Entiendo que es útil para promover una reflexión genuina en torno a estas cuestiones partir del aquí y ahora. El país atraviesa una situación muy crítica en el orden político, económico y social. En los últimos tiempos las penurias económicas han impactado en gran parte de la población y es en esas circunstancias cuando la vulnerabilidad que implica el ser mujer se vive más dramáticamente. Si tenemos en cuenta que muchos hogares tienen como cabeza y único sostén económico a una mujer y que esta percibe  en general salarios más bajos que los hombres partimos de una situación objetivamente desventajosa para miles y miles de hogares.

Basta pensar en la multitud de mujeres que trabajan realizando tareas domésticas en otros hogares, por lo general en condiciones de informalidad. Trabajo que no las exime de realizar las múltiples tareas que le demanda su propio hogar. Hoy en día, es común que para mantener un nivel económico aceptable  tanto el hombre como la mujer trabajen fuera del ámbito familiar. Cuando uno de los dos pierde su trabajo se resiente significativamente la economía familiar trayendo como secuela un descenso del nivel de vida que muchas veces potencia crisis de distinto orden que afectan la estabilidad familiar.

Esta es una suerte de introducción a otro tema que nos preocupa y mucho, que es el de la violencia de género, que por supuesto trasciende el orden doméstico, pero es aquí donde exhibe manifestaciones trágicas. Me estoy refiriendo al femicidio que ha alcanzado cifras alarmantes en los últimos tiempos. Me he preguntado si estos números que asustan (una mujer asesinada cada 30 horas, la mayoría de las veces por alguien estrechamente vinculado a ellas: pareja, ex pareja, novio amigo, familiar) tal vez antes no se conocían las cifras porque no había registros, pero exponen un fenómeno muy, pero muy preocupante.

 

No bastan las leyes

 

Debemos reconocer que ha habido medidas que apuntaban a atacar el problema, por ejemplo la Ley 26485 del año 2009, “Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que se desarrollan relaciones interpersonales”. Esta ley muy oportuna, bienintencionada y de  loables objetivos no ha conseguido sin embargo frenar esta violencia cuyas causas sólo  visualizamos parcialmente. Habría que suponer que este relativo fracaso se debe a las dificultades concretas para su implementación: falta de personal formado en perspectiva de género, atado a viejos prejuicios que no se destierran de la noche a la mañana, falta de presupuesto que lleve a implementar medidas prácticas que asistan a la mujer y a los hijos ante la aparición de estos hechos violentos, porque entiéndase que las muertes son apenas la punta de un iceberg que oculta conductas violentas de distinta gravedad que durante muchos años se consideraron del orden de la intimidad en el que no convenía intervenir, “son cosas de la pareja“, se decía, “yo no me meto, tienen que arreglarse entre ellos”.

Estoy hablando de un aspecto de la violencia que durante siglos ha permanecido invisibilizado, pero pensemos en otras muchas de las lacras sociales acalladas durante siglos, naturalizadas, como las violaciones de los integrantes más vulnerables de la sociedad, mujeres, adolescentes, niñas y niños. El acoso laboral, el sometimiento económico, el negocio de la trata y la esclavitud, la compra de bebés para satisfacer el supuesto deseo maternal de sectores poderosos. La mujer como objeto, la mujer incapaz, poco inteligente, inepta. Esta mirada que, desde hace por lo menos dos siglos se busca trabajosamente cambiar, no ha desaparecido. Evidentemente cambiar este estado de cosas requiere una transformación cultural que no se logra en poco tiempo.

En esta tarea la mujer tiene un papel fundamental al ser la trasmisora de pautas culturales básicas. Muchas veces su sometimiento es tal, y tan difícil de quebrantar que puede llegar a ser la trasmisora de ideas y concepciones que mantienen su ancestral sujeción. Convencida de su propia inferioridad o tal vez como recurso para no perder su lugar, trasmite ese sistema de ideas y actitudes que se suele llamar machismo y que no tiene nada que ver con el feminismo. No son antónimos.

El feminismo es un movimiento, también una ideología, es cierto, que tiene como objetivo lograr la equidad de derechos entre mujeres y hombres. No está dirigido  particularmente hacia los hombres, sino hacia el llamado sistema patriarcal, que poco tiene que ver con la democracia y mucho menos con la libertad y la realización de los seres humanos. El feminismo en su expresión más lúcida es un movimiento liberador   tanto para mujeres como para hombres. Este movimiento, bastante nuevo en términos históricos no nació ayer; por eso me propongo hacer una suerte de racconto de estas luchas que conmueven no sólo a las mujeres sino a todos los hombres inteligentes y sensibles.

 

8 de marzo. Día internacional de la mujer

 

Resulta importante recordar el origen de esta conmemoración, propuesta como jornada de lucha en 1910 en el ámbito del II Congreso Internacional de Mujeres Socialistas de Copenhague por la feminista Clara Zetkin para evocar la tragedia acontecida el 8 de marzo de 1908 en Nueva York cuando 129 obreras textiles en huelga perecieron en un incendio presumiblemente intencional que destruyó la fábrica  Cotton donde estaban reunidas deliberando acerca de sus reclamos por mejores condiciones laborales.

Muchos años después en 1975 y en el marco del reconocimiento de los derechos humanos, las Naciones Unidas establecieron ese día como “Día Internacional de la Mujer”.

Hay datos que revelan que si bien la condición de la mujer en el mundo ha mejorado respecto del pasado aún sigue siendo éste, un campo de  grandes injusticias, arbitrariedades y abusos. Uno de esos indicadores es el que señalaba que hasta hace no mucho tiempo los dos tercios de la población analfabeta a nivel mundial estaba formado por mujeres. Tal vez convenga subrayar este hecho para valorarlo en toda su magnitud. Pensemos que operaciones tales como hablar, escribir, leer, escuchar y ser escuchado implican acceder a la posición de sujeto. Y de eso precisamente se trata: de un cambio de posición en las relaciones humanas y sociales.

