Por Gustavo Giacomo, economista

A lo largo de nuestra historia, los argentinos probamos casi todo. Dimos volantazos bruscos entre una y otra política, a costa de vaivenes económicos y crisis recurrentes. Pero hay algo que todavía no probamos y que es la clave para lograr un crecimiento sostenido: invertir estratégicamente en ciencia, tecnología e innovación y construir puentes más sólidos entre conocimiento y producción. Ese es el camino que debemos transitar para lograr el bienestar de todos. Hoy la inversión total en ciencia es baja y, además, el sector privado invierte un porcentaje mucho menor que el de otros países. Allí donde existen sistemas científico-tecnológicos avanzados, como en Estados Unidos o China, el 75 por ciento de la inversión proviene del sector privado. En Argentina representa solo el 20. Es importante cambiar esta tendencia histórica, promoviendo la inversión, a largo plazo y en todas las áreas del conocimiento.

Lamentablemente, en nuestro país tampoco apoyamos ni mejoramos las instituciones intermedias, que vinculan el sistema científico y el sistema productivo, como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) o el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Esta tarea fundamental suele quedar en manos de investigadores voluntariosos o emprendedores individuales, que alcanzan, en el mejor de los casos, pequeños grandes éxitos sin sistematicidad ni impacto sostenido. Tenemos que invertir en las personas y lograr más recursos humanos para generar no solo buenas ideas, sino avances de alto valor económico y para esto necesitamos modernizar nuestra política científica. Una política en ciencia y tecnología debe apuntar a garantizar una educación de calidad para todos y fomentar las vocaciones científicas desde edades tempranas (sin distinción de género o clase social). Además, es importante construir un sistema científico-tecnológico integrado (en la mayoría de las provincias hay excelentes centros de investigación y grandes investigadores, pero muchas veces trabajan aislados entre sí).

Si no lo hacemos, estaremos condenados a importar ideas e innovaciones ajenas, sin generar desarrollo propio. Necesitamos inversión, pero también algo que nos suele faltar: constancia y paciencia. Los frutos de la apuesta por el conocimiento no se cosechan de la noche a la mañana. La inversión sostenida es la mejor estrategia para abordar los desafíos de nuestro país en el largo plazo. Siguiendo este camino, que aún nos falta intentar, se puede progresar, generar riqueza y mejorar las condiciones de vida de todos.

Inversión en ciencia y tecnología: La experiencia de Israel y Finlandia

Países como Finlandia que en los últimos diez años logró reconvertir su economía y pasó de depender de la explotación forestal y la industria papelera a ser uno de los mayores productores de tecnología del mundo. De las exportaciones, ese rubro, que en 1970 sólo representaba el 5,7 por ciento, hoy llega al 30,8.

También es conocida la historia del “milagro israelí”: en sólo 20 años pasó de sobrevivir exportando naranjas a ser el territorio con la mayor concentración de empresas tecnológicas, capitales de riesgo y radicación de centros de investigación y desarrollo, después de Silicon Valley. El modelo se fundamentó en la colaboración público-privada. Los programas gubernamentales de apoyo a la I+D derivaron en startups y centros de investigación e innovación industrial, lo que luego generó ventas de empresas, ingresos por regalías e impuestos e inversión extranjera. La estrategia de apoyo gubernamental implica una inversión decreciente de los fondos públicos y creciente de los fondos privados en el corto plazo  que es el período desde la etapa temprana de las empresas hasta su etapa madura.

Por lo tanto, hay que exigirle al sector público que debe desarrollar políticas públicas sofisticadas para la utilización de la economía del conocimiento, incentivando lo más agresivamente posible al sector privado para que gaste dinero en investigación y desarrollo en ciencia básica y aplicada. No se trata de una política sino de un set completo de políticas que sostenga el ciclo de vida completo de esas compañías, desde el momento en que el conocimiento está siendo creado, desde la idea-proyecto y las patentes, hasta su desarrollo definitivo. No hay evidencia en ningún lugar del mundo de que un sistema de investigación y desarrollo haya sido creado espontáneamente, ni que ese sistema haya creado un mecanismo sostenible por sí mismo. Ambas cosas son responsabilidad pública y privada. Eso no significa que el sector público tenga que donar dinero, ni que deba otorgar subvenciones gratuitas. Simplemente, crear un ecosistema que incentive el desarrollo tecnológico y científico como lo hicieron entre otros países, Israel y Finlandia.

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