Como “una manera de sentir”, así lo definió Prudencio Aragón, pianista pionero en los comienzos del tango. Intentar descifrar ese sentimiento al que se alude no es fácil. Nunca lo lograremos totalmente. Hay una extraña combinación en esta música que  aúna virtudes filosóficas con intensa sensualidad. En sus letras que interrogan al tiempo y a la vida, se evocan perdidos paraísos suburbanos, amores imposibles, desencuentros. Transfigurados por la memoria. Asoman en el tango sus rostros, ásperos guapos de arrabal, derrotadas milonguitas y madres afligidas. Toda una mitología fantástica que nos inventa un pasado, que urde la trama de una, a veces, conflictiva identidad.

Dicen los que saben que el tango nació en Buenos Aires, habría que precisar que también en Montevideo dio sus primeros berridos. Como buen rioplatense es el producto final de una cruza aleatoria. Sus antecedentes deben rastrearse en géneros europeos, como la contradanza y el tango andaluz, en formas  caribeñas como la habanera y en la milonga criolla tan claramente presente en los primeros tangos (respecto de ellos se dice que son tangos-milongas). Pero, el nombre que adoptó  viene  sin duda del mundo de los negros.

No se sabe si proviene de algunas de las muchas lenguas que trajeron los africanos esclavizados, o si nació  en América en ese dialecto, tan particular que algunos llaman “bozal”, que permitía la comunicación entre los miembros de las más variadas etnias africanas trasplantados brutalmente a estas tierras.

También se le atribuye un origen onomatopéyico nacido al conjuro de incansables tambores. No se sabe a ciencia cierta, probablemente nunca se sepa, por qué el tango se llama “tango”. Incorporada definitivamente al idioma español, esta voz ha recorrido y recorre el mundo diciendo más de nosotros que muchos manuales.

 

Prehistoria e historia de un género

 

Como muchos otros fenómenos socioculturales el tango se fue desarrollando en el tiempo, en una primera etapa casi inadvertidamente, luego con acusados rasgos identificatorios. Esto hace que podamos hablar de una suerte de prehistoria del tango, no registrada en documentos perdurables, salvo en la memoria de quienes la vivieron con mayor o menor conciencia de asistir al nacimiento de un fenómeno cultural tan importante. Información que nos llega, conservada en la memoria de algunos de sus protagonistas. En esa época el tango aparecía principalmente como un baile, que se practicaba en la antesala de los prostíbulos. Este origen le vedó por mucho tiempo el ingreso a los lugares llamados “decentes”.

Sin embargo esta música que iba perfilándose poco a poco, fue llevada, se difundió por  todos los lugares, sobre todo por el suburbio, habitado principalmente por gente humilde pero honrada como decían sus moradores. En el suburbio convivía el gringo que había tenido que dejar su país en busca de una vida mejor, con el paisano que  había sido virtualmente expulsado del campo por las nuevas formas de explotación de la tierra. Espacio de desarraigo y marginalidad, no es raro que muchos estuvieran perseguidos por una insistente nostalgia, por un vago desasosiego y por muchos sueños, muchas ilusiones generalmente fallidas de un destino mejor. Allí se aclimató el tango, lo trajo el tarareo o el silbido de los hombres y los omnipresentes organitos.

Todos estos elementos transfigurados en parte por la poética de Evaristo Carriego van a constituir la materia con que elaborarán los poetas del tango un mundo que muchas veces aparecería como una suerte de paraíso perdido, territorio de infancia y de inocencia intensamente evocado posteriormente por poetas de la talla de Homero Manzi.

Fechada en 1895 aparece la primera partitura de un tango que se reconoce como tal, nos referimos a El Talar de Prudencio Aragón. Era este un músico nacido en Buenos Aires en 1876, violinista, guitarrista, compositor y pianista, integró varios grupos con Vicente Grecco, Francisco Canaro y Vicente Pecci entre otros, y pianista, nada menos que de Eduardo Arolas. Es uno de los pocos músicos profesionales de esta primera etapa, por ello tal vez sea interesante transcribir su testimonio recogido por Horacio Ferrer, que lo conoció en Montevideo, donde vivió sus últimos años.

Decía Aragón a Ferrer: “se tocaba con la euforia de estar tocando algo distinto y algo que era propio. Y tan patente era para nosotros la diferencia, que el tango seguía allí, aunque todos de puro audaces, le metíamos aquí unos acordes modulados sacados de una polka, o unos bajitos robados de una habanera o unos adornos tomados de unos tangos españoles. El tango era diferente, porque el tango fue para nosotros, desde el pique, una manera de sentir”.

