La crisis argentina

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Por Emma Silvia Illia

Hija del ex presidente Arturo Illia

Desde sus orígenes la Nación Argentina ha padecido varios géneros de inmatriculación. La principal consiste en la carencia de un marco de fines y de valores sociales comunes a todos sus estamentos y grupos constitutivos. Cada estrato social, e inclusive, cada persona, parecería que solo busca egoístamente su propio beneficio en desmedro de aquellos que permitirían desenvolverse satisfactoriamente al conjunto. Parecería que nuestro problema principal es una acentuada ausencia de la vivencia misma de la patria. Argentina es hoy un país rico habitado por hambrientos. Aunque la mayoría de su población sea muy pobre, existen sin embargo millones de dólares, que una minoría despreciable de argentinos remitió desaprensivamente al exterior.

Un país, una sociedad, implica ineludiblemente una elite representativa de su cuerpo social. La condición de esta representatividad reside en que los vínculos entre la elite y el pueblo, entre los dirigentes y los dirigidos, sean de complementación más que de dominación. Si la elite consigue formular las propuestas morales y programáticas en que la ciudadanía reconoce las condiciones de su propia realización, el destino nacional es posible. El problema comienza cuando la elite deja de entender que la justificación de sus acciones solo reside en el bien común. Por ese camino, muy pronto el pueblo percibe que ha sido dejado de lado y que los mandatos emanados del poder son ajenos a su precaria realidad.

En la República Argentina esta ausencia de representatividad ha desatado una crisis, a la vez social, cultural y política.

La crisis social deriva de la fractura particular de Argentina. Carente de un marco de fines y valores compartido por todos los estamentos que la componen, casi maniacamente cada grupo solo se orienta con relación de sus propios fines en desmedro de los del conjunto. Agudizada particularmente desde la década de los 60, cuando el Desarrollismo junto con las automotrices y las carreteras nos fue imponiendo la cultura de un mercado erigido en fetiche, esta falencia condujo a la anulación de la idea misma de nación.  Es decir, de un destino colectivo ligado a una historia común. Ni la patria como propósito ni sus viejos símbolos tienen ya demasiada cabida en esta Argentina del saqueo sistemático y del imperfecto funcionamiento de las instituciones. Situación que años atrás hizo que la Iglesia Católica calificara a nuestro sistema político como el de una simple factoría.

La crisis cultural, que es la madre de nuestra decadencia, muestras dos vertientes distintas. Una, el acentuado caudillismo de las prácticas políticas, y por consiguiente, la escasa autonomía personal para decidir el propio destino; la misma que le hizo decir al viejo Vizcacha: “Hazte amigo del juez”. La segunda, el cuño de extranjería que impregna nuestras coincidencias y domestica nuestros actos. Así como nos sobran prestaciones e ilusiones basadas demasiadas veces en las ficciones del mercado, hemos ido perdiendo la conciencia de lo que fuimos y de los que somos. Por un lado, soberbios e incautos; por el otro timoratos e inseguros.

La crisis publica, como alguien dijo hace poco, consiste en que “Argentina no es precisamente un país subdesarrollado sino un país subgobernado. Paradójicamente, esta crisis característica del drama argentino resulta todo de la ausencia de política y de políticos dignos de ese nombre. La incultura, la escasa preparación intelectual, el arribismo y la falta de fe de la ahora llamada “casta política” –solo movida por el oscuro afán de perpetuarse-, la convierten en la rémora de cualquier empresa colectiva. Esta clase se ha trasformado solo en una corporación encaminada exclusivamente hacia sus negocios particulares y su propia perpetuación. Disfrazado de políticos, carecen sin embargo de dotes políticas. O sea de la cualidad esencial del estadista, aquel que logra integrar al bien común con el negocio privado y al destino de la nación en el mundo.

Para reconstruir la política, para devolverle a la gente la fe en ella, hay que comenzar desde cero. Es claro, que se requiere un proyecto de país factible de ser llevado a cabo en el actual marco mundial y un programa de gobierno consecuente. Pero también es claro, que frente a ciertas falencia soportadas por todos, como las que afectan a la educación y en particular a la investigación científica –que hasta hace no mucho nos permitió alcanzar un lugar destacado  en el mundo-, es necesario elaborar y poner en práctica proyectos estructurales que remuevan y refunden las instituciones argentinas responsables del actual fracaso.

La debilidad de la democracia, ha dicho John Kenneth Galdraith, es siempre la misma: “El pueblo no cree en la democracia para sí mismo, en el compromiso con una estructura diferente”. La caída del liberalismo ha sido sumamente costosa y la mayoría de los votos no es necesariamente la mayoría de la democracia porque enorme cantidad de personas dejaron de participar en la política, y esa mayoría es víctima de su propia deserción del proceso político.

Conozco el valor histórico de la Unión Cívica Radical. Sé, por eso, el significado que atribuye a la propia tradición, la fidelidad a la palabra empeñada y a los programas que se cumplen sin claudicaciones.

De nada valen el territorio, las riquezas naturales o la calidad de los recursos humanos, si falta o se halla en crisis la voluntad histórica de ser y permanecer como Nación. Este, cualesquiera sean las razones, perece ser nuestro dilema en la actualidad.

En esta hora crucial, marcada por la desintegración de la conciencia, la conducta y los valores de algunos, correspondida por la desesperanza y la angustia de muchos, la Unión Cívica Radical debe reivindicar la profundización de una nueva revolución democrática. La famosa y tan demorada revolución radical.

No se advierte una resistencia significativa al Régimen por parte de la Unión Cívica Radical. Digámoslo directamente. El radicalismo cayó en la misma trampa que han pervertido al resto de las instituciones. A veces incluso fue cómplice de este sistema perverso. Por eso, para rescatar su papel protagónico como la gran fuerza democrática nacional, fiel a su mandato histórico debe recatarse a sí misma. Después de una profunda autocritica, lo cual exigirá una renovación total de la dirigencia y las practicas partidarias y la formulación de un nuevo Programa como lo fue el de Avellaneda en 1948, la Unión Cívica Radical debe dar la batalla por la Nación.

En última instancia el problema argentino es esencialmente político y no económico. Teniendo el privilegio de ser el partido más antiguo de Sudamérica, la Unión Cívica Radical no puede conformase con el rol de oposición doméstica; debe ser el actor público de primera magnitud en el escenario nacional y el país deberá exigírselo. El camino ya lo ha trazado para nosotros nuestra propia historia.

 

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