políticas públicas y, en particular, políticas sociales. Se trata de sumar evidencia científica a ese proceso que sucede cotidianamente entre quienes deben tomar decisiones de impacto sobre la sociedad. Para que al fin de cuentas la política pueda ser, más y mejor, el arte de lo posible.

La importancia de fomentar la ciencia básica

Sabemos que el objetivo de la ciencia es obtener conocimiento sobre los distintos fenómenos que ocurren en el universo. Ahora bien, es importante comprender que los métodos y procesos de la ciencia hacen que sus avances no siempre generen resultados que podamos ver en nuestra vida cotidiana, pero eso no los hace menos importantes. La ciencia básica es aquella que no busca una aplicación práctica inmediata pero nos ayuda a entender el mundo que nos rodea. Son investigaciones guiadas por el interés y la curiosidad de la comunidad científica. Sus avances pueden cambiar para siempre nuestra vida y la de nuestra sociedad.

La ciencia básica es la que posibilitó, por ejemplo, los avances en salud que aumentaron la expectativa de vida y la tecnología que disfrutamos en la actualidad. Porque algunas veces sus descubrimientos sirven para desarrollar tecnologías innovadoras. El teléfono celular, los satélites o los medicamentos no han salido de la mente de un gran inventor aislado. Son el producto de años y años del trabajo de muchísimos científicos que generaron investigaciones que en un principio no tenían un uso práctico. La inversión en ciencia básica es inversión en conocimiento y el conocimiento repercute en toda la sociedad y contribuye al progreso de todos.

Hoy, frente a las crisis económicas, muchos piensan que la investigación científica debe generar ganancias económicas y que la ciencia básica es un “lujo” reservado solo para economías ricas. Muy por el contrario: un país que no invierte en ciencia básica, no podrá lograr desarrollo tecnológico propio y cuanto mucho podrá imitar tecnologías de otros países. Como decía Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina, “no hay ciencia aplicada sin ciencia que aplicar”.

Gracias a la tarea de miles y miles de investigadores, día a día se incrementa nuestro conocimiento acerca del mundo en el que vivimos y de nosotros mismos. Es por ello que debemos ser conscientes de la importancia de contar con políticas que hagan cada vez más fuerte el sistema científico. Sus frutos surgirán con el tiempo, el trabajo y el apoyo de todos. Pero no debe caber la menor duda de que de ello depende nuestro futuro.

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