En la lista de los fundadores del género podemos nombrar a Villoldo y Saborido, autores ambos del famoso tango canción “La Morocha”. Cumplió un papel decisivo en esta etapa Ángel Villoldo, a quien debemos recordar muy especialmente como autor de “El choclo”, tango que con la hermosa letra que escribiera para él Discépolo, es uno de los tangos más difundido en nuestro país y en el mundo entero.

 

La etapa canónica del tango

 

Después de un período empírico, como lo denomina Blas Matamoro, en el que con el atrevimiento y la fuerza de la juventud, músicos aficionados -sin formación académica en su mayoría-, crearon un género musical nuevo; vendría el tiempo en que el tango encontraría sus reglas, sus cánones, en todos los aspectos de su complejidad ya que implica una música, una danza, un canto y sobre todo lo que podríamos llamar una estética particular, una mirada distinta en especial sobre el mundo de la ciudad, de la ciudad del tango, esto es de Buenos Aires.

Esta codificación, que permitía identificar con mayor claridad qué  era el tango, tuvo beneficios indudables para el género y si bien le quitó el clima de ocurrente libertad de los primeros tiempos, le permitió desarrollarse en el campo de la música, que  podríamos tal vez, llamar seria, para decirlo de algún modo.

 

Los que cambiaron la historia

 

Aunque bien entendida, la historia siempre supone cambios, hay en su desarrollo algunos personajes que encarnan especialmente la dramaticidad de las transformaciones. En relación con el tango podemos mencionar algunos nombres que representan esto que estamos diciendo. Podríamos decir que con Pascual Contursi aparece una forma más elaborada de las letras de tango, aparecen “las historias de tango” y temas que si bien se relacionan con una temática romántica anterior: la del amante abandonado, en este contexto se habla de “amuro”, voz lunfarda que grafica como ninguna otra, esa suerte de encierro patético del amante abandonado.

Carlos Gardel, personaje–mito por excelencia de la cultura tanguera, dará a sus interpretaciones un sentimiento y un color tan especiales que muchos intentarán vanamente imitarlo. Habiendo actuado en una época en la que se podían grabar sus interpretaciones hizo que se hiciera casi realidad ese dicho de que “cada día canta mejor”.

Otro de los creadores que marcó cambios trascendentes fue Julio de Caro, en realidad podemos decir que a él se deben muchas innovaciones que se convirtieron en una suerte de código de la música tanguera. De Caro divide con su presencia la historia del tango en dos períodos bien definidos. La guardia vieja de la guardia nueva. Y muchos de los grandes creadores posteriores, en el campo de la composición y la interpretación se han identificado con el llamado “decarismo”, valgan como ejemplos  de ese tango renovado, que no renunció sin embargo a su carácter bailable, tres maestros incomparables como O. Pugliese, A. Troilo y H. Salgán.

Las innovaciones que introduce De Caro tienen que ver con la constitución de su primer sexteto, hecho ocurrido en 1924. De Caro introduce innovaciones en la formación instrumental que impuso a dicho sexteto: dos violines; dos bandoneones, piano y contrabajo. Esta composición del sexteto es la que se sigue utilizando. Pero sobre todo, “transformó la concepción musical incorporando recursos de la armonía y el contrapunto”. “Desarrolló la idea de arreglo, fijado por escrito en la partitura”.

Dio importancia a la cualidad tímbrica de cada instrumento y “amplió el repertorio de sonidos con golpes, silbidos, gritos. Sus tangos siguen siendo para bailar pues tiene importancia en ellos la base rítmica del tango pero también para escuchar”. Recordemos que durante muchos años ciertos cafés del Centro y de algunos barrios  tenían como especial atracción la presencia de grupos de tango, a ellos acudían jóvenes que encontraban en el tango no sólo motivaciones para bailar sino  música, música que era escuchada generalmente en un silencio devoto, mientras las miradas se perdían entre las volutas de humo que generaba el nutrido auditorio. En uno de  esos cafés, El Colón, de Avenida de Mayo y Bernardo de Irigoyen debutó De Caro con su sexteto. Otros cafés y otros ámbitos se prestigiarían, después, con la presencia de este brillante músico.

El último gran renovador que tuvo el tango fue sin duda Astor Piazzolla, formado en el ámbito de una orquesta muy tanguera, de gran nivel, pero tanguera como la de Aníbal Troilo y paralelamente con una formación musical académica con Alberto Ginastera, desde el principio demostró tener esa libertad y atrevimiento propia de los grandes creadores.

