Llega en esta circunstancias a mi memoria una zamba, cantada, coreada tarareada por una casi infinita multitud de amantes de la música popular y todo lo que ella conlleva con sus escenarios multitudinarios o recoletos, una bella zamba con autores en este caso: Gustavo Leguizamón y Manuel J. Castilla, que como todo texto poético dice mucho más que lo que dice en la primera escucha. ¿A quién apela ese apenado reclamo? ¿De qué mundo en trance de desaparecer nos habla? ¿Quién es esa misteriosa Valderrama? Nacida seguramente en el dulce rescoldo de una noche de amigos se ha convertido con los años en símbolo de lo que se suele llamar “el folklore argentino”.

En rigor de verdad no es una hechura estrictamente folklórica, (pues tiene autores y no menores), pero posee todo el aura de lo anónimo y eterno que para mí connota el folklore, de él se alimentó, en sus viejas vertientes bebió la temblorosa emoción de ese mundo que no es de nadie y es de todos. “Dónde iremos a parar”, dice –“si se apaga Valderrama”. Y nos deja insistente y tristona esa pregunta. ¿Se apagará, se cerrará ese mundo cuasi mágico que nos lleva hasta lo más remoto de nuestros orígenes? Tan vertiginoso y apabullante es el cambio irrefrenable de los últimos tiempos que nos asusta, nos envuelve en sus temibles remolinos.

Estamos queriendo hablar de lo que suele llamarse “folklore” a partir de la ocurrencia  de un anticuario inglés William John Thoms, quien en sus horas libres se propuso  explorar el mundo de lo casi olvidado, o mejor tal vez inadvertido que forma parte de nuestras vidas: creencias, historias, fábulas, canciones, refranes, leyendas, ritos y mil y un saberes que vienen de quién sabe dónde. Lo que descubrió, este investigador aficionado es que ese material era riquísimo y estaba presente de infinitas maneras en nuestra vida, lo llamó entonces folklore o folclore (en anglosajón ‘saber del pueblo’) e invitó desde la revista “Athenaeum” (22 de agosto de 1846) a sumarse a esa tarea fascinante.

Día del Folklore Argentino

En la investigación científica identificar un campo de investigación, ponerle nombre suele abrir la puerta de ricas investigaciones. Y así ocurrió en este caso. Mucho tiempo después en 1948 la Unesco decidió establecer el 22 de agosto (día en que apareció el artículo de William Thoms) como Día mundial del Folklore. Por otra parte en el marco del 1° Congreso Nacional de Folklore (1948) surgió el interesante dato de que uno de los primeros folklorólogos argentinos, el entrerriano Juan Bautista Ambrosetti, había nacido un 25 de agosto de 1865, por lo cual decidieron adherir (en homenaje a ese pionero) desde nuestro país a ese recordatorio universal por lo que nosotros  celebramos el 22 de agosto también como Día del Folklore Argentino.

Es sorprendente la riqueza de nuestro folklore que comparte con el latinoamericano el hecho de ofrecer un variopinto y admirable sincretismo. Para acudir a ejemplos cercanos y accesibles propongo indagar en nuestros hábitos alimentarios, en la infinidad de recetas, cuya autoría nadie puede atribuirse y ahí  vemos como nuestros ancestros en ese lugar sin nombre de la eternidad discuten interminablemente si es más representativa de nuestra idiosincrasia, un sustancioso locro, las siempre bienvenidas milanesas o las apetitosas pastas del domingo. Y repetimos sin saber, pero sabiendo “que hasta la hacienda baguala cae al jagüel con la seca” o aquel otro con el que disculpamos nuestras falencias diciendo “que en casa de herrero cuchillo  de palo”. Tantas y tantas cosas, historias, dichos, temores, creencias que compartimos y que no advertimos hasta que el azar o la vida nos llevan a otros lares. Por eso tal vez nos interpele con fuerza ese “dónde iremos a parar si se apaga Valderrama” que suena a terruño, a pago, a barrio, a nosotros y por qué no, sin pecar de exagerados a Patria.

Creaciones populares, por lo general anónimas y de amplísima difusión configuran el rico patrimonio folklórico universal. Precisamente de ese casi inabarcable mundo de creaciones populares, (por su brevedad, pero también por la lograda síntesis, que  muchas veces alcanza, de brevedad y perfección) hemos elegido la copla, tan americana y tan española a la vez,  para componer nuestra pequeña antología que gustamos de compartir con nuestros lectores.

  1. R.

 

Selección de coplas

 

Consejos traen las sendas

Verdades los callejones;

Cuando es más largo el camino

Más cortas son las razones.

 

Crece el río arrepentido,

No canta, pasa llorando;

Parecen golpearle el pecho

Las piedras que van rodando.

 

Pobrecita de mi madre

Si se acordará de mí,

Si me tendrá en la memoria

Como yo la tengo aquí.

 

Al que pecha el monte solo

Cuando pasa la oración,

Le suena en el guardamonte

El golpe del corazón

 

Yo soy ese cantorcito.

Yo soy el que siempre he sido,

No me hago ni me deshago

Y en ese ser nomás vivo.

 

Estrellas del alto cielo,

Ramas del negro pinar,

Arroyo de aguas serranas,

Cantos de la soledad.

 

Paso ríos, paso puentes,

siempre la encuentro lavando,

la hermosura de su cara

el agua la va llevando.

 

¡Noche oscura y tenebrosa!

¡Atrevido el que camina!

aquel que queriendo vive

a todo se determina.

 

¡Sacáme, caballo moro!

¡Sacáme pronto de aquí!

Porque si vuelve a mirarme

Te vas a marchar sin mí.

 

Estas coplas fueron extraídas de “EL ÁRBOL DE LA COPLA”, Antología de coplas populares argentinas, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Colección DESDE LA GENTE. Selección y prólogo Leopoldo Castilla.

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