Por Gustavo Giacomo, economista

La pobreza es posiblemente uno de los peores males sociales que afecta a la sociedad. En efecto, toda política económica, sea esta fiscal, monetaria, cambiaria o de otro tipo, tiene (o debería tener) como único fin la mejora de las condiciones sociales de sus habitantes. A pesar de eso, la pobreza sigue siendo un fenómeno que afecta a una gran porción de la población mundial. Si bien las mediciones no son homogéneas entre países, para el caso de la Argentina, según la metodología actual del INDEC, la última medición arrojó que un 32 por ciento de la población es pobre, mientras que un 6,7% es indigente. Mientras que las mediciones de la Universidad Católica Argentina (UCA), arroja 33,6% en lo que tiene que ver con la pobreza y de 7,1%  cuando se refiere a la indigencia.

Mirando los números fríos, la cantidad de pobres pasó de 11,4 millones a 14,3 millones, y la de indigencia, de 2,3 millones a casi 3 millones. Creándose de esta manera en 2018, una cantidad importante de pobres nuevos. Asimismo, la reducción de la pobreza tiene que estar dentro de la discusión  política para las próximas elecciones. Además, junto con la baja de la inflación y la creación de empleo (una economía que no genera puestos de trabajo no es una economía saludable), tiene que ser el principal objetivo del Gobierno que se haga cargo del país a partir de las elecciones de octubre próximo.

La única manera genuina que tiene la Argentina de bajar los altos índices de pobreza es solo a través del crecimiento económico genuino (creación de puestos de trabajo), políticas sociales inclusivas e innovadoras que sean medibles y eficientes (cada centavo que destina el Estado a la acción social sea utilizado de la manera correcta) y mejorar la redistribución del ingreso. Pero para eso, es necesario tener como bases una macroeconomía estable, con baja inflación, tasas razonables y sin tensiones con el dólar. Teniendo en cuenta que, tanto la inflación, las altas tasas, como la suba del dólar (caída del poder adquisitivo del peso) y el desempleo contribuyen a generar nuevos pobres.

Además, se tienen que consensuar entre todos los actores sociales políticas públicas. En las cuales, la aplicación de las mismas trascienda a los Gobiernos de turno. La pobreza, debido a su magnitud, no puede ser coto de caza de la clase política, ni depender de ella. Por ese motivo, tiene que tener carácter de “Política de Estado” con proyección 2023. Cabe agregar, que a la pobreza junto a la inflación no se la erradicará en el corto plazo, Por ejemplo, si comenzaríamos mañana a trabajar seriamente y sostenidamente sobre los ítems que tracé anteriormente en este párrafo,  llevaría a que en 2023 la pobreza baje, al menos, al 25%.

En cuanto a los planes sociales, mitigan situaciones extremas de exclusión (no sacan pobres de la pobreza).  Los llamados planeros, no son beneficiarios como el nombre técnico los identifica en las bases de datos de ANSES. Si no que por lo contrario, son víctimas de este sistema que entre corrupción, ineficiencias de la gestión pública y constantes crisis económicas, no tan solo generaron nuevos pobres, sino que tampoco, pudo dar respuesta alguna a semejante flagelo. La pobreza, para que pueda ser abordada con éxito en el largo plazo no se la puede dejar en manos solamente de la buena intención de la clase dirigente. Por ese motivo, tienen que intervenir todos los actores sociales que se precien de tal. Generando de esta manera, políticas públicas que perduren en el tiempo y que sigan su curso sin importar de qué color es el Gobierno de turno. Hay que entender que la pobreza es un problema de todos.

Manera en que mide la pobreza y la indigencia el INDEC

Para medir la pobreza por ingresos se requiere obtener información acerca de los ingresos de los hogares. En la Argentina, ello se hace mediante la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), que existe desde los años 70, pero que con el correr de los años ha ido cambiando su cuestionario y la cantidad de ciudades relevadas. El último cambio más relevante se produjo en 2003, cuando la EPH pasó de relevarse semestralmente a trimestralmente (lo que se dio en conocer como el pasaje de la EPH Puntual a la EPH continua).

Vale apuntar que el método que el INDEC utiliza para realizar la medición es el de la línea de pobreza, por medio del cual un hogar es pobre si sus ingresos están por debajo de cierto umbral (la canasta básica). Lógicamente, el valor de tal canasta no es para todos los hogares por igual, ya que estos varían según la cantidad de miembros (el umbral mínimo a partir del cual una familia es pobre no es el mismo si el hogar tiene dos miembros a que si tiene seis), y también según la edad y sexo de los mismos (habida cuenta de que los requerimientos nutricionales no son los mismos en un adolescente varón que en un bebé o una anciana). La medición de la indigencia se basa en la misma lógica, pero el umbral es siempre más básico, ya que sólo se toma en cuenta una canasta alimentaria (cuando para medir pobreza se incorporan rubros no alimentarios como ropa, transporte, salud, etcétera).

A mediados de 2002, la Argentina se encontraba recuperándose de la peor crisis económica de su historia. De acuerdo con la metodología actual del INDEC, la pobreza alcanzaba a casi el 70% de la población, mientras que la indigencia afectaba a un tercio de los habitantes. En los años siguientes, el fuerte crecimiento económico y la mejora en la distribución del ingreso permitieron una rápida recuperación de las condiciones sociales. En efecto, a principios de 2007, la pobreza se ubicaba en torno al 35% de la población y la indigencia había perforado el piso del 10%. Si bien las mejoras continuaron hasta 2013, el ritmo se desaceleró, lo que habría sido consecuencia del efecto conjunto del aumento en la inflación y de la mayor precariedad estructural de la población pobre. Finalmente, en 2014 (año de devaluación y recesión) se observó el primer retroceso significativo del período, producto de que los ingresos de las familias no acompañaron una inflación que se aceleró del orden del 25% al 40%. Desde entonces, la pobreza se mantuvo en torno al 30% de la población y la indigencia alrededor del 5-6%.

