Por Fernando J. Ruiz

Profesor de Periodismo y Democracia de la Universidad Austral

Hace doscientos años, en 1818, había solo siete periodistas en Buenos Aires, de los cuáles apenas dos trabajaron todo el año, y otros dos fueron fusilados al año siguiente. Los medios eran sostenidos desde el Estado y publicaban avisos de compra y venta de esclavos. Pero, a pesar de todo eso, el periodismo era ya reconocido como esencial, tanto para la ilustración del pueblo que salía de la etapa colonial, como para la calidad de las nuevas instituciones democráticas en desarrollo.

Ahora también la realidad y el ideal son imágenes difíciles de conciliar en el periodismo y el resto de las profesiones. Pero ambas imágenes son igual de verdaderas. La vida de un profesional siempre incluye su hemisferio normativo y su hemisferio material y, tanto en lo individual como en lo colectivo, se mezcla, como decía un editor porteño a fines del siglo XIX, “lo sagrado de la política y lo profano del comercio”.

Médicos, abogados, contadores o periodistas, siguen ideales orientados a un valor social. Y, para poder ayudar a equilibrar la tensión económica, cumplen un rol importante las instituciones profesionales (por caso el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA)). Intentan ser referencia para comunidades de practicantes que buscan orientar su trabajo hacia esos valores sociales, más allá de las condiciones materiales realmente existentes.

Por lo tanto, el desarrollo de una profesión se da tanto en la realidad de su práctica, como en la evolución de sus ideales. Pero a veces parece que el ideal periodístico se estancó, que son un conjunto de lugares comunes y frases hechas que se recitan como un himno gastado, como si fuera el rezo laico de una iglesia vacía de fe.

La realidad material del periodismo también puede cambiarse desde sus ideales. Hace dos siglos se hablaba de la libertad de imprenta. Luego nuestra proto-constitución de 1815 reguló incluso la creación de un periódico opositor, y la Constitución de 1853 consagró “publicar sus ideas por la prensa sin censura previa”.

Durante el siglo veinte, se precisaron conceptualmente las diferencias entre libertad de prensa y libertad de expresión (recogido en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU de 1948). Ya en la segunda mitad del siglo pasado comenzó a recorrer su camino el llamado derecho a la información.

Pero ahora, en el ecosistema digital, el nuevo norte de la profesión periodística es el derecho a saber de la ciudadanía.

El ideal de que las personas tengan la información necesaria y más sensible sobre lo que pasa necesita un ajuste adicional. Hoy no basta dar la información, hay que explicarla, ponerla en contexto y hacerlo con un lenguaje accesible.

Por eso, el derecho a la información se tiene que convertir en el derecho a saber. Hoy el periodismo explicativo es tan decisivo como el periodismo investigativo. De hecho, desde 1985 los premios Pulitzer incluyen una categoría de periodismo explicativo. La nueva frontera del acceso a la información ya no es tanto que me den la información, sino que me la expliquen.

Pero el periodismo tiene que atravesar varias barreras para alcanzar ese ideal. Nos sobran alambradas emocionales, públicos herméticos, burbujas blindadas e ideas cristalizadas. La libertad de palabra del ecosistema digital pierde mucha fuerza por esos tabiques que impiden la plena circulación de la información. Parece que tenemos libertad de hablar a quienes no nos van a escuchar.

Por eso, una competencia esencial en la profesión es construir esa escucha. Poner más énfasis en la capacidad de llegar y explicar la información a diferentes públicos. Crear un ambiente de concordia y credibilidad que aliente la real apertura de las audiencias a lo que consideramos, como profesionales, que estas tienen que saber.

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