Se acerca fin de año con sus fiestas, con su carga de expectativas buenas y malas y el sentimiento de estar en un tiempo excepcional. Todo esto modula nuestras vidas tanto en el orden personal como social. Tiempo de balance, confusa mezcla de frustración y expectativas de milagro. Sobre todo en el mundo político el malestar adopta distintas formas: por ejemplo, se extreman las medidas de seguridad, pues malos recuerdos, no tan lejanos, rondan el imaginario social, el miedo a los pobres asume formas patéticas, aquí y en otras partes del mundo, si no pensemos en las tiendas lujosas de  París blindando sus escaparates, la riqueza se atrinchera medrosa ¿Qué fantasma los persigue? Pero más allá de los confortables refugios, todos, quien más, quien menos, sueñan con que algo, una suerte de milagro, resolverá mágicamente las penurias acumuladas.

Con escepticismo escuchamos discursos inaceptables que buscan tranquilizar a esa marea de descontentos, con la promesa de un “paraíso futuro”, en el que es difícil creer.

En nuestro país nadie, salvo la negación torpe de las malas conciencias, puede dejar de advertir que este ha sido un año malo, muy malo. Ningún responsable debería mirar para otro lado o buscar chivos expiatorios para exonerarse de culpas.

Una inmensa mayoría aspira a vivir estos días en al abrigo espiritual que suponen los afectos y la incansable esperanza. El contacto con los prójimos (palabra particularmente significativa) debería ampliarse, trascender el círculo personal y descubrir la presencia de esos incontables hermanos y hermanas que padecen una pobreza que ningún cinismo puede disimular. Amuchémonos, abracémonos, solidariamente. La multitud de desamparados en un mundo rico es una ofensa a la inteligencia. Si hay un lugar para la esperanza, no debe ser fruto de ningún artilugio mágico sino de nuestras propias decisiones.

Me propongo recordar que especialmente en  estas fiestas, de antiquísimo origen, (pero no sólo en ellas) está presente el mandato cristiano fundamental, a mi juicio, mandato no siempre bien entendido, ni siempre respetado pero de absoluta vigencia, ese que afirma: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Si no lo sabemos o lo hemos olvidado conviene recordarlo. La multitud que no está invitada al alegre banquete comprende a más del 50 por ciento de la población, en su mayoría niños y niñas, adolescentes, mujeres, ancianos y ancianas. No seamos cómplices, ni indiferentes. Como texto navideño hubiera preferido otro contenido, otro tono, pero la realidad duele y hoy no me place esconderla con palabras de ocasión.

 

La Navidad y la literatura

Hay ciertos mitos que instalan en el pasado la existencia de un país rico, no ensombrecido por el fantasma de la pobreza. Pero ese mito no es sostenible si somos veraces. Un país rico, para pocos fue una realidad salvo épocas excepcionales. La literatura ha dado testimonio de ello muchas veces, si no, basta acudir a textos canónicos como el Martín Fierro, por elegir uno entre tantos.

Hoy elijo para compartir un texto de Roberto Arlt, quien muriera muy joven en el año 1942, por lo que podríamos decir que la mayor parte de su vida creativa transcurrió en la llamada “Década infame” de los años 30. De él hemos elegido un brevísimo texto dramático que acontece precisamente en Navidad. Perdón por la amargura.

Elsa Robin

Comentarios

Quizás te pueda interesar también:

Comments

Leave a reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Más en Opinión