Por auguzama

Corría el año 1962 y los miembros de la Cooperadora del Instituto Almafuerte, en su sector primaria, estrenaban en época de vacaciones de invierno, el nuevo edificio del Departamento de Enseñanza (Primaria), que la entidad formada por los padres de alumnos del colegio había adquirido, en la esquina de Lorenzo López y 11 de Septiembre, donde más tarde funcionó el Colegio Oficial y actualmente, la dirección y secretaría de Obras Públicas municipal.

Los cooperadores, bajo la presidencia de Don Augusto Zamarripa y el por entonces Juez de Paz de Pilar, Don Manuel Martínez Melo, como vicepresidente, y un numeroso grupo de colaboradores, todas las tardes de aquellas vacaciones se dedicaron junto a directivos del instituto como Haydee L. de Girerd y Rafael García, a restaurar muebles para poner en marcha las distintas aulas del colegio.

En mi caso, como siempre iba de colado con mi papá, con no más de 11 o 12 años, nos reuníamos con otros hijos de los trabajadores a jugar y divertirnos con travesuras típicas de la época.

Recuerdo que yo lucía, recientemente estrenados, los tradicionales pantalones largos de frisa o franela gris, que nos exigían de uniforme. Con una muy buena amiga de aquellos tiempos, nada menos que la hija de quien fuera, en secundaria, un excelente profesor de Contabilidad, rector del área de la especialidad Perito Mercantil (Rafael García), la mayor de las hermanas, Marta, salimos a caminar por las calles aledañas al edificio contando anécdotas y riéndonos mucho de las andanzas de una amistad sana y muy linda que había surgido de mis acompañamientos a mi mamá a la peluquería de la mamá de ella, Doña Ada García, que tenía en un local al frente de su casa, en Belgrano y Fermín Gamboa.

Recuerdo que esa amistad, sana y pura repito, era la envidia de mis amigos dado que Marta era una de las chicas más lindas del aquel entonces colegio primario, en una edad en que florece la adolescencia y por supuesto, los ímpetus de los aprendices de hombrecitos.

Volviendo a esa tarde, cuando salimos a caminar le comuniqué, como se debía en aquellos tiempos, a mi papá que me iba a dar una vuelta con la bella damita. Pasaron unas horas y la vuelta se hizo larga y, charla va, charla viene, retornamos muy felices al edificio escolar ya entrada la tardecita, Don Zama que era un excelente padre, muy compañero y amigo de sus hijos pero a la vez, muy recto, se enojó y mucho.

Sólo una mala cara me hizo delante de los pocos miembros de cooperadora que quedaban y delante de mi amiga, pero el tema fue cuando subimos a la Estanciera que por entonces manejaba mi “viejo”. La frase fue contundente y severa, al menos para mis pocos años y mi condición de elegante estreno de los largos: “a partir de mañana, olvidate de esos pantalones, volvés a los cortos”.

¡Mamma mía!, fue un baldazo de agua fría en pleno invierno del ´62 y, cuando mi padre daba una orden, a cumplirla.

Cuando llegué a mi casa y le comunicó la “mala nueva” a mi mamá, doña Irma a regañadientes ya que como hijo varón, el menor de la familia, era el mimado de mi querida mamá, sacó del ropero el pantalón corto que había archivado días antes y, con mucha angustia lo planchó y quedó impecable para el otro día.

Al otro día, al reiniciar las clases luego del período invernal, fue tremendo aguantar las risas de mis compañeritas de entonces, Liliana Hermiaga, Selma Contreras, Raquel Miglino, Graciela Testa, Silvia Ibáñez, Mirta Monsalvo, entre otras y los compañeros que como se acostumbraba, después de los 11 o 12 ya usaban sus correspondiente pantalones largos, como mis amigos Carlitos Tartabini, Daniel Bonfanti (que por ese tiempo aún le decíamos “el flaco” o “Tenia Saginata”, por ser su físico tipo “lombriz”, apodado más tarde como “El Lento”, merced a su andar pausado), Horacio Heit, Jorge Manchado (que en el recreo nos deleitaba con sus canciones), Pedro Gómez, Horacio Stafieri, el gordo Benítez, y otros tanto que, todos, pero todos, lucían sus pantalones largos y yo, con una vergüenza fenomenal, entré a la escuela con mis incipientes bellos en las piernas, con mucha cara de lástima y justo ese día, el recordado Kurt Skienzel, llegó para hacernos la foto grupal e individual. La maestra, Elsa Boggio, me recibió con el cariño de siempre y disimuló el reestreno de “los cortos”, con el amor que las docentes nos demostraban.

Una anécdota, hoy más que risueña y que con mucho orgullo de ahora padre y abuelo, puedo contar y trasmitirle a mis sucesores, cuanto amor y a la vez respeto, teníamos por nuestros padres.

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