Este reportaje tiene tintes musicales. La historia a contar va desde Buenos Aires a Sucúa, un pequeño pueblo en la región amazónica de Ecuador. En el medio, Perú, Chile, y una vasta extensión del territorio argentino. Lo más sorprendente es que toda la aventura fue a dedo, caminando, sobreviviendo por ocho meses gracias a la música con un charango (casi sin cuerdas) al hombro. El protagonista se llama Juan Gabriel Montanari y la entrevista nocturna fue con birras y papas con queso cheddar de por medio en una cervecería.

La travesía comenzó a fines del 2014 sin ser lo que iba a ser. No fue algo planeado. Lo que fue un viaje para pasar año nuevo en Cafayate, Salta, terminó de alguna manera en Ecuador. Pero en el medio pasaron cosas. Por ejemplo, escaparse del grupo con quien había ido a Cafayate y luego a Tilcara (una amiga y las amigas de su amiga), para ir a Traslasierra, Córdoba, a sumarse a una banda que estaba preparando un repertorio. Estaban preparándose, justamente, para ir a tocar a Ecuador. De a poco fue empezando la movida. “Yo me fui con la idea abierta, sin fecha de retorno; pero también se fueron dando las cosas para que eso fuera un viaje largo y no volverme enseguida, se fue estirando”, cuenta Montanari.

De Purmamarca, la comitiva fue por la Ruta 52, atravesó el Paso de Jama hasta San Pedro de Atacama, en Chile. “La plata que tenía ahorrada se me terminó cuando llegué a Córdoba, de ahí en adelante me mantuve tocando, al principio con una guitarra que después la mandé de vuelta; después los chicos de la banda me prestaron un charango, que es más chiquito y liviano, y de ahí en más fui con eso”, relató Montanari.

El nombre de la banda, integrada por cuatro personas, era Chenopodium Quinoa Wild. Montanari supo ser el quinto Chenopodium por un tramo del trayecto. Y en Cuzco, Perú, sus caminos se separaron. “Como ahí no se podía tocar en la calle, fue la primera vez que me subí a tocar a un colectivo; y era muy loco porque Cuzco, al ser una ciudad que está metida en la montaña, te subías a un bondi a tocar en la Plaza de Armas, por ejemplo, y tres temas después estabas mirando todo desde arriba, un paisaje completamente distinto”, señaló.

 

Un charango como compañero de ruta

Eran él y el charango, que cada vez empezó a tener menos cuerdas. Para los que no son entendidos en la materia, un charango tiene un total de diez cuerdas, divididas en cinco pares. “Yo empecé con ocho directamente, le faltaban las dos cuerdas de abajo, pero era una ventaja porque no sé tocar el charango y de esa manera la afinación era igual que el ukelele; y la afinación del ukelele es parecida a la guitarra, es como si a la guitarra le pusieras un transporte en el quinto traste y tuvieras solamente las cuatro cuerdas de abajo”, explicó el músico.

Así se las ingenió para hacerse amigo del charango. Sin embargo, con el paso de los kilómetros y las canciones, cada pareja de cuerdas iría divorciándose hasta quedar solamente seis.

 

La verdadera aventura

“Cuzco fue el primer lugar desde donde me fui solo, ahí empezó la aventura verdadera; de ahí me fui a dedo a Lima, que son 1.100 kilómetros”, contó Montanari. “En mi experiencia personal, andar solo fue lo que mejores cosas me trajo, una vez que enganchás la onda que va, ya está; en ese sentido me llovieron un montón de oportunidades que por ahí andando en grupo no me hubieran sucedido”.

En esta misma línea, Juan Gabriel comentó que cuando uno se lanza a la aventura es “cuando las cosas te empiezan a salir”. “Si te vas con algo ahorrado, vos te tirás a la pileta, comés cuando hay que comer y ya está, pero si vas sin nada tenés que mandarte, no hay otra; tenés que salir a buscar la comida del día y la plata para quedarte a dormir en algún lado”, detalló.

Saliendo de Cuzco, en la ruta, ninguno de los peruanos que lo levantaron en el camino le creía que estaba yendo, a pie, hasta Lima. A partir de ese punto, el viaje siguió por Máncora, (y ya en Ecuador) Machala, Loja, Vilcabamba, Cuenca, el Parque Nacional Cajas*, Girón, Sucúa. Miles de anécdotas en un transcurso de ocho meses y que por una cuestión de extensión no podemos narrar en su totalidad. Se necesitaría un libro.

No obstante, algunas sí es menester escribirlas. Porque si bien en un par de ciudades como Cuenca, en Ecuador, con una movida musical y cultural muy grande, el músico callejero se las puede amañar para vivir de su arte; en otras no. Fue en Cuenca donde el azar hizo que Montanari formara un trío con otros dos músicos, otro argentino y un peruano, con quienes armaron un repertorio más complejo. Para salir un poco de la monotonía de tocar en los colectivos.