Esta no es una cuestión sólo de mujeres, tal como a veces parece reducirse, tampoco se trata de  celebrar a alguien que no tiene necesidad de ser ensalzada sino respetada en su condición de protagonista junto con el hombre de la difícil y fascinante historia de la humanidad.

 

El feminismo ¿una mala palabra?

 

Así parece haber sido considerado por muchos que desconocen el origen y las circunstancias históricas que determinaron el surgimiento del llamado feminismo. Para esclarecernos al respecto recurrimos al diccionario que nos dice que “es una doctrina que aboga por la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres”.  Y “que los principios de la Revolución Francesa tuvieron que ver con sus primeras manifestaciones”.

La publicación en 1792 de un libro de Mary Wollstonekraft titulado “Reivindicación de los derechos de la mujer”, marcó el comienzo de una lucha que si bien ha tenido altibajos no ha cesado y ha asumido demandas específicas en ámbitos determinados, esto es los derechos políticos, las reivindicaciones laborales, los derechos económicos o el derecho a una sexualidad plena. Pero el reclamo por el derecho al voto fue la más extendida y frecuente de las demandas.

Es interesante observar que en esta lucha no sólo hubo mujeres, recordemos a John Stuart Mill (1806-1873) quien en 1869 publicó un famoso trabajo: “Sobre la esclavitud de las mujeres” y presentó ante la Cámara de los Comunes una moción firmada por 1466 mujeres que, aunque fue rechazada, dio origen a la primera organización feminista en Londres y en otras ciudades. Por este trabajo John Stuart Mill fue considerado en la Inglaterra victoriana un radical pues preconizaba no sólo la igualdad de las mujeres, sino la educación obligatoria y el control de la natalidad entre otras cosas. Este dato resulta interesante pues pone esta lucha en sus justos términos, no como un enfrentamiento entre hombres y mujeres sino como una demanda dirigida a la sociedad y sobre todo al poder político.

Entre 1883 y 1903 se llevaron a cabo innumerables manifestaciones para exigir el derecho al sufragio. En 1903 Emmeline Pankhurst fundó la Women’s Suffrage  Societies, sus miembros llamadas ‘sufragistas’, realizaron mítines, atentados al orden público, manifestaciones y finalmente huelgas de hambre. En el Reino Unido las mujeres obtuvieron finalmente el derecho al voto en 1918  (limitado) y pleno en 1928.

Después de la II Guerra Mundial el derecho al voto de la mujer se extendió por la mayoría de los países. Sin embargo la deseada igualdad no se alcanzaría fácilmente pues más allá de las leyes es necesario que se produzcan cambios sustantivos en las costumbres, hábitos, actitudes, e ideas no sólo de los hombres sino también de las mujeres que son las primeras trasmisoras de las pautas culturales aún de las que consolidan su sujeción.

Aunque no es fácil eliminar prejuicios la situación de la mujer ha cambiado favorablemente en muchas sociedades, sin embargo todavía es mucho lo que hay que hacer, pues las condiciones de opresión de la mujer subsisten en gran parte de la población mundial. Esto suele estar asociado a otras condiciones de injusticia y desigualdad como son la pobreza y el analfabetismo. En los hechos “aún son mayoría en el mundo las mujeres sometidas a malos tratos, mutilaciones, esclavitud, prostitución, explotadas, u obligadas a convivir con parejas no elegidas y a tener hijos que no desean; o en el otro extremo a poner límites a su maternidad compulsivamente.

 

Mucho más que una cuestión de mujeres

 

La problemática del “género”, como se denominan estos estudios teóricos que buscan dar una respuesta a estas espinosas cuestiones que  abarcan tanto al hombre como a la mujer en sus complejos vínculos, plantea una cuestión central y digna de ser pensada y reflexionada seriamente, la de que el género no constituye un dato natural, una esencia inamovible, sino una construcción social que experimenta modificaciones  a través del tiempo, y diferencias culturales. Las transformaciones sociales y económicas casi vertiginosas ocurridas en el último siglo se reflejan necesariamente  en la asignación de roles de cada género. Estos corrimientos generan muchas veces malestar en ambos géneros, discusiones y replanteos de las relaciones sociales y familiares. Esto lo sabemos y lo experimentamos casi todos.

Los problemas, la conflictividad de estas cuestiones no han desaparecido y por una parte nos preocupa pues exige respuestas, soluciones, no siempre fáciles pero también nos habla de una sociedad viva y en movimiento.

Si volvemos la vista atrás descubriremos que en materia de conquistar la igualdad jurídica de hombres y mujeres se ha avanzado considerablemente, sin embargo no podemos dejar de señalar que en los hechos falta mucho camino por recorrer pues un cambio de mentalidad no obedece únicamente a las leyes y hacen falta años y años de efectiva transformación para mudar hábitos, actitudes y prejuicios.

El camino es largo, difícil, hay mucho que recorrer en el campo de la libertad, de los derechos y de la dignidad del ser humano. Decimos humanos para evitar perspectivas sesgadas, porque entendemos que cualquier progreso genuino en la condición de la mujer redunda a la postre positivamente en la situación del hombre. La defensa de los derechos de la mujer no es un asunto de mujeres solamente. La sociedad toda debe comprometerse en contribuir a erradicar esas injustas desigualdades ancestrales. Plantear estas cuestiones en su verdadera dimensión supone ya, un avance muy importante en una tarea que ofrece aspectos: políticos, jurídicos, educativos y culturales e involucra tanto a mujeres como a hombres

E.R.

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