El hermoso desafío de ser científico

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“No importa cuán oscura sea la noche, espero el alba, y aquéllos que viven en el día esperan la noche. Por tanto, regocíjate, y mantente íntegro, si puedes, y devuelve amor por amor”. Giordano Bruno
Nos proponemos hoy hablar de un oficio, una profesión muy particular, que es nueva si se quiere y al mismo tiempo muy vieja, me refiero a los científicos. Los científicos a primera vista parecen ser como cualquiera de nosotros, y lo son, pero hay algo que los distingue, una singular pasión por conocer la verdad, cosa que muchas veces genera elogios, reconocimiento y seguramente satisfacciones, pero a veces y no pocas veces persecución, grandes dolores de cabeza al punto de perderla. Y todo eso porque son unos empecinados e incorregibles preguntones que quieren conocer “la verdad”, asunto escurridizo, que siempre está un poco más allá.
Hoy se los llama científicos, pero antes se los llamó sabios, magos, brujos, alquimistas, astrólogos… gente no muy confiable para el poder, que sin embargo solía darles un lugar en la corte, pues entendían que podían ser muy útiles, por ejemplo, para idear máquinas de guerra, para combatir una peste o aportar soluciones a otras cuestiones. Pero eso sí había un montón de cosas de las que no se podía hablar y mucho menos averiguar. El poder político y la religión, casi siempre, los consideraban sospechosos y por supuesto peligrosos porque podían trasmitir malas costumbres, por ejemplo: pensar y así poner en cuestión el sentido y el origen de muchas cosas.
Había una vez, un monje dominico
Así podríamos empezar esta historia vergonzosa que terminó con la vida de un filósofo, pensador, poeta, investigador. Todo eso y mucho más fue Giordano Bruno. Este fraile dominico hombre del Renacimiento nacido en Nola, Nápoles, en el año 1549 se atrevió a pensar por su cuenta y a difundir sus ideas. Conminado a retractarse por la Inquisición luego de una prisión de ocho años fue finalmente condenado a morir en la hoguera. Eso sucedió el 17 de febrero de 1600. Te pido lector/a que leas y medites acerca de sus palabras. Hoy tiene un monumento en homenaje a la libertad de expresión. Pasaron 418 años y supondríamos que esos procedimientos bárbaros habrán desaparecido. Sin embargo, resulta triste comprobar que la persecución al científico, al disidente, al que trasmite ideas “peligrosas”, su demonización, sigue siendo moneda corriente y ¡Ojo! con desafiar al poder de turno.
Los hombres de ciencia, ocupan un lugar prestigioso actualmente, pero ciertos latiguillos, como tildarlos de inútiles, raros, lunáticos, o improductivos en términos económicos suele ser un procedimiento bastante extendido para disciplinarlos. Es habitual que para ello se los descalifique, por ejemplo, como con el conocido comentario de un ex ministro que los mandó a lavar los platos o simplemente se los ignore. Son todas técnicas eficaces para deshacerse de esos personajes molestos; porque como decíamos los trabajadores y trabajadoras científicos, son personas como todos nosotros y necesitan comer, se embarazan, tienen hijos, sueñan con tener un techo propio, como cualquiera de nosotros y si se les cierran todas las puertas, qué pueden hacer, sino salir a vender sábanas de puerta en puerta quizás, o poner un quiosco, en el mejor de los casos tener alumnos particulares o en última instancia emigrar, buscar un lugar, un mínimo reconocimiento en otros países, que entendieron hace mucho que la riqueza y la importancia de las naciones no se mide sólo por la cantidad de vacas o toneladas de soja, sino por la capacidad de producir conocimiento, tecnología, arte, educación, bienestar para toda la población esto es, progreso bien entendido.
Alguien puede decir qué tiene que ver esto con la ciencia y con los científicos, y mucho. Explicitarlo requeriría un espacio mayor. Pero simplemente decidir en esta materia en función de las necesidades del país y no para satisfacer la demanda de empresas (que por supuesto, tienen todo el derecho de trabajar para sus intereses). Apelar al pretexto del gasto para cerrar esa puerta al futuro es por lo menos poco inteligente.