Fórmula que incide en la baja de la pobreza

La fórmula no es tan mágica. Son dos los factores que inciden en la baja de la pobreza: el crecimiento económico y la mejora en la distribución del ingreso. A modo de ejemplo sencillo, imaginemos dos individuos, A y B. A gana 5 pesos y B gana 50, y que el INDEC define como pobre a quien gana menos de 8 pesos. Aquí A es pobre, B no lo es, y B gana diez veces más que A. Si tanto A como B duplicaran su ingreso, A saldría de la pobreza (ya que ahora ganaría 10 pesos) y B pasaría a ganar 100. La distribución del ingreso se mantiene constante (ya que la relación entre ambos sigue siendo de 10 a 1, pero A salió de la pobreza gracias al factor “crecimiento económico”. Ahora bien, volvamos a la situación original e imaginemos que el Estado cobra impuestos del 10 por ciento al rico (B) para dárselo a A. En este caso B pasa de ganar 50 a 45 pesos y A de 5 a 10. A logró salir de la pobreza, pero no hubo aquí crecimiento económico (ya que la riqueza total es la misma), sino gracias a una mejora en la distribución del ingreso: B ahora gana 4,5 veces más que A, ya no 10 veces.

Teniendo esto en cuenta, hemos realizado un ejercicio que procura responder a la siguiente pregunta: ¿qué combinaciones posibles de crecimiento y mejora distributiva son necesarias para bajar la pobreza argentina en, supongamos casi un 50% (es decir, que pase del 33, 6 al 15%) en cinco años?

Para procurar responder tal interrogante, tenemos que trabajar seriamente en cuatro curvas (que en la jerga se llaman de “isopobreza”). Cada curva muestra combinaciones posibles de crecimiento y mejoras distributivas para reducir respectivamente la pobreza en un 25%, 50%, 75% y 100% en 2023 (cuando terminaría el mandato del próximo gobierno).

¿Qué debería ocurrir si queremos reducir la pobreza en un 25% (es decir, del 32% al 24,5%) para 2023? Si no hay mejoras distributivas, se requiere un crecimiento económico del 3% para lograr tal objetivo. Lógicamente, si hubiera mejoras distributivas, serían necesarias tasas de crecimiento menores para lograr tal meta. En el otro extremo, si la economía no creciera, sería posible reducir la pobreza en tal magnitud apelando meramente a una mejora distributiva (que implique una baja del 2% anual en el coeficiente de Gini). Vale tener en cuenta que este escenario de reducción anual del 2% en el Gini sin crecimiento raras veces se ha dado en la historia.

Por su parte, si queremos reducir la pobreza a la mitad para 2023, sin mejoras en la distribución, el crecimiento anual debería situarse en casi 7%. Objetivos más ambiciosos para 2023 suenan muy utópicos, dadas las exigencias tanto de crecimiento como de mejora en la distribución. Si el objetivo de reducción se planteara sobre la indigencia en lugar de la pobreza, los requerimientos de crecimiento no disminuyen sustancialmente para ninguno de los objetivos planteados. Esto se debe a que existe una gran cantidad de indigentes con ingresos extremadamente bajos (a modo de ejemplo, si un hogar indigente tuviera apenas 1 peso de ingresos, esa cifra debería multiplicarse muchísimas veces hasta superar la línea de indigencia). En donde sí se observa una diferencia es en los requerimientos de distribución del ingreso. Esto significa que una mejora en la distribución que alcance a las familias de menores ingresos de la población, tendría un efecto significativo sobre los indicadores de indigencia. Lógicamente, esto también relajaría sustancialmente las exigencias sobre el crecimiento para alcanzar los objetivos planteados de reducción.

Conclusión

Así, para reducir la indigencia en un 25% (es decir, del 6,7% al 4,75% de la población) sería necesario que la economía creciera a una tasa cercana al 2,5% anual neta hasta 2023 (sin modificaciones en la distribución del ingreso), que la distribución del ingreso mejorara a una tasa cercana al 0,6% promedio anual, o bien alguna combinación de ambos. Para reducir la indigencia a la mitad, estos valores aumentan hasta el 6,5% para el crecimiento y el 1,2% para la distribución. Al igual que en la pobreza, reducciones mayores de la indigencia parecerían difíciles en un período de cinco años.

A modo de cierre, durante el decenio 2003-2013 las condiciones sociales mostraron una importante recuperación en la Argentina. Sin embargo, esta recuperación no permitió perforar cifras de la década de los 80, cuando la pobreza se ubicaba en valores incluso inferiores a los actuales.

De cara al futuro, el análisis previo permite analizar qué ocurriría con la pobreza y la indigencia de registrarse cierta combinación entre crecimiento y distribución del ingreso. A todas luces, hoy un escenario de reducción del 25% tanto de la pobreza como de la indigencia para 2023 parecería medianamente viable. Para ello, es clave que la economía retome la senda del crecimiento (y si este es acompañado de mejoras distributivas, las exigencias de crecimiento se vuelven menores). Respecto de esto último, contar con políticas sociales, inclusivas en innovadoras sería una condición completamente necesaria para lograr el objetivo.

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