El tema de sellar alguna forma de unidad continental viene de lejos. No bien acabada la guerra de la independencia en Hispanoamérica, Simón Bolívar consecuente con sus ideas de unidad americana convocó a una reunión de los pueblos americanos que se llevó a cabo en Panamá en 1826. Participaron de ese congreso México, Bolivia, Colombia, Guatemala y el Reino Unido y los Países Bajos enviaron representantes en carácter de observadores. Estados Unidos fue invitado pero no concurrió. Su ostensible ausencia indicaba su oposición al proyecto. Presumiblemente porque era convocado por Simón Bolívar a la sazón victorioso militar en la guerra contra España.

Este Congreso de Panamá se planteaba en principio tres objetivos concretos que eran: 1) Crear una federación de países hispanoamericanos; 2) Sellar un pacto de  unión y defensa común y 3) Asegurar la continuidad de este Congreso estableciendo una periodicidad de reuniones cada dos años.

En 1890, en este caso a instancias del gobierno norteamericano, se realiza en Washington la Conferencia Internacional Americana y se crea la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas y su secretario permanente: La Oficina Comercial de las Repúblicas Americanas. Esta institución puede ser considerada predecesora de la OEA que se creará mucho tiempo después en 1948.

En 1910 se crea la Unión Panamericana; en 1931 se celebra por primera vez el Día de las Américas un 14 de abril y en 1948 como ya lo dijimos se crea la Organización de Estados Americanos. Desde 1890 el liderazgo  hegemónico de los Estados Unidos ha sido indiscutible. Sin embargo, es bueno recordar la intervención del representante argentino precisamente en dicha oportunidad, nos referimos a Roque Sáenz Peña que refutando la “Doctrina Monroe” que se expresa sucintamente con aquello de “América para los americanos” respondió con “América para la humanidad”. Su intervención no se limitó a esta afirmación sino que en el seno de la conferencia realizada en Washington denunció “la audacia dominadora del gran país del Norte y sus peligrosas pretensiones sobre la soberanía y la independencia económica de Latinoamérica y con particular clarividencia afirmó: “… la felicidad de los Estados Unidos es la institución más onerosa que pesa sobre el mundo” y se manifestó totalmente contrario a la intervención norteamericana en Cuba que por entonces pugnaba por independizarse.

Pasaron  tantos años… Algunas cosas cambiaron, otras, no tanto. La “utopía americana” sigue siendo eso: una utopía, con todo lo positivo y negativo que esa expresión puede significar.

Los presidentes de las naciones americanas vuelven a se, una y otra vez. Ahora en Trinidad  y Tobago. Una crisis económica de proporciones nunca vistas conmueve al mundo. Estados Unidos pugna por mantener su liderazgo. En el resto de América se tejen otras alianzas, se pelea y sufre por las problemáticas de siempre (la pobreza, el subdesarrollo) y otras relativamente nuevas (el tráfico de drogas). Los hombres se reúnen para discutir, para acordar, para discrepar y, en definitiva para urdir la tela de la historia y eso no está mal. Pero como la tiranía de las urgencias no debe hacernos perder de vista ese largo camino real que es la utopía americana, parece pertinente que recurramos a un texto de Pedro Henríquez Hureña, ese sabio dominicano, maestro de maestros que se durmió definitivamente en nuestra tierra cuando promediaba el siglo XX.

La utopía de América (fragmento)

(…) La unidad de su historia, la unidad de propósito en la vida política y en la intelectual hacen de nuestra América una entidad, una magna patria, una agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más (…)

Nuestra América debe conservar la fe en su destino en el porvenir de la civilización. Para mantenerlo no me fundo, desde luego, en el desarrollo presente o futuro de riquezas materiales (…) me fundo sólo en el hecho de que en cada una de nuestras crisis de civilización, es el espíritu quien nos ha salvado, luchando contra elementos en apariencia más poderosos; el espíritu solo y no la fuerza militar o el poder económico. (…)

Dentro de nuestra utopía, el hombre llegará a ser plenamente humano, dejando atrás los estorbos de la absurda organización económica en que estamos prisioneros y el lastre de los prejuicios morales y sociales que ahogan la vida espontánea; a ser a través del franco ejercicio de la inteligencia y de la sensibilidad, el hombre libre abierto a los cuatro vientos del espíritu.

¿Y cómo se concilia esa utopía, destinada a favorecer la definitiva aparición del hombre universal, con el nacionalismo? (…) No es difícil la conciliación, antes al contrario es natural. El hombre universal con que soñamos, a que aspira nuestra América, no será descastado; sabrá gustar de todo, apreciar todos los matices, pero será de su tierra (…)

La universalidad no es el descastamiento, en el mundo de la utopía no deberán desaparecer las diferencias de carácter que nacen del clima, de la lengua, de las tradiciones, pero todas esas diferencias en vez de significar división y discordancia, deberán concordarse como matices diversos de la unidad humana. Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad como armonía de las multánimes voces de los pueblos, (…)

De La utopía de América, La Plata, Estudiantina (1925)

 

Pedro Henríquez Ureña (1884-1946)

Ilustre ensayista y filólogo dominicano. Ejerció la docencia en Santo Domingo, Cuba, México, Chile, Estados Unidos, España y en nuestro país donde fue profesor en La Plata en el Colegio dependiente de la Universidad de La Plata. Entre los numerosos discípulos que lo han recordado siempre con admiración y afecto se encuentran  Ernesto Sábato y  René Favaloro.

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