El científico solitario
Hay una imagen, un poco romántica, tal vez que nos trasmite la idea, del científico como un investigador solitario que vence todas las dificultades gracias a su enorme voluntad. Para ilustrar esto se me viene a la memoria la figura de Gregor J. Mendel, quien formuló las leyes de la herencia, abriendo una puerta extraordinaria al desarrollo de una disciplina como la genética. Realizó sus experimentos en el invernadero de un convento (era fraile) y estos se prolongaron por más de 30 años. Al morir el protagonista de esta mínima historia, el 6 de enero de 1884, el superior del convento, vaya uno a saber por qué, mandó a quemar el invernadero donde cultivaba sus famosos guisantes, el monje científico, y al mismo tiempo todos sus escritos.
Mendel era sin duda un personaje molesto, casi un loco, para los que lo rodeaban, que ni sospechaban la importancia de esa tarea. Tiempo después otros científicos a los que había enviado los resultados de sus experimentos descubrieron la importancia de su trabajo. Él ya no estaba. Pero esta idea del investigador solitario no se corresponde con la realidad actual ya que las investigaciones por lo general se hacen en equipo, requieren recursos económicos, y apoyo estatal seguramente. Por eso es bueno hacer notar, aunque no todos lo adviertan, ni perciban la gravedad de ciertas decisiones burocráticas, burocráticas económicas que se toman en el sentido de achicar el plantel de científicos y dejar de lado ciertos proyectos cuya utilidad inmediata no valoran. Cuando recapacitemos se habrá perdido una gran oportunidad.
Alguien puede decir y preguntarse por qué hablo de la actualidad y si, estoy hablando de la actualidad, somos seres situados, y no podemos escapar de nuestras circunstancias. Sinceramente sueño con que se produzca el milagro de que haya políticos inteligentes, legisladores esclarecidos y valientes, jueces honestos y si cabe patriotas que piensen en el país, que no es sólo un territorio sino millones de personas, la mayoría de los cuales no vive en esa ciudadela privilegiada que es Buenos Aires.
Un caso entre muchos
Entre los muchos que se fueron y nos prestigian por supuesto, pero cuya falta notamos está Alberto Rojo, un doctor en física, tucumano, que estudió en nuestro Instituto Balseiro en Bariloche y que ahora es un reconocido investigador en la Universidad de Michigan, Estados Unidos.
Alberto Rojo es un caso especial, pero no infrecuente, además de físico, es músico, y de los buenos, escritor y divulgador científico. De él, publicamos hoy el fragmento de una entrevista que le hiciera una periodista de La Nación en el año 2002 y la letra de una zamba que le pertenece.
Surge en este discurrir una reflexión, y algunas preguntas ¿por qué no se propicia entre los jóvenes el estudio de las ciencias en general, y la virtuosa fantasía de dedicarse a la investigación? Porque contrariando ciertas opiniones corrientes, los científicos suelen ser los seres humanos menos aburridos, atrapados por una valiosa pasión deben ser alentados y respetados en una sociedad que sólo parece proponer a los jóvenes la meta de ser “mediáticos”.

15 de abril de 2002
En 1693, un científico británico llamado Richard Burkeley presentó un trabajo a la Royal Society sobre unas extrañas formaciones geológicas que habían sido descubiertas un año antes en el extremo nordeste de Irlanda La novedad causó cierta inquietud en la sociedad de la época: se discutió, por ejemplo, si la curiosa formación de columnas de basalto -que hoy se conoce como la Calzada del Gigante y atrae a miles de turistas al condado de Antrim- había sido creada por hombres, con pico y cincel, o por un gentil monstruo mitológico de veinte metros de altura llamado Finn McCool… que quería ir caminando a Escocia sin mojarse los pies.
Lo cierto es que estos 40.000 pilares, que forman una escalera natural desde el acantilado al mar, pueden dejar boquiabierto al más escéptico. Y no sólo por sus dimensiones, sino también porque la gran mayoría exhibe una notable uniformidad y un patrón hexagonal. Es precisamente esta extraña regularidad geométrica lo que mantuvo perplejos a los científicos durante siglos. Ahora, dos físicos argentinos acaban de diseñar un modelo que permite explicarla: las fracturas -afirman Alberto Rojo, profesor de Física de la Universidad de Michigan, y Eduardo Jagla, físico del Conicet que trabaja en el Centro Atómico Bariloche- se produjeron por la contracción de lava de una erupción volcánica a medida que se enfriaba, comenzando por la parte superior y difundiéndose hacia abajo en capas finas.
