Por Mariángeles Castro Sánchez

Directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral

Asistimos a una crisis de autoridad. Algunos ponen en duda la necesidad de su ejercicio y otros deliberan sobre cómo recuperarla. Tan profunda es la grieta y tan variados los matices que la sola mención del concepto genera estrés. Y pese a la relevancia que el tema adquiere en la educación de las nuevas generaciones, nos declaramos prescindentes en el debate. La alusión a la autoridad tiene mala prensa, pues las fronteras que la separan del autoritarismo, el abuso de poder y la represión se difuminan, como parte de un proceso de manipulación semántica que se replica a la hora de valorar su papel en el seno de las familias.

La etimología echa luz sobre el sentido de la palabra autoridad. El verbo latino augere (aumentar, hacer crecer) devela su centralidad en el campo de una educación concebida como relación interpersonal favorecedora de un despliegue hacia la mejora. Padres y madres son los modelos de referencia de mayor trascendencia en la vida de los hijos, y la claudicación de su autoridad formativa impacta fuertemente en sus subjetividades.

Ni la comunicación asertiva ni la implicación afectiva están reñidas con la exigencia y el control. La estructuración es un aspecto fundamental que facilita el ejercicio de una parentalidad positiva y no prescinde del principio de autoridad parental. Que en la familia exista un entorno estructurado, con pautas y límites claros, aunque flexibles, posibilita que los hijos hagan suyas normas y valores compartidos, y coloca a los padres en la necesidad de distinguir conductas socialmente propias o impropias, hacer respetar las reglas y dar el ejemplo. Aquí se intersecta la autoridad con la práctica del liderazgo, en una intervención que orienta la actividad del niño hacia un proceso de desarrollo paulatino, utilizando el razonamiento y la negociación como estrategias para alcanzar estados que faciliten su integración plena en el entorno social.

Autoridad y liderazgo confluyen. Padres e hijos se sitúan en una reciprocidad en la que cada miembro tiene derechos y deberes respecto del otro. Se registran una comunicación bidireccional y un énfasis compartido entre la responsabilidad sobre las propias acciones y la adquisición de una progresiva autonomía. Este estilo parental produce efectos positivos en el incremento de competencias sociales, índices más altos de autoestima y bienestar psicológico, y un menor nivel de conflictividad vincular.

Lejos de este modelo, encontramos dos polos opuestos de identificación: autoritarismo y permisivismo. Los padres autoritarios utilizan la imposición, el castigo y la dominación como recursos, mientras que los permisivos optan por la supresión de controles y la falta de exigencia y límites. Ambos extremos tienen impactos negativos en la socialización de los hijos, aumentando el nivel de dependencia y conductas antisociales y obstaculizando el camino hacia la madurez y el éxito personal.

La autoridad no se impone; se construye y se asienta en el prestigio. Se fortalece en la cercanía, la motivación y la confianza. Las emociones están presentes. Y esto entrelaza cualidades y prácticas para el establecimiento de ese ideal de reciprocidad, en un escenario donde adultos y niños continúan evolucionando gracias al encuentro intergeneracional. Como padres, ejercer un liderazgo genuino en el ámbito familiar nos permite alcanzar un punto de equilibrio que nos devuelve un sentido renovado de la autoridad parental, contribuyendo a desmantelar mitos.

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