Como el amor y el desamor que suelen ir de la mano, hay poemas que recorren las épocas y las generaciones, sin importarles el juicio efímero de los académicos ni las mistificaciones de la fama.

Tal es el caso de algunos textos que parecen habitar en “Otro cielo” el de las almas de adolescencia perdurable, capaces de enamorar y enamorarse sin ruborizarse. A un pequeño poemario de esa especie angélica le dedicamos hoy  nuestras divagaciones semanales. Estoy hablando de los Veinte poemas de amor y estoy hablando de su autor Pablo Neruda nacido hace 115 años en el sur de Chile y estoy hablando de lo que perdura y sobrevive a todos los desastres en la maravilla de la palabra poética.

Federico García Lorca en ocasión de presentar a Pablo Neruda en la Universidad de Madrid en 1934, dijo que era “un poeta que estaba más cerca de la sangre que de la tinta”. Ese genial sensitivo que fue Lorca señalaba así un rasgo fundamental de la poesía nerudiana, la de manar de experiencias profundamente vitales. Y  esto puede aplicarse de la primera a la última.

Hoy nos referiremos a un poemario que alcanzó enorme popularidad, me refiero a “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de cuya aparición se cumplen 95 años. Hablar de la popularidad de un texto suele producir en ciertos sectores no exentos de prejuicios creer que ‘popularidad’ se asocia inevitablemente a superficialidad, prejuicio que lleva a privarse de disfrutar creaciones de enorme valor.

Hablar de los veinte poemas de Neruda es una forma abreviada de mencionar un pequeño y bello poemario que marcó la iniciación en la poesía y el amor de muchos humanos y humanas que disfrutamos y padecimos el pasado siglo XX. Los veinte poemas fueron editados en 1924. El autor tenía en ese momento apenas 20 años. Era un estudiante provinciano que recorría las calles santiaguinas llevando consigo sus escritos, sus ganas de vivir y también sus dolores.

Hay un paisaje que impregna todo el texto, es el paisaje marino del sur de Chile, de ese litoral de belleza cósmica inigualable pero azotado cíclicamente por sismos y tormentas.

Neruda hace referencia en 1960 a que un pueblo costero donde pasaba las vacaciones en su infancia y adolescencia, Puerto Saavedra, había sido literalmente arrasado por  una terrible marejada. Pues bien, los veinte poemas que inmortalizan algunos de esos paisajes hicieron el milagro de salvarlo del olvido. Ahora perduran de algún modo en esas páginas. Es necesario aclarar, que Neruda no dedica su poesía al paisaje, no es meramente descriptiva. Pero está presente en este libro el mar indómito y salvaje que conoció Neruda en Puerto Saavedra, a unos kilómetros  de Temuco.

Neruda lo dice y al hablar de este libro con ternura, nostalgia y cierta condescendencia lo llamará “libro adolescente”. Toda la emotividad, la intensidad del amor y el desamor propio de esa etapa de la vida le han puesto su sello a los “Veinte poemas”. Es bueno leerlos y releerlos por eso he transcripto algunos de ellos para compartirlos contigo lector, lectora a quien probablemente no conozca pero a quienes puedo adivinar como amigos invisibles. Este será mi modesto presente en este día que  por una buena ocurrencia se ha instituido como “día del amigo”.

 

Poema 5

 

Para que tú me oigas

mis palabras

se adelgazan a veces

como las huellas de las gaviotas en las playas

 

Collar, cascabel ebrio

para tus manos suaves como las uvas.

 

Y las miro lejanas mis palabras.

Más que mías son tuyas.

Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

 

Ellas trepan así por las paredes húmedas.

Eres tú la culpable de este juego sangriento.

Ellas están huyendo de mi guarida oscura.

Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

 

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte

para que tú me oigas como quiero que me oigas.

 

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.

Huracanes de sueños aún a veces las tumban.

Escuchas otras voces en mi voz dolorida.

Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.

Ámame compañera. No me abandones. Sígueme.

Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

 

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.

Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

 

Voy haciendo de todas un collar infinito

Para tus blancas manos suaves como las uvas.

 

Poema 10

 

Te recuerdo como eras en el último otoño.

Eras la boina gris y el corazón en calma.

En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo

Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a sus brazos como una enredadera.

las hojas recogían tu voz lenta y en calma.

Hoguera de estupor en que mi sed ardía.

Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:

boina gris, voz de pájaro y corazón de casa

hacia donde emigraban mis profundos anhelos

y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.

Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!

Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.

Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

 

Poema 18

 

Aquí te amo.

En los oscuros pinos se desenreda el viento.

Fosforece la luna sobre las aguas errantes.

Andan días iguales persiguiéndose.

 

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.

Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.

A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.

Solo.

A veces amanezco y hasta mi alma está húmeda.

Suena, resuena el mar lejano.

Este es un puerto.

Aquí te amo.

 

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.

Te estoy amando aún entre estas frías cosas.

A veces van mis besos en esos barcos graves

que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me creo olvidado como esas viejas anclas.

Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde

Comentarios

Quizás te pueda interesar también:

Comments

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Más en Cultura