“Debe establecerse un gobierno de forma tal que ningún hombre tenga miedo de otro”. Charles-Louis Secondat Barón de Montesquieu (Francia 1689-1755)

 

La cantidad de hechos y noticias, verdaderas o no, que acontecen en estos días  colman nuestra capacidad de asombro: causas judiciales inventadas, extorsiones, manipulación de los resortes de la justicia, impunidad, cínica utilización del espionaje y de los recursos del Estado para beneficiar a determinados grupos y quién sabe cuántas cosas más. Ignorar lo que ocurre puede tranquilizar momentáneamente nuestro estado de ánimo, tal como un analgésico calma dolores que tienen una función mucho más importante que la de nos, esto  es oficiar de señal de alarma, para que actuemos adecuada y oportunamente. Pero, como suele decirse, muchos siguen bailando sobre el Titanic. Y esos muchos son en general personas y entidades que ejercen funciones de enorme responsabilidad.

Resulta extremadamente preocupante que uno de los poderes del Estado, el Poder Judicial aparezca exhibiendo su peor cara. Esto no es nuevo, seguramente, pero hoy  presenta un estado crítico.

Quiero subrayar que el Poder Judicial no es la justicia, entendiendo por ella un conjunto de valores sin los cuales no puede hablarse de democracia, ni de Estado de Derecho, me refiero a la libertad, pero también a la igualdad, a la equidad, y el respeto a la dignidad de la persona humana y por supuesto también a las normas,  leyes que como sociedad, con mayor o menor fortuna, hemos ido elaborando. Me parece atinente señalar esto, porque algunos integrantes del Poder Judicial y de la  sociedad en general parecen haber malentendido estos principios básicos y estar conduciendo a nuestra sociedad a un estado caótico de arbitrariedad y autoritarismo.

El peligro de caer en estas situaciones siempre está presente, por eso resulta sumamente importante estar atentos y procurar alguna solución a estas cuestiones  que son vitales para la existencia de la Democracia que es mucho más que un tipo de gobierno. Vale aclarar que estamos  hablando de la aparición de personajes, que desde la más absoluta ilegalidad aparecen como “ayudantes” de quienes deben ejercer tan delicada función. Esto es gravísimo y atribuir todo esto a supuestas “operaciones” me remite a aquello de que “cree el ladrón que todos son de su condición”.

Hace poco recordaba en un texto de esta sección que el General San Martín tenía una nutrida biblioteca que había traído de Europa, textos que mostraban a nuestro prócer como un hombre imbuido de las ideas y autores de su época, la llamada Ilustración, y entre esos libros se destacaba “El espíritu de las Leyes“ del Barón de Montesquieu, quien planteaba la importancia que tenía para que un Estado no deviniera en una Tiranía la existencia de la DIVISION DE PODERES. Este principio fundamental ha sido y es permanentemente vulnerado, pues los seres humanos y sus instituciones no son inmunes al afán de monopolizar el “poder” y ponerlo al servicio de intereses particulares, ajenos al bien común.

Uno de los tres poderes de los que hablaba Montesquieu (Ejecutivo, Judicial y Legislativo) más proclive a desarrollar este funcionamiento anómalo es el Judicial, posiblemente, entre otras cosas, por el fuerte espíritu corporativo que lo caracteriza, por ser una suerte de coto de privilegios, de nepotismo y por la falta de control y por la forma en que se eligen sus miembros en cargos virtualmente vitalicios.

Parece haberse convertido en un verdadero talón de Aquiles de la Democracia, (esto a pesar de la probidad de la mayoría de sus integrantes) lo que nos hace pensar en buscar remedios a este peligroso desvío, tarea nada fácil pero indispensable y pendiente para los gobiernos, este y los que lo sucedan.

La mala fama de ciertos jueces es muy antigua y si recurrimos a nuestra literatura seguramente muchos recordarán al Martín Fierro de José Hernández y algunos otros textos (periodísticos) de este autor, como aquel que titulaba “Jueces de Paz, señores de horca y cuchillo”. Ahora bien, que los males sean añejos no significa que no tengan remedio. Como somos eternos esperanzados, nos planteamos formular desde aquí, desde este modesto espacio la aspiración de que este importante Poder, indispensable  para una democracia saludable, experimente las transformaciones necesarias, es una prioridad para la Política con mayúscula en la que sí creemos.

 

Elsa Robin

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