 

Sucúa y Macas

Con ellos llegó hasta Sucúa, un pequeño pueblo en la región amazónica de Ecuador. “Dormíamos en la plaza, éramos linyeras porque no iba la música ahí… tuve que ponerme a hacer pulseritas todo el tiempo y los otros dos salían a mendigar por favor por la vida para que alguien les diera una moneda a cambio de la pulsera”, comentó Montanari. Como la situación allí era insostenible, un fin de semana decidieron ir a dedo hasta Macas, una urbe más grande aunque también desconocida para ellos. “Caímos al pueblo y no había nada, podían venir zombies en cualquier momento”, bromeó el artista.

En algún lugar de ese pueblo comienza una secuencia bizarra en la que una mujer se les acerca para fumar y tomar con ellos, trayendo consigo cerveza y guanchaca (una clásica bebida ecuatoriana, aguardiente de caña, le dicen también ‘mata rata’, ‘mata diablo’, imagínense). Luego fueron a un bar, alrededor de las 10 de la noche, que ya estaba cerrado pero que tenía la puerta entornada y se mandaron igual. Aparentemente, en muchas partes de Ecuador, los bares cierran temprano. “Se nos acercó un tipo de la comunidad Shuar, nos invitó un montón de cerveza, y el tipo nos llenaba el vaso a todos, te brindaba y clavaba fondo blanco; como nosotros no hacíamos lo mismo, se enojaba”, relató Montanari.

Los Shuar (un pueblo aborigen de la zona, de esos que antiguamente reducían las cabezas de sus enemigos para guardarlas como trofeo) parecería que tienen por costumbre vaciar el vaso cuando invitan a beber a alguien. No hacerlo es una afrenta. Fue por eso que la mujer, para enmendar la situación, les convidó basuco para que los visitantes pudieran tomar más. El basuco, es una droga hecha con los residuos de la cocaína (una especie de paco). El anfitrión no pudo competir.

Sin embargo, la anécdota no quedó ahí. “La piba nos invita a la casa, que compartía con su novio, yo ya pensando que nos iba a robar, era un edificio abandonado, subimos una escalera a oscuras, llegamos al ‘departamento’ donde vivía; resulta que el tipo era el dealer de la zona y la tipa su RRPP”, indicó Montanari. El ambiente era nauseabundo, un colchón mugriento, una mesa, droga y el hombre hablando sobre asesinatos hechos y por hacer. “Pero a mí los viajeros me caen bien”, dijo la persona en cuestión.

Acto seguido, la pareja los invitó a comer camarones con arroz abajo de un puente, a la vera del río. “Nos tomamos un remis y fuimos todos con el colchón incluido, estuvimos hasta la tarde comiendo ahí”, acotó, como fin del bizarro episodio.

 

Música por comida

Los caminos del regreso lo volvieron a depositar en Máncora, por donde ya había pasado a la ida. Se quedó 11 días en esa ciudad, pero todo lo que pudo ahorrar tocando en restaurantes lo dejó en la casa donde lo hospedaron “medio de onda”. Adelante lo esperaban el sol del mediodía, el desierto, y unos largos 1.300 kilómetros de vuelta a Lima. Un panorama desolador que, pese a todo, le traería buena fortuna.

Una vez más haciendo dedo al costado de la ruta. Una camioneta lo levantó y lo acercó hasta un pequeño pueblo peruano llamado Órganos. Le regalaron un paquete de papas fritas. “No sé si fue por la cara de muerto de hambre o qué”, dijo Montanari. Después otro vehículo lo trasladó un tramo largo hasta otro pueblo, Piura. “Vos vas conversando, se genera algo muy bueno con la gente; porque la gente que te levanta son los piolas, los que no son piola ni siquiera aminoran la marcha”, opinó. El hombre que lo llevó hasta Piura era un millonario y le dejó algo de dinero. La noche la pasó afuera de una estación de servicio.

Al mediodía siguiente, caminando, se encontró con un kiosco de comida. “Seño, tengo mucha hambre y poca plata”, le dijo a la dueña, porque a las señoras se les dice ‘seño’ por esos lares, de manera informal. “Me dio una sopa, empezamos a hablar de música, de folklore, al final me pidió que tocara unas canciones y me devolvió la plata con la que pagué la comida”, señaló. Luego una pareja en moto paró en la ruta y le dio más soles (la moneda peruana), y más adelante otra pareja lo levantó en auto y le regalaron todavía más soles. “De repente pasé de no tener nada a tener un montón de plata”, añadió. Un camión lo terminó llevando durante un día y medio hasta Lima, donde no solo llegó y le alcanzó para un buen hostel, sino que laburar los bondis también le daba buena plata. “Comía lo que quería, iba a comer a restaurants, según el lugar va cambiando la onda”, comentó Montanari.

