Han pasado 43 años del ominoso acontecimiento que inauguró en nuestro país una dictadura feroz, la más feroz de nuestra historia. Muchas cosas han sucedido desde entonces, sin embargo, hay datos de la realidad actual preocupantes, que insisten y nos señalan que hay ciertas constantes que están detrás de los acontecimientos y que al visualizarlas nos permiten comprender las causalidades que operaron y operan en nuestra historia, en la raíz de sus hechos, cuyo devenir no debe ser considerado como una fatalidad.

El destino de nuestro continente desde su conquista por los europeos pareció ser el de    una tierra destinada al saqueo y la rapiña que aseguraría de ese modo el florecimiento de las naciones europeas. Surgió así y se instaló una política imperial  que aún perdura, que consideró y sigue considerando a estas tierras algo así como un botín de guerra, un mundo destinado a asegurar el bienestar del “mundo civilizado”.

Habría que aclarar que la idea del imperio, aún vigente, es hoy un tanto ubicua, sobre todo en tiempos de globalización y desarrollo de un peligroso poder virtual. No sólo  América ha sido condenada a ese destino de región eternamente proveedora de bienes, de los que no puede gozar el mundo del subdesarrollo y la pobreza sin expectativas, África y gran parte de Asia y aún de Europa comparten esa condición de sometimiento. Pero he aquí que alguna vez creímos que el nuestro era un país distinto, inmune al imperialismo.

 

¿Un país distinto?

 

Supusimos que por un “milagro histórico” estábamos en un lugar libre de los infortunios, las desdichas y los avatares que han marcado el camino de la humanidad. Digo, creímos y hago un abuso lingüístico del plural, porque en rigor de verdad muchos tenían la certeza de que este no era el paraíso. Sin embargo durante muchos años pudimos ilusionarnos en el sentido de imaginar que estaban echadas las bases para construir un país más justo. La lectura del preámbulo de nuestra Constitución entre otras cosas alimentaba esa idea.

Los más terribles acontecimientos nos despertaron de golpe a una realidad dura, durísima. Digo nos despertaron porque esas calamidades no nacieron de pronto promovidas por un puñado de monstruos. Las veníamos gestando inadvertidamente. El análisis de los hechos que desembocaron en una de las más terribles dictaduras militares -en un continente  bastante acostumbrado a esas irrupciones- es muy complejo, pero hay datos harto significativos que conducen hacia ese fatal destino. La seguidilla interminable de ‘golpes de estado’ en nuestro país y en nuestro continente, la entronización en el poder de sujetos inescrupulosos, el descrédito de la política, la befa de las instituciones, el desprecio por la justicia, la banalización del horroroso espectáculo de la pobreza, la naturalización de la inequidad (siempre ha habido pobres), la frivolidad y la inescrupulosidad de los grupos económicamente favorecidos. Es cierto que la historia pudo ser distinta y había motivos para tener esa expectativa. En alguna época pudimos enorgullecernos de nuestra educación, de nuestras universidades, de la riqueza de nuestro suelo, de las bondades de nuestro clima. Todo eso es cierto. ¿Qué fue lo que pasó entonces?

 

¿Qué fue lo que nos pasó?

 

Probablemente haya muchas repuestas. Pero entre todas ellas podemos señalar una que es crucial: la falta de memoria pero… ¿fue falta de memoria o más bien proceso de encubrimiento? Borramiento de la verdad histórica que llevó a disfrazar el genocidio de los pueblos originarios de triunfante campaña militar, que convirtió cada cuartelazo en una “esperanzada revolución”. Una rara mezcla de mala fe e ingenuidad que creyó que el olvido se podía imponer por decreto. Hipocresía de los que rezaban a Dios públicamente y asesinaban impunemente a sus hermanos. Algunos hablan de perdón, de reconciliación, de amistad, tratando de ese modo de velar responsabilidades y culpas que solo puede tramitar la justicia en el ámbito público y el sincero arrepentimiento en la intimidad de los sujetos.

Por todo esto quiero reivindicar el gesto inicial del gobierno democrático de Raúl Alfonsín que abrió las puertas a la justicia. Las lamentables leyes de impunidad del final de su mandato impuestas por la debilidad de un gobierno jaqueado y por una apreciación a mi juicio equivocada de lo que era menester hacer en dicha oportunidad, no le quitan mérito a esa decisión inicial. Han pasado más de 35 años desde la recuperación de la democracia. Es cierto que la importancia de llevar a cabo los juicios, de establecer con claridad lo que efectivamente pasó, de condenar a los responsables, es fundamental para consolidar la democracia, para construir un país, ese país que alguna vez soñamos. Hay que señalar sin embargo que la complicidad civil, muy importante que acompañó y posibilitó la dictadura apenas si fue rozada por los juicios. ¡Cuántas fortunas se consolidaron y aumentaron en esos años! Pero de eso apenas si se ha hablado. Hoy vivimos penosamente, tal vez, en democracia, hecho que no debe ser desvalorizado (bien sabemos el precio que se paga por despreciar los valores que supone). Pero también es cierto que dicho sistema no se agota en las elecciones periódicas, sino que exige de la ciudadanía un estado de alerta continuo para que el autoritarismo y su secuela de calamidades no se cuelen en nuestra sociedad, gracias a nuestra ingenuidad o desmemoria.

En los últimos años hemos visto cómo de mil maneras: complicidad de gobiernos de turno, destrucción de la economía y de instituciones como la justicia, creación de un sentimiento de inferioridad como nación, manipulación de los medios de comunicación, destrucción de la educación, endeudamientos inconcebibles e impagables, se nos está haciendo creer que sólo podemos aspirar a sobrevivir malamente.

No pretendemos que nuestro país sea el mejor del mundo, tampoco el país de Jauja  sino simplemente una tierra de esperanza para todos. Una tierra donde florezcan los principios humanistas en el mejor sentido de la palabra. Por todo eso es absolutamente necesario no olvidar, para ejercitar la memoria, nada más y nada menos que para aprender de la experiencia.

Por todo ello, insistimos, transcribimos un fragmento de la famosa carta de Rodolfo Walsh (fechada un día antes de su secuestro y asesinato, el 25 de marzo de 1977) en el  que describe las circunstancias económicas que acompañaban y determinaban el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Como pueblo no nos podemos permitir ignorar como operan estas cuestiones en la política de nuestro país y en nuestras vidas particulares también (aunque no lo registremos).

 

 

Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (fragmento)

 

Al cumplirse el primer año del golpe de estado del 24 de marzo de 1976, esto es el 24 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh, escritor y periodista argentino hizo conocer una Carta Abierta a la Junta Militar en la que denunciaba lo que estaba ocurriendo en el país. Su gesto fue de enorme coraje cívico, sabía a lo que se exponía. Al día siguiente fue asesinado por un “grupo de tareas”.

(….) En la política económica de este gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.

En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.

Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas alargando horarios, elevando la desocupación al record del 9% y prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificado de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos y en otros no aparecieron.

Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares (…)

Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera. (…) rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza el ser nacional.

(….) Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

 

Rodolfo Walsh, C.I. 2845.022

Este texto fue extraído de “La Literatura de Ideas en América Latina”. Antología: Selección, introducción y notas de Lucila Pagliai, Buenos Aires, Colihue

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