Alcohol, tabaco y drogas, la perdición de la raza humana
Por Augu Zama
En estos días, tras los comentarios de lo vivido en los cumpleaños de 15 por mis nietas de esa edad, vinieron a mi mente los recuerdos de aquellos años de los 60 y 70, cuando nosotros transitábamos esa tan soñada adolescencia. La edad de los primeros noviazgos, de los primeros vicios y, por que no, de las primeras prohibiciones.
Recordaba aquellos sábados de cumpleaños de 15, a cuyas fiestas la mayoría de las veces concurríamos invitados por la quinceañera y muchas otras nos colábamos con la mayor discreción posible, aunque los anfitriones sabían perfectamente quienes eran los invitados y quienes no. El ojo de la madre, el padre, la tía o el tío de la agasajada estaba siempre atento, en especial a la hora del brindis cuando comenzaba a correr muy de a poco y con suma vigilancia, apenas la sidra, por aquel entonces Real o La Victoria.
Pero la picardía siempre estaba presente y, al menos los que nos creíamos "más vivos", en un descuido nos hacíamos de alguna botella de alcohol que aparecía por algún rincón de la casa, como la de Tío Paco que "encontramos" en la cocina de la casa de los Ferreira cuando celebrábamos el cumple de Graciela (la mayor de la familia) y, como quien no quiere la cosa, nos juntamos en el fondo un grupo y le hicimos "fondo blanco", como dicen ahora. Demás está decirles que casi todos, incluyendo a quien cuenta esta historia, volvimos bastante mareados a nuestra casa zafando de la atenta mirada de los padres de la cumpleañera, pero no así de mis padres que al llegar notaron inmediatamente "mi travesura", logrando por supuesto la correspondiente reprimenda.
Pero además del alcohol que corría muy poco y había que conseguirlo, por aquellos años la "soñada" iniciación por nuestra parte, además de nuestro debut como expertos en el sexo y el amor, era nuestro debut en la tan insana ruta del tabaco.
Por entonces, quien no se iniciaba en la historia de las pitadas, no era "bien macho". El cigarrillo para nosotros era esencial para demostrar que éramos grandes.
Al menos en lo que a mi respecta, tras comenzar con dos o tres cigarrillos por día, los días de fiesta, terminé a los 32 con cuatro paquetes al día cosa que, gracias a mi médico amigo el recordado Jean Aón, al detectarme una neumonía logró atemorizarme y hacerme tomar conciencia del mal que le había hecho a mi cuerpo durante dos décadas con la frase puntual "o fumas o vivís, vos elegís". Y si, desde hace 43 años elegí vivir y, al menos hasta ahora, no me fue tan mal optar por la vida.
Volviendo a la adolescencia, es la edad y la etapa en que todos los males están al asecho, todos los males están esperando nuestra tentación para apoderarse de nuestra mente y cuerpo. No éramos entonces concientes de que el alcohol, el cigarrillo y en mucho menos parte, la droga que apenas asomaba por estos lares, no era beneficiosa para nuestra salud y para nuestra vida.
Por suerte a muchos aquella borrachera de Tío Paco nos sirvió para contarla como anécdota de aquellas de las malas y el cigarrillo, a pesar de habernos acompañado en nuestros ratos de soledad más de una vez, también lo pudimos dejar por el camino.
Pero lo más importante es lo que nos enseñaron nuestros mayores, nuestros padres, nuestros amigos "los grandes" que permanentemente se dedicaban, a pesar de nuestro fastidio, a nuestra vigilia.
En otro orden de cosas y de lo que se refiere a peligro, cuanto le agradezco a mi viejo, al querido Zama, cuando una vez llegué a mi casa a cambiarme y al ver que en la puerta me esperaba un amigo que aún no llegaba a los 18, edad permitida para manejar por entonces, me cerró la puerta con llave y me tuve que quedar sin paseo por el sólo hecho de que quien conducía el automóvil era un menor.
Son reprimendas y prohibiciones que por estos tiempos no abundan y, ahora como adulto tirando a viejo, se agradecen ya que, de no haberlas tenido, tal vez no estaría tratando de entretener a mis lectores con estas "historias que hacen historia".

