Cuando la naturaleza queda sin lugar: fauna, humedales y población

El avance de los barrios cerrados sobre humedales históricos, la presión sobre la fauna autóctona y la contaminación de ríos y arroyos marcaron un año clave para el debate ambiental en Pilar. Desde la Reserva Natural, Graciela Capodoglio advierte que el problema no es la presencia de animales, sino el uso del territorio y los hábitos humanos.

El 2025 quedará registrado como un año bisagra en la relación entre Pilar y su ambiente natural. El crecimiento sostenido de barrios cerrados y countries sobre territorios que durante décadas funcionaron como humedales marcó un punto de inflexión difícil de ignorar. Zonas históricamente relegadas por su condición inundable pasaron a ser ocupadas por emprendimientos inmobiliarios que, en muchos casos, avanzaron sin respetar los equilibrios ecológicos preexistentes. Ese proceso no solo transformó el paisaje, sino que alteró de manera profunda el funcionamiento de los ecosistemas locales.

Los humedales cumplen un rol central: regulan el escurrimiento del agua, amortiguan inundaciones y albergan una biodiversidad clave para la región. Su relleno y fragmentación implicaron la pérdida de espacios vitales para numerosas especies. A lo largo del año, esa presión ambiental se volvió visible en escenas que se repitieron en distintos puntos del distrito: carpinchos caminando entre viviendas, zorros merodeando barrios residenciales y lagartos overos apareciendo en jardines, parques y zonas urbanizadas.

Desde la Reserva Natural de Pilar, Graciela Capodoglio aportó una mirada que atraviesa todos estos fenómenos. Para la especialista, el foco del problema no está en un supuesto aumento descontrolado de la fauna, sino en el retroceso del territorio disponible para esas especies. Al referirse al caso de los carpinchos, cuestionó la idea instalada de "superpoblación" y señaló que lo que realmente creció fue el avance humano sobre los humedales, espacios que históricamente habían sido descartados para la urbanización.

En ese marco, la convivencia se volvió conflictiva no por la conducta de los animales, sino por la falta de aceptación de la naturaleza tal como es. Muchos vecinos eligen vivir cerca de entornos verdes, pero esperan una versión domesticada del ambiente, despojada de su fauna original. Sin embargo, el carpincho -al igual que otras especies- formaba parte de esos territorios mucho antes de la llegada de los desarrollos inmobiliarios.

El avance urbano desordenado, mediante rellenos masivos y sin respetar la línea de ribera, redujo drásticamente los humedales funcionales. Si esos espacios se hubieran preservado, explicó Capodoglio, hoy cumplirían su rol natural y los animales no se verían forzados a desplazarse hacia zonas habitadas. Al achicarse el hábitat, la fauna queda confinada en los pocos sectores que aún conservan condiciones naturales, lo que incrementa los avistamientos y genera la falsa percepción de invasión.

Cuando la naturaleza queda sin lugar: fauna, humedales y población

Una situación similar se observó con los zorros pampeanos, cuya presencia en barrios cerrados generó preocupación y viralización de imágenes durante el año. Para la responsable de la Reserva, estos episodios no deberían interpretarse como una amenaza, sino como una consecuencia directa del modo en que se gestionan los residuos y la alimentación de mascotas en áreas urbanizadas. La disponibilidad constante de comida favorece que los zorros se acerquen, se establezcan y críen en esos entornos.

Lejos de representar un peligro, los zorros cumplen una función ecológica esencial como controladores de roedores y otras especies. El conflicto, remarcó Capodoglio, surge cuando se pierde de vista que se trata de animales silvestres protegidos por la legislación vigente. Cualquier intervención indebida no solo es contraproducente desde el punto de vista ambiental, sino también legal. La clave, insistió, está en modificar hábitos: asegurar la basura, no dejar alimentos al alcance y permitir que la naturaleza siga su curso.

Durante el año también llamó la atención la aparición reiterada de lagartos overos en distintos barrios de Pilar. Aunque para muchos vecinos fue un hecho novedoso, especialistas coinciden en que estos reptiles habitan la región desde hace décadas. Su mayor visibilidad se explica por una combinación de factores: altas temperaturas, sequía prolongada y la pérdida de hábitat por el avance de urbanizaciones sobre tierras que antes les servían de refugio.

Capodoglio aclaró que se trata de animales inofensivos, que no atacan a las personas si no se los molesta. Desde el Municipio, el director de Biodiversidad, Javier Goldschtein, sumó que los lagartos overos son una población estable y adaptada tanto a ambientes naturales como urbanos. En contextos de calor extremo, buscan agua y zonas más frescas, lo que explica su presencia en jardines, piletas y espacios verdes dentro de la ciudad.

Más allá de la fauna terrestre, el estado de los cursos de agua del distrito fue otro de los grandes ejes de preocupación ambiental. La contaminación de ríos y arroyos impactó de manera directa en la biodiversidad acuática. Capodoglio recordó que antiguamente el río Luján albergaba especies de gran porte, hoy prácticamente ausentes, como el dorado y el surubí. Esa pérdida refleja décadas de descargas contaminantes, residuos industriales y agroquímicos.

Cuando la naturaleza queda sin lugar: fauna, humedales y población

Sin embargo, también destacó que el río aún conserva vida. En la zona de la Reserva se registraron al menos 16 especies de peces y una notable diversidad de aves acuáticas. La presencia de martines pescadores, garzas, biguás, patos y la cigüeña tuyuyú funciona como un indicador clave: esas especies no podrían sobrevivir si el río estuviera completamente muerto.

El desafío hacia adelante no se limita a reducir la contaminación. También implica frenar el uso irracional del río, abandonar proyectos que alteran su curso natural y comprender que no se trata de un simple canal por el que circula agua, sino de un sistema vivo. Enderezarlo, rellenarlo o construir sin planificación ambiental profundiza los problemas en lugar de resolverlos.

En ese contexto, Capodoglio puso especial énfasis en la responsabilidad individual. La contaminación detectada con residuos farmacológicos en ríos y arroyos expuso una dimensión menos visible del problema: los hábitos de consumo. Lo que se descarta por el inodoro o se desecha sin tratamiento adecuado termina impactando directamente en los ecosistemas.

A esto se suma el uso extendido de plásticos de un solo uso y el exceso de envases, que contribuyen de manera silenciosa pero constante a la degradación ambiental. Cambiar esos hábitos no implica renunciar a la vida moderna, sino adoptar un consumo más consciente y responsable.

La fauna que reapareció en Pilar durante el año no es una anomalía ni una amenaza. Es una señal. Un recordatorio de que la naturaleza sigue presente, incluso en contextos de fuerte urbanización. El balance que deja el 2025 es claro: la convivencia es posible, pero exige reconocer límites, respetar los ecosistemas y entender que proteger la fauna es, en definitiva, proteger el territorio que habitamos.

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