Entre las muchas y diferentes razones que hacen de un hombre o de una mujer, un o una artista, está el sorprendente punto de vista, la inusitada perspectiva desde la cual miran los hechos. Aunque teñidas por las diferentes subjetividades, estas miradas, podrían agruparse generando una clasificación de miradas. Podríamos hablar entonces de una mirada “realista”, fantástica, trágica, erótica, apocalíptica.

Entre todas esas posibles miradas queremos hoy rescatar la del “humor” y en especial a ese humor ligado al humanismo que despierta nuestras mejores sonrisas y a veces las más saludables carcajadas sin dejar de apostar a la reflexión inteligente que siempre están presentes en esas manifestaciones.

Hoy, caprichosamente tal vez, pero no tanto hemos reunido en esta página semanal a dos talentos del género, pintor, uno de ellos, que hubiera cumplido años en estos días, me refiero a Florencio Molina Campos. Artista de la palabra, el otro, un uruguayo aquerenciado en esta orilla que hizo reír y pensar a quienes leían o escuchaban sus inimitables textos, me refiero a Arthur García Núñez, mejor dicho Wimpi. No sabemos si se conocieron o no, sin embargo los unía el humor, el amor a lo nuestro y a los seres humanos.

El humor no es algo ajeno al mundo de lo gauchesco sino presente, siempre en él, con muchas oportunidades pues lo rescata de la estéril solemnidad. Hecha esta presentación vayamos a nuestros invitados del día de hoy: Florencio Molina Campos y Wimpi.

 

Florencio Molina Campos

La ilustración de algún almanaque ha sido durante muchos años el único adorno que interrumpía la desnudez de las paredes de los humildes hogares de nuestro país. La mayoría de las veces era una de las pinturas inconfundibles de Florencio Molina Campos. Estas láminas representaban escenas y personajes de la gente del campo argentino. Escenas gauchescas, dirán algunos. Es cierto, sí, pero en una Argentina   que se estaba modificando profundamente por la inmigración y por la transformación de las tareas rurales.

Molina Campos era dueño de una sobresaliente capacidad de observación y una  portentosa memoria gracias a las cuales pudo evocar años después ese mundo que tan bien había conocido en su niñez en los pagos del Tuyu en la provincia de Buenos Aires y en Chajarí, Entre Ríos. Sus pinturas representan los hombres y mujeres que habitaban la pampa argentina en una época de transición. Sus cuadros tienen entre otras cosas el valor de documentar acerca de una época cuyas costumbres estaban en trance de desaparecer.

 

Humor y ternura

Hemos dicho que su manera de pintar ese mundo es absolutamente inconfundible,  que hay una mirada muy peculiar, y a la que nosotros accedemos a través de su pintura.

Molina Campos utiliza la caricatura como recurso para representar sus criaturas. Puede entenderse la caricatura como un cargar las tintas. Recurso este que suele estar unido al humorismo como herramienta de crítica, a veces feroz, de ciertas realidades. Sin embargo, este pintor parece sentir un entrañable afecto por sus personajes, no los expone a la vergüenza pública. No son personajes épicos, ni trágicos, sino tipos humanos queribles, un tanto inocentes incluso en sus picardías  o en sus alardes.

Al respecto dice  E. Molina: “gracias a su poder evocador llegaron a nosotros aquellas gentes del Sur. Se apoyan en la puerta de un boliche de campaña, los pies chuecos y una boina o un sombrerito sobre los ojos, pialan un potro en un corral” y agrega: “Molina Campos deja un testimonio de ese pasado, con una gracia y una frescura que no pierde uno sólo de sus brillos con el paso del tiempo. Pero entre la realidad y el recuerdo la distancia interpuso un extraño elemento: el humor”.

Todo está visto a través de una lente que exagera los rasgos y las expresiones. Las enormes dentaduras, las mejillas casi rojas y relucientes, las grandes alpargatas, el chispear de los ojos nos hablan de cierto espíritu burlón. La tristeza no suele tener un lugar importante, pero puede estar presente también, por ejemplo, en la figura de un gaucho viejo que permanece silencioso en medio de una fiesta.

Ciertos datos del paisaje pueden connotar algo del orden de la tristeza y la nostalgia: un cielo intenso, un desparramo de nubes después de la lluvia, la presencia de un pájaro solitario, de un pajonal en el atardecer.

La vida del modesto hombre de campo aparece retratada con admirable minuciosidad: sus trabajos, sus fiestas, sus amores, partidas y regresos.

Hay humor, un humor que quita solemnidad a las vicisitudes de la vida y que permite considerar con benévola sonrisa los defectos propios y ajenos.

E.R

 

Un gaucho en Disneylandia

En varias oportunidades la vida de Molina Campos transcurrió en Estados Unidos.

En 1937, la Comisión  Nacional de Cultura le otorgó una beca para estudiar en los Estados Unidos. Se le extendió un pasaporte especial como becario “para estudiar la realización de dibujos animados”. Establece allí una relación que se convertirá en una  larga amistad con Joshua B. Powers, quien será su representante legal desde entonces.

En 1938 realizó una exposición en el English Book Shop de Nueva York. Sus cuadros, que despertaron el interés de los coleccionistas, fueron vendidos a buen precio y pasaron a formar parte de colecciones pictóricas particulares.

En 1942 asesoró a Walt Disney (quien lo había venido a buscar especialmente a la Argentina) en la producción de películas sobre temáticas campestres argentinas.

Molina Campos nunca estuvo satisfecho con dichas películas porque consideraba que distorsionaban la imagen del hombre de campo argentino.

En 1944 comenzaron a publicarse los famosos calendarios de Minneapolis-Moline (empresa productora de máquinas agrícolas) ilustrados por Molina Campos hasta 1958. En 1957 se realiza una muestra con sus obras en la Galería Sudamericana de Nueva York.

 

Wimpi (Arthur García Núñez)

 

Cuando en 1946 comenzaron a oírse por Radio El Mundo los breves pero sabrosísimos monólogos de Wimpi, nació entre los oyentes de las radios porteñas la diaria costumbre de escucharlo. Era aquella una saludable práctica que alimentaba su espíritu y mantenía viva la inteligencia gracias a una particular e irrepetible mezcla de humor, inteligencia y ternura que los caracterizaba. El autor de aquellos textos inolvidables estuvo presente de infinidad de maneras en el periodismo escrito y radial de aquellos tiempos. Para dar un ejemplo bástenos recordar que fue el libretista de Juan Carlos Mareco, Pinocho, y de Pepe Iglesias, el Zorro.

Era Wimpi un hombre extremadamente culto y con una gran versación en el campo de la ciencia, las artes y la filosofía pero era un agudo observador de la sencilla gente de campo. Ese saber constituía de algún modo la argamasa con que construía sus cuentos, relatos y reflexiones. Lo interesante de todo esto es que lo hacía en un lenguaje accesible, sencillo, pero jamás chabacano. Si algo caracterizaba a este maestro del humor era su respeto por el público, cuya inteligencia jamás subestimó.

Después de haber recorrido muchos caminos había finalmente hecho del humor y de la comunicación su oficio y lo hizo de manera sobresaliente durante la década en que Buenos Aires tuvo la fortuna de contar con él ya que murió repentinamente en 1956, cuando  sólo se cumplían diez años de sus primeras apariciones en Radio El Mundo. Los porteños lo recuerdan con una lágrima y una sonrisa.

Para compartir hemos elegido un texto extraído de “La Taza de Tilo” (Editorial  Freeland, 1975).

Cosas de gauchos

El paisano suele hallar fórmulas expresivas trasladando mágicamente diremos así, palabras cuyo recto sentido escamotea, al lado de otras.

De aquella manera surge el “modismo”. Síntesis expresiva. “Símbolo verbal”.

Tenemos entre otros símbolos verbales de una sola palabra, el “Gallina”, impuesto al hombre maula; y el “Toro”, con que se designa al hombre guapo.

Y el “¡Diande!”, por “¡De adonde!”, en sentido irónico sea: “No lo conseguirás”. (“no ha de…” – casi transformado fonéticamente en “Nuade”- dice en el mismo caso, el paisano correntino influido por su frecuentación del idioma guaraní).

Y tenemos el “¡Ahijuna!…”, apócope de “hija de una”…

Y este “¡pah! De nuestro Viejo Varela, apócope a su vez de “¡pajarito!”, palabra que así pronunciada -y antes de quedar en el “¡pah!” a que se hace referencia- se utilizó, como se utiliza el “¡pah!” ahora, para expresar generalmente admiración.

El paisano, asimismo, desentraña acepciones a ciertos términos, en virtud de una semántica personalísima.

Héctor Patrón Garrido, culto escritor uruguayo de cosas de la tierra, nos refirió una vez un caso que le había ocurrido con cierto peoncito en su estancia de Treinta y Tres, caso con el que luego integró uno de los cuentos incorporados a su libro “De todos los caminos”.

Dice a cierta altura del cuento, el Coco García: – A mí pa decir la verdad, el susto más grande me lo pegó una víbora. Era gurí y cuando iba pa’ la escuela pasaba por un lugar por donde sabía haber una culebra en la puerta e’ la cueva, a la resolana. Yo me bajaba ‘el petiso y le tiraba piedras hasta que se dentraba. Tanto “intiqué” con eya que una vez me trajo la carga. Casi se me aflojaron las piernas al disparar, porque ni a montar a caballo atiné.

El dueño de la casa interroga:

-¿Qué quiere decir ‘inticar’?

– Rebusca el Coco por algunos segundos el significado del término. Teme equivocarse y sale del trance expresando

“son palabras testuales patrón”.

Por nuestra parte, le oímos hace tiempo, a un paisano del Salto Oriental la siguiente apreciación acerca de los caminos de cierto pago distante, por los que había tenido que viajar después de grandes lluvias:

– ¡Había yovido tanto, mire, que aqueyos caminos quedaron hechos una insinificaaaaancia!

 

Wimpi (Arthur García Núñez, 1906-1956)

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