Entre el miedo, la indiferencia o la toma de conciencia

Entre el miedo, la indiferencia o la toma de conciencia

 

Cuando a principios de enero de este año tuve noticias de que una nueva forma de gripe había aparecido y se difundía velozmente por la población de la ciudad China de Wuhan estuve tentada de escribir algunas reflexiones acerca de ese tema (siempre perturbador) de las llamadas “pestes” o epidemias.

Es inevitable que aparezca en esas situaciones un sentimiento de indefensión, junto al  de bronca que suele generar la apelación a los más variados y por lo general estériles esfuerzos o la búsqueda de un chivo expiatorio. Pero también suelen surgir y no pocas veces, personas solidarias, compasivas que aunque a veces no curan consuelan y auxilian a las víctimas.

La sociedad humana ante estas graves encrucijadas, con su inveterada ambigüedad, ha solido responder ya con solidaridad, ya con discriminación, con indiferencia o aún con crueldad.

Ahora bien en este siglo XXI, esa probable epidemia que de pronto (mediados de diciembre) aparecía como siendo algo muy lejano, que le ocurría sólo a los chinos, vaya uno a saber por qué, de pronto llegó hasta nosotros y no vino a pie, vino en avión.  El mundo pareció entonces estar patas para arriba. Ya no se podía vacacionar en Oriente y ni siquiera en la siempre acogedora Europa. A dónde iremos a parar. Y acá, en el Sur del  Sur de pronto ese señor elegido presidente por una multitud de ignorantes populistas se atreve a decretar “una cuarentena” a mí, que me gané mis laureles porque en lo mío soy  muy importante.

No puedo dejar de acordarme de la literatura medieval con su repetida frase de la “muerte igualadora”. Claro la Edad Media había experimentado durante décadas y décadas una de las pestes más aterradoras que vivió la humanidad, la llamada peste negra. Qué fuerte suena esa expresión cuando se la contextualiza. ¿No le parece? Y… ellos sabían de lo que hablaban.

Pasaron tantos años, siglos, el llamado progreso  arrasó con muchas cosas malas y algunas buenas también. Y… sin embargo… ya lo ve. A veces, tengo la impresión de que el desarrollo material de la humanidad no se corresponde con el desarrollo moral. Demasiado preocupados por nuestro destino personal o en el mejor de los casos familiar permanecemos bastante indiferentes ante el dolor ajeno. Dije “a veces”, vale aclararlo porque muchas otras, sobre todo en “situaciones límites”, veo renacer lo mejor de la condición humana.

Un filósofo alemán del siglo XX, Karl Jaspers, en uno de sus textos hablaba de cómo el asombro y las situaciones límites eran los dos grandes incitadores del filosofar. Digo filosofar y pareciera estar hablando de algo muy amplio y difuso, sí, puede ser, pero esencial y fuente sobre todo de lo mejor de cada uno de nosotros. No voy a negar, porque sería necio, el valor de la economía; (que ahora ha ganado tanta centralidad) pero, dígame, con la mano en el corazón, a quién le importa los valores de la bolsa, o ese número misterioso llamado “riesgo país” cuando siente la presencia amenazante  de la muerte que parece merodear en el aire, en los objetos, en todo lo que nos rodea. Percatados dramáticamente de nuestra finitud, advertimos que no valen bravuconadas, ni palabras altisonantes, cuando la “Naturaleza” tan vapuleada por  nuestro estilo de vida tan atropellador, tan superficial, nos deja inermes, exponiendo nuestra verdadera debilidad. Sí, sí claro ya lo sé, ya se elaborará la vacuna adecuada.

Nuestra soberbia es incalculable. Y muy temeraria por otro lado. Aunque, por ahora…, y me parece escuchar la respuesta del  Dr. Pedro Cahn, que cuando le preguntaron, cuál era el remedio más eficaz frente a lo que ya llamamos sin tapujos Pandemia, dijo sencillamente: “SOLIDARIDAD”.

Los trabajadores de la salud

Los nombro así para ser un poco más justa en esta cuestión y abarcar a esa multitud de personas anónimas en su mayoría que arriesgan su salud por el prójimo, por usted, por mí, por todos los que bastante asustados acudimos a ellos, en estas circunstancias, por supuesto que médicos y enfermeros están en la primera fila y reciben el reconocimiento del resto de la sociedad. Me parece justo en esta oportunidad recordar a algunos héroes de una historia casi olvidada, o por lo menos subestimada que es la de los trabajadores de la salud.

Vamos a darle un lugarcito en este espacio al recuerdo de algunos héroes civiles no siempre tenidos en cuenta: los Hermanos Argerich, nietos del legendario Cosme Argerich, médico también que dieron su vida por sus semejantes en las tristes jornadas de 1871, cuando la por entonces Gran Aldea padeció una terrible epidemia, me refiero a la de la fiebre amarilla, también  participaron activamente organizando los  insuficientes servicios de la ciudad y asistiendo a los enfermos otros abnegados ciudadanos, tal el caso del Dr. Francisco Muñiz, y el Dr. José Roque Pérez (no era médico, sino abogado y organizador de un Comité Popular de lucha contra aquella epidemia) y muchos otros cuyos nombres no conozco. Buenos Aires se convertiría después en una ciudad opulenta y “ostentosa” que ocultaba muchas veces sus miserias, otras epidemias y otros flagelos padecieron los porteños. Por ejemplo la gripe española en 1818, por nombrar solo una. Transcurridos casi 150 años el país debe seguir lidiando con estos hechos que no son sólo fruto del azar, o del rigor de la naturaleza sino de nuestra desaprensión.

Estas son duras lecciones que da la vida, será menester tenerlas en cuenta.

No te salves. Así tituló el gran poeta uruguayo un poema al que  el reconocimiento popular transformó en canción. Es este un buen momento para tenerlo presente. Hasta la semana que viene.

E.R.

 

No te salves

 

No te salves

No te quedes inmóvil al borde del camino,

No congeles el júbilo,

No quieras con desgana;

No te salves ahora ni nunca, no te salves.

No te llenes de calma,

No reserves el mundo solo un rincón tranquilo,

No dejes caer los parpados pesados como juicios,

No te quedes sin labios,

No te duermas sin sueño,

No te pienses sin sangre,

No te juzgues sin tiempo.

Pero si pese a todo y no puedes evitarlo

Y congelas el júbilo

Y quieres con desgana

Y te salvas ahora

Y te llenas de calma

Y reservas el mundo solo un rincón tranquilo

Y dejas car los parpados pesados como juicios

Y te secas sin labios

Y te duermes sin sueño

Y te piensas sin sangre

Y te juzgas sin tiempo

Y te quedas inmóvil al borde del camino

Y te salvas,

Entonces,

No te quedes conmigo.

 

Mario Benedetti

Poeta uruguayo (1920- 2009)

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