 

Las ovaciones en Sierra Gorda

Desde Lima a San Pedro de Atacama fueron cuatro días en la ruta. En algún punto en el medio de ese trayecto, un camionero lo llevó (de nuevo sin un mango) hasta un pequeño pueblo minero en el medio del desierto. Sierra Gorda es, literalmente, un pueblo de siete cuadras por tres. No sería descabellado decir que la mayoría de sus habitantes, por no decir todos, trabajan en la mina. Bueno, allí fue a parar don Juan Gabriel Montanari, de noche y solo con su alma.

“De casualidad veo un restaurante repleto, pido permiso para tocar y me sorprendí porque nunca les había pasado una situación así, que alguien se presente para eso; me dieron permiso y salieron los cocineros, los dueños del restaurante, todos a verme tocar”, rememoró. Fue un éxito, una ovación de pie tremenda. Y esa cantidad de aplausos tuvo su proporcionalidad en dinero, por supuesto. Ese era el restaurante donde cenaban los capos de la mina. A la salida, uno de los empleados le dijo que vaya al otro restaurante del pueblo, al que iban los operarios.

Y fue nuevamente el mismo escenario. Comensales, cocineros, dueños, todos deseosos de ver tocar al músico errante que venía de lejos, con un charango ya con seis o siete cuerdas. La remuneración fue un poco menor, pero la ovación no tuvo nada que envidiarle al lugar anterior. “En una noche hice un montón de plata, fui a dormir a un hotel, una habitación con tele, un lujo”, resaltó Montanari. Un músico, un charango, unas canciones, fueron la ecuación perfecta para darle un sonido distinto a aquella noche en Sierra Gorda.

 

Aprendizaje

“Para mí el viaje significó mucho aprendizaje, ver muchas formas de vida distintas, y no hace falta salir del país para darte cuenta; las distintas culturas te abren mucho la cabeza porque uno siempre está encerrado en la cultura en la que vive y después te das cuenta de que mucho de lo que uno da por sentado tiene que ver nomás con esa cultura”, indicó Montanari. Y añadió: “Por eso te da mucho aprendizaje andar, de cada cultura vas aprendiendo algo… y no es necesario irse muy lejos de Buenos Aires, eh, ya en el campo, en Entre Ríos, por ejemplo, cambia la forma de vivir, de pensar”.

El viaje también le dio el aprendizaje de “andar sin nada, de confiar, de mandarse a la aventura, de saber que es increíble cómo te aparecen las cosas”. “Eso de andar caminando, a pata, hace que tengas que relacionarte con gente, andar bien predispuesto; el haber dormido en la calle te hace valorar la importancia de algo tan cotidiano como tener una cama, un plato de comida, un techo, eso fue algo que yo me lo propuse a propósito pero hay quienes lo viven sin quererlo todos los días”, reflexionó.

Y la pregunta final fue si lo volvería a hacer, dada la oportunidad. La respuesta fue positiva. “Hace mucho tiempo que tengo la idea dando vueltas, pero de irme sin fecha de regreso; porque ir y volver hace que al final no termines de estar en ningún lugar, entonces tengo la idea de cuando me vaya, irme a conocer el mundo”, concluyó. Esperemos que cuando lo hagas, Juan, repongas las cuerdas faltantes del charango. Y lleves cuerdas de repuesto, por las dudas.

El recorrido

Cafayate, Tilcara, Traslasierra, Córdoba Capital, Recreo, Tucumán, Tafí del Valle, Amaicha del Valle, Cafayate (otra vez), Salta, Purmamarca, Susques (donde jugó un partido de fútbol a 3.700 metros de altura), San Pedro de Atacama, Iquique, Arica, Tacna, Cuzco, Lima, Máncora, Machala, Loja, Vilcabamba, Cuenca, Parque Nacional Cajas, Girón, Sucúa. Y de vuelta.

Cajas

*El asterisco fue porque me quedó una pequeña anécdota en el tintero, en el Parque Nacional Cajas, al sur de Ecuador, en la Cordillera de los Andes. Un lugar al que ninguno de los conductores que les frenaba en la ruta los quería llevar porque “después se mueren y es mi culpa”. Un lugar donde finalmente llegaron y hacía muchísimo frío. Un lugar donde tuvieron que tirar abajo la puerta de un refugio vacío para pasar la noche sin congelarse.

Matías Mestas

Comentarios

Quizás te pueda interesar también:

Comments

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Más en Entrevistas