La fuerza del azar
Al principio las grietas se van disponiendo al azar, pero luego se van ordenando en una configuración hexagonal hasta alcanzar un punto de mínima energía, afirman los científicos, cuyo trabajo acaba de publicarse en Physical Review E. y obtuvo amplia repercusión internacional. Los físicos desembocaron en el problema de las formaciones geológicas casi por casualidad. “Mi tema de estudio es la mecánica cuántica de la materia condensada”, dice Rojo desde su oficina de la Universidad de Michigan. “Yo trabajo en simulaciones numéricas de líquidos -cuenta Jagla desde la suya, en el Centro Atómico Bariloche-. Se podría decir que esto surgió prácticamente durante una charla de café”.
Hace tres años Rojo comenzó a dar un curso en la universidad norteamericana sobre Física en la vida diaria. “La idea era que fuera algo así como una clase de ciencia para estudiantes de carreras no científicas y, por, sobre todo, que no se usaran ecuaciones -cuenta-. Aunque parezca lo contrario, es un duro desafío, porque uno tiene que explicar cosas complejas prescindiendo de las herramientas que te da la matemática. Cuando no se puede echar mano de las ecuaciones es cuando hay que comprender los temas realmente en profundidad”.
Así fue como un día, conversando con Jagla sobre cómo se podía explicar por qué cuando uno pone espuma de jabón entre dos planos o cuando las pompas de cerveza se encuentran forman planos, un proceso que involucra conceptos matemáticos complejos, este último le llevó un libro de las formaciones geológicas de Neuquén y comenzaron a interesarse por los patrones geométricos que adquiere la lava al enfriarse. “Vimos que había algunos trabajos sobre el tema, pero que el mecanismo de formación de estas columnas hexagonales no estaba claro”, recuerda Rojo. Comenzaron con un modelo de las estructuras que podían apreciar visualmente y fue en ese momento que a Jagla se le ocurrió hacer una prueba con maicena.
Geología de entre casa
“Hicimos una masa de maicena y la dejamos -cuenta Rojo-. Y resulta que se fracturó de forma bastante aleatoria en la superficie, pero a los dos o tres días dimos vuelta el plato y encontramos el mismo patrón que se observa en la roca”.
“Si un material se fractura con el mínimo de energía lo hará en forma hexagonal -explica-. Lo mismo ocurre cuando el fondo de un lago se seca, por ejemplo. Primero se hace un crack en la capa superior del barro, luego se fractura una segunda capa que se encuentra con la anterior. Cuando algo se fractura comienza por la superficie y a medida que va rotando se va acomodando en hexágonos porque reducen energía más efectivamente que si las grietas estuvieran orientadas al azar”.
Rojo y Jagla siempre estuvieron interesados en los patrones naturales y la física que explica las superficies mínimas. Entrevistado por Henry Fountain, de The New York Times, Rojo dijo que, junto con Jagla, habían comenzado “tirando algunas ideas… Estamos acostumbrados a hacer simulaciones matemáticas, así que pensamos, ¿por qué no jugamos con este modelo?”.
Y al hacerlo lograron explicar cómo un caótico río de lava hirviente podía solidificarse en formas caleidoscópicas, uno de los misterios que durante siglos había atraído a los científicos.

Un hermoso vals de Alberto rojo del álbum “para mi sombra”
Que bonito, que curioso, que bonito…
que haya formas,
mil estrellas, que haya un sol.
Qué bonito, que curioso, que bonito…
que haya idiomas,
mil maneras de decir amor.
Qué curioso que haya guerras,
que haya treguas,
que haya paz…
qué bonito que es el ritmo del vals.
Qué bonito que es el viento en tu pelo,
qué curioso que haya cinco dedos,
la palabra amigo y
que los colores sean como son…
Qué bonita es la verdad en tu boca,
que curioso que haya un principio
y un final…
Qué bonita que es la luz a la mañana
ver las hojas,
ver las ramas
y saber que el mundo está reinventando sus antiguas maravillas…
nuevos llantos, nuevas risas
y este valsecito más.

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