No conforme con sus expectativas de desarrollo personal va a París, donde estudia composición con la célebre Nadia Boulanger, maestra de grandes músicos y que lo aconseja en el sentido de insistir con el tango. Formó diferentes conjuntos que se apartaban de la ortodoxia tanguera y compuso temas que en su momento dividieron al público en dos bandos, los que lo idolatraban y los que creían ver en él un traidor al espíritu del tango. Por suerte con el tiempo esa polémica se volvió anacrónica. Y nadie o casi nadie sería hoy capaz de negar los aportes extraordinarios de este músico al tango y a la música universal, pues es considerado uno de los músicos más originales del siglo XX.

El 11 de diciembre ha sido declarado día nacional del tango, pues en esa misma fecha en diferentes años nacieron dos artistas, sin los cuales el tango no sería hoy lo que es, nos referimos a Carlos Gardel y a Julio de Caro.

Es el tango un fenómeno cultural tan rico, tan complejo y tan entretejido con nuestra historia que podríamos  arriesgarnos a afirmar que está presente en todos los aspectos  que tienen que ver con nuestra vida. En sus orígenes fue una genuina expresión de lo que se llama ‘folklore’, en ese tiempo los autores se perdían en el anonimato del pueblo que recogía sus creaciones, las guardaba en su memoria y reproducían por medio del canto, el silbido o el tarareo aquellas melodías que insistían en sus recuerdos. Con los años, la producción tanguera tuvo nombres y apellidos, fama y olvido. Es entonces cuando vuelve a suceder ese extraño fenómeno que consiste en que la gente reconoce letras, melodías, muchas veces en forma fragmentaria pero no retiene el nombre de los autores y es como si aquello que nació en el pueblo volviera a las fuentes generando un espacio que también podríamos llamar folklórico, por qué no, y ahí está el tango, ese tango que sobrevive a modas, que sigue siendo cantado por  todos porque, cuando alguien dice (por ejemplo) “Vamos, a cantar, algo que conozcamos todos”, bien o mal entonado se escucha aquello de “Con este tango que es burlón y compadrito…” y todos se prenden a la vieja melodía.

Somos conscientes de que nuestro acervo cultural no es sólo tango, pero obviarlo sería mutilar seriamente nuestra identidad.

En 1966 el productor musical, Ben Molar editó bajo el sello FERMATA un álbum que reunía 14 tangos  y 14 ilustraciones de famosos pintores. En la creación de esos tangos habían participado 14 grandes escritores argentinos (Jorge L. Borges, E. Sábato, Conrado Nalé Roxlo, César Tiempo, Leopoldo Marechal, Ulises Petit de Murat, Nicollás Cócaro, entre otros) y 14  importantes compositores de música de tango (Mariano Mores, Aníbal Troilo, Alfredo  de Angelis, Astor Piazzolla, Lucio Demare, Juan Darienzo). Las ilustraciones eran reproducciones de  cuadros de pintores famosos (Carlos Alonso, Tarrallardona, Martínez Howard, Soldi, Basaldúa.

La publicación de este álbum tuvo gran repercusión en nuestro país y en otros países (Israel, Estados Unidos, España, Francia, Japón).

La convocatoria de estos artistas estuvo relacionada con una iniciativa presentada por Ben Molar e instituciones culturales como SADAIC, LA SADE, ARGENTORES entre otras, ante la Secretaria de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires en 1965 que proponía establecer el 11 de diciembre como Día Nacional del Tango. Esta propuesta fue aprobada doce años más tarde.

Para nuestra antología semanal hemos elegido uno de esos tangos, el titulado “Bailate un tango Ricardo” de Ulises Petit de Murat y Juan D’Arienzo dedicado a Ricardo Güiraldes, quien además de ser el reconocido autor de Don Segundo Sombra, amó el tango y supo bailarlo magníficamente.

 

 

 

“Bailate un tango, Ricardo”

 

Letra de Ulises Petit de Murat – Música de Juan D’Arienzo

 

“Bailate un tango Ricardo”

 

Le saco orilla a mi vida para arrimarla a tu muerte.

Total la vida es la suerte que se da por el retardo

medio haragán de la muerte y yo estoy ya que me ardo

por gritarle fuerte, fuerte, bailate un tango, Ricardo!

 

(Ricardo Güiraldes baila y el ángel del recuerdo lo acompaña

se manda una media luna y un intenso puente macho

rubricando Buenos Aires de arrabal con Pampa y tango).

 

Bailate un tango, Ricardo! Miralo a quien te lo grita

pues no es ninguna pavada, ese muchacho es el bardo,

el de la Crencha Engrasada. De la Púa ahora te invita;

bailate un tango, Ricardo!

 

(Ricardo Güiraldes baila saliéndose de la vida…

al bailar lleva dormida como antaño a las mujeres

a la muerte que murmura perdida en el entresueño,

bailate un tango, Ricardo).

Comentarios

Quizás te pueda interesar también:

Comments

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Más en Cultura