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Industria 4.0: Los desafíos de la cuarta revolución industrial

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Por Gustavo Giacomo, economista

Ya hay más celulares que cepillos de dientes. La mayor flota de “taxis” del mundo pertenece a una firma que no tiene autos propios: Uber. Sólo en Argentina, la plataforma Airbnb supera en capitalización a las grandes cadenas hoteleras, sin tener ninguna habitación a su nombre. La compañía que aglutina a nivel mundial el mayor caudal de contenidos (Facebook) no necesita editores ni genera, realmente, texto. Amazon, la inmensa compañía de logística, carece prácticamente de stock. Y no hay modo de huirle a esos conceptos que millones de sujetos dominan con la misma soltura con que (aún) muchos resisten: “algoritmos”, “ciberseguridad”, “smart cities”, “Internet de las cosas” o el temible “big data”.

El mundo está transitando la Cuarta Revolución Industrial, un conjunto de disrupciones tecnológicas que ponen al sector industrial nuevamente en el centro de la escena como propulsor del desarrollo de los países. Las economías más avanzadas invierten activamente en Investigación y Desarrollo (I+D) e impulsan programas para potenciar la producción industrial y la creación de tecnología: “Made in China 2025”, “Industry 4.0” (Alemania), “Impresa 4.0” (Italia) son iniciativas con resultados auspiciosos. En escalas más reducidas, los ejemplos del País Vasco y Cataluña muestran cómo se pueden promover también regionalmente políticas estratégicas para avanzar en la competencia por la creación de tecnología.

Algo cambió. Algo enorme y radical, de peso histórico. Los expertos creen que como lo estamos viviendo ahora no nos damos cuenta de su magnitud. Y además: que no tiene un final previsto, justamente porque es parte de su esencia ser innovación, ser transformación permanente. Es la Cuarta Revolución Industrial.  Antes de chocar contra la pared del “¡no estamos listos!”, algunas definiciones. La Primera Revolución Industrial había tenido de protagonista a la máquina de vapor, y vio el pasaje de la economía rural y agrícola a una de carácter urbano y mecanizada.

En la segunda, el tamaño de los mercados se ensanchó gracias a la industrialización y las nuevas fuentes de energía: gas, petróleo y electricidad. La tercera, de perfil “científico-tecnológica”, trajo energías renovables y tecnología inteligente (smart grid). Pero hasta hace quince o veinte años todavía se podía oír a varios (modelo 60, modelo 70) lamentándose así: “Uh, me olvidé el reloj. Me siento desnudo”. Habría que andar unas horas sin smartphone para vivenciar algo semejante, y aun así la sensación de desnudez sería distinta y peor.

En el marco del Smart City Expo realizada recientemente en Buenos Aires, Érica Chávez Castillo, de Microsoft, fue clara: “Esta no es una época de cambios sino que el cambio marca la época. Lo que es innovador ahora no lo va a ser más en dos meses”.  Un dato fuerte en palabras de Aníbal Carmona, presidente de la Cámara de la Industria Argentina del Software (CESSI): “De las diez primeras compañías a nivel mundial, hoy siete son tecnológicas y sólo tres automotrices. Hace una década era exactamente al revés”. Además explica que “si pasás del disco de pasta al CD-Rom estás sustituyendo tecnología. Pero del CD-Rom a Spotify lo que cambiás es el modelo de negocios”. Venimos de tres revoluciones industriales tangibles y concretas, cada una separada más o menos por un siglo. Pero esta, la cuarta, es la revolución del conocimiento, de la innovación, atravesada por la tecnología, y es menos tangible. Además sólo pasaron 50 años”.

Es que el crecimiento digital no le compete sólo a las empresas: “Es necesario reeducarse en ciudadanía y madurez digital”. Los expertos dicen que la fuerza del trabajo ya no importa tanto como el talento. Que los servicios basados en el conocimiento (el talento) impactan en el 22% del PBI (en Estados Unidos es el 38%). Que la información no es un bien escaso, pero la formación sí. Dicen que el objetivo es que se pase del “Internet del consumo” al “Internet de la producción”. Que los consumidores sean prosumidores. Y dice, por fin, Carmona: “Tenemos casi 90% de consumidores de la web, pero no tenemos productores. Es nuestro objetivo. Hay que seguir andando. Paralizarse no está permitido”.

Inclusión social digital

Habría que preguntar: ¿cómo se va a medir el costo de quedarse afuera? La relación entre inclusión y transformación digital no es tampoco tan lineal, desde ya. El presidente de la Cámara del Software aclara los números: “Cada 10 puntos de transformación digital en Argentina, el empleo crece 1,2% y casi 0,7% el PBI”. Todos aseguran que el meollo está en la educación. Carmona es contundente: “Un chico que recién empieza en el área tecnológica gana 40.000 pesos; para salir de la línea de pobreza una familia necesita 30.000. El sueño es convertir la frase mi hijo el doctor en mi hijo el programador”.

Según se explicita en un informe de diagnóstico nacional que desde el Ministerio de Modernización,  sostiene que aunque la conectividad parezca un recurso tan básico, en Argentina sólo una de cada tres personas tiene acceso a Internet, y casi el 40% carece de conocimientos para manejarlo y las escuelas públicas a pesar de estar rodeadas por cables de fibra óptica de varios prestadores de servicios de internet carecen de ese recurso que tendría que tener al menos para colegios, carácter de servicio público esencial.

Inversión en tecnología

“Argentina, hasta 2015 venía incrementando su inversión en I+D. Lo hacía demasiado lento, a un ritmo promedio de 0,01% PBI/año, pero íbamos en la dirección correcta. Actualmente, la inversión en I+D se reduce de manera dramática. Según el último informe de la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología Iberoamericanos, la inversión total en I+D de Argentina pasó del 0,61 %PBI en 2015 a 0,53 % del PBI en la actualidad”, confirma el neurocientífico, Facundo